Política

Hasta la Iglesia se dividió el 5 de junio

junio 10, 2016

La presión política que ejerce la jerarquía de la Iglesia católica sobre el Estado mexicano, independientemente del color del ocupante de Los Pinos, es un elemento con el que los gobiernos han aprendido, quiéranlo o no, a cohabitar; en ocasiones, como legitimador de acciones que le benefician a los jerarcas y en otras, como incómodo huésped a quien de repente ya no le satisface, o conviene, esa complicidad.

Son muchos los ejemplos al respecto a lo largo de la historia antigua y moderna del país pero el más recientes es la desavenencia entre ambos, luego de que el presidente Peña Nieto enviara una iniciativa para reconocer oficialmente la unión entre parejas del mismo sexo. Este es un punto nodal en la oferta ideológica de la Iglesia católica que, junto con el aborto, forman la columna vertebral de sus postulados en los que basa lo que llama su doctrina social.

Como actor político, es sabido el papel coyuntural con que se acomoda y juega la cúpula católica, oscilando entre posiciones de apoyo al PAN y en otras al PRI, de acuerdo con las circunstancias y las ligas con el poder de sus líderes. Por supuesto que todos ellos, ajenos a la línea que opta por los pobres y que en los círculos del conservadurismo se les identifica como simpatizantes de la izquierda.

No obstante, entre ellos mismos, los próximos al poder en turno, hay preferencias y simpatías que trascienden más allá de la espiritualidad y de la impartición del evangelio, pues en días pasados y en el crisol de las elecciones, se vieron sus propias discrepancias: por un lado, el panista Miguel Ángel Yunes Linares presumiendo fotografía al lado del obispo emérito de Xalapa, Sergio Obeso Rivera, mientras que Jorge David Reyes Vera, sobrino del arzobispo capitalino, Hipólito Reyes Larios, competía bajo la bandera priísta y perdía la diputación por el distrito de Ciudad Mendoza, apuntalado por el alcalde porfirista orizabeño, Juan Manuel Diez Francos.

Sin embargo, queda claro que su política de alianzas está determinada por los intereses de las cúpulas eclesiales, y responde a necesidades de mantener privilegios y prebendas que no se negocian y que, por el contrario, siempre van a la alza, como se pudo ver y se verá en el mediano plazo.

Así, cuando el obispado en bloque interpreta la debacle priísta como producto de un voto de castigo de la población, en contra del Ejecutivo federal por sus iniciativas contrarias a la doctrina católica, no es más que una estrategia distractora y oportunista que se quiere colgar como mérito propio, pues las causas de la votación ciudadana se encuentra en la impunidad, la corrupción y las condiciones de inseguridad en la que viven cientos de miles de familias que vieron la oportunidad de expresar su desaprobación al régimen.