Política

Propuesta de una educación en valores

mayo 27, 2016

Los responsables de la política educativa a nivel nacional plantearon desde el sexenio del presidente Ernesto Zedillo, la urgencia de dar impulso a la formación en valores. Con esta medida se reconocía el error de haber considerado irrelevante la formación moral, distintiva de la tradición humanista de la escuela mexicana. Con la educación en valores, se pretende complementar los contenidos cognitivos aportados por las ciencias, con los contenidos axiológicos para la edificación de la personalidad humana. El saber científico-tecnológico complejo y diversificado reclama un principio que les preste unidad y sentido, principio cuya sede radica en el mismo hombre, en su conciencia, que es el lugar donde se juzga qué es bueno y qué es malo.

Aunque nadie esté en desacuerdo con la posición oficial, que en este punto se hace eco de una preocupación generalizada, la pérdida de los valores no es un fenómeno privativo de determinados países, ni se debe a circunstancias locales o regionales. Estas pueden ocultarlo o relegarlo a un segundo o tercer plano, por la presencia de problemas acuciantes; o agravarlo aún más, pero la pérdida de los valores es la enfermedad mortal de la civilización moderna como tal. Si se nos permite decirlo en el lenguaje de la medicina, diríamos que a causa de la pérdida de valores, el sistema inmunológico del mundo moderno se encuentra debilitado y expuesto a enfermedades que minan instituciones antes establecidas con la firmeza necesaria para darle estabilidad y sentido a la vida de las personas. De estas instituciones hoy en riesgo, destacan la familia, donde se reproduce la vida espiritual de la comunidad y el Estado, que garantiza el orden y la seguridad de la misma. Cuando se estudia el fenómeno retrospectivamente, se advierte que las certidumbres básicas que sustentaron la cultura occidental, entraron en crisis a partir del origen mismo de la Modernidad. Habiendo expulsado al espíritu, la Modernidad reivindicó el valor de la materia y, naturalmente, la importancia del cuerpo que el cristianismo platonizante había tratado con desprecio. En este ámbito, el paganismo triunfó sobre el ascetismo cristiano, según ya es visible en el arte del Renacimiento. El cuerpo, restituido en sus derechos y todavía más, identificado con el ser mismo del hombre, como si el cuerpo fuera todo el hombre, será objeto de la mayor solicitud, de una preocupación que muchas veces llevará a la molicie y, en relación a la mujer, a convertirla en objeto de pura sensualidad. Triunfa el hedonismo de las masas que exalta los apetitos más groseros y vulgares. En el nivel más elevado del pensamiento, la ética no pasa de ser un mero cálculo que permite disfrutar la mayor cantidad de placer y sufrir el mínimo de dolor: es una ética de comerciantes, propuesta con la seguridad dogmática de quienes, al ver una parte de lo humano, están convencidos de asumir al hombre completo. Goethe lamentaba la miseria moral inherente a la civilización del éxito; su enérgica reacción contra un mundo degradado, coincide con la crítica del Romanticismo alemán y puede decirse que en su tiempo era un tema harto socorrido, pues los espíritus sensibles necesariamente tenían que percibir este lado oscuro de la Modernidad. Pero Goethe alcanza mayor hondura al poner de manifiesto, en el Fausto, la enfermedad mortal del hombre moderno: la pérdida de su alma. Como sabemos, Fausto, ya viejo y frustrado por no haber conocido el amor, vende su alma a Mefistófeles a cambio de la juventud que le permita gozar del amor de Margarita. Tras una serie de sucesos desdichados, Fausto se arrepiente y, finalmente es salvado por el amor puro de Margarita; amor que triunfa de la perversidad del engañador. Fausto pasa así a simbolizar la tragedia del hombre moderno dedicado a poseer y disfrutar y como Fausto, el hombre moderno sólo podrá salvarse por el amor, en su sentido más amplio y puro. Esto es, únicamente el compromiso con auténticos valores espirituales podrá darle sentido a su existencia.

La Iglesia católica, mediadora entre Dios y los seres humanos, perdió, en el mundo moderno, su papel preponderante en la formación valoral del hombre. Una nueva agencia seria la responsable de difundir la cultura considerada patrimonio universal a todos los sectores de la sociedad. Esa agencia es la escuela, estructurada bajo los principios que dieron origen a la civilización secular de nuestros días, una civilización que, sin embargo, no había excluido por completo los veneros profundos de espiritualidad formados desde la antigüedad clásica. El ciudadano de la república laica, preparado en las aulas, sería el tipo humano libre y maduro de la nueva época que, a sí misma se llamó moderna, para señalar, con evidente autocomplacencia su lugar en la cúspide del proceso histórico. La Ilustración condensó su ideal en el exhorto kantiano: "Ten el valor de servirte de tu propia razón". Pero esta imagen de sí misma no corresponde a la situación en la que ha desembocado la Modernidad, situación de crisis cada vez más profunda, en la medida en que la herencia de los valores espirituales ha sido ignorada y sustituida por la visión instrumental del mundo. Como señalaba antes, la preocupación en torno a la cual giran y se subordinan todas las demás es la obtención de ganancias materiales. Este es propiamente el ethos de la civilización actual. En este mundo instrumentalizado, la razón ha quedado constreñida a determinar los medios que le permitan el logro de sus fines. La tecnología condiciona el ámbito de la ciencia: el criterio de la verdad es la utilidad. No debe extrañarnos que dicha epistemología alimente el pragmatismo moderno, el cual impregna el pensamiento político y pedagógico.

Si en lo esencial este esbozo de la Modernidad corresponde a la verdad histórica, entonces he de insistir en que la propuesta de una genuina educación en valores asume proporciones excepcionales. Va de la mano, nada menos que de un cambio total de orientación de la cultura para reinsertarla con las grandes vertientes de espiritualidad, las cuales hoy podemos ponderar en su justa medida, después del desencanto producido por los "sueños de la razón" ilustrada. No se trata, evidentemente de un retorno, sino de un diálogo desde la situación vital en que nos encontramos: primero, como miembros de la humanidad que ha llegado a ser una y, enseguida, como componentes de un pueblo y una cultura específicas que nos identifican. La universalidad de que están investidos los valores permite hablar de ellos en abstracto; pero lo cierto es que los valores están indefectiblemente vinculados a nuestra realidad histórica, a nuestras necesidades, a nuestros proyectos de vida. Cabe preguntarse entonces qué valores se nos presentan en la actualidad con carácter prioritario. Enmarcada en la crisis, la educación en valores deberá instalarse por encima del relativismo axiológico y del conformismo; la escuela requiere de un ideal de formación humana integral en que se armonicen lo universal y lo concreto.

El segundo aspecto, o sea lo concreto, reclama la conceptualización política de las necesidades sociales e individuales. En otras palabras, se hace imprescindible la más clara definición posible del tipo de mexicano, del tipo de ciudadano que debe formar la escuela para que efectivamente sea actor del desarrollo social, y alcance en lo posible la autorrealización personal. Durante muchos años se consideró casi un axioma pedagógico mantener la educación alejada de la política. La escuela sería una herramienta al servicio exclusivo del saber científico y de las habilidades técnicas. Pero una escuela apolítica suponía –supone– que las cosas en la sociedad en la cual vivimos marchan bien y que el orden institucional debe preservarse. Dicho supuesto, llevado al extremo, significa inmovilismo; significa excluir la política como el ámbito de libertad en el que el hombre puede imaginar y luchar por conquistar un futuro diferente del que anuncia la inercia de los intereses creados. La comunidad nacional y la comunidad veracruzana en particular, están urgidas de cambios positivos para restablecer las condiciones de una convivencia sana. Esos cambios, fundamentalmente, han de ser impulsados desde la sociedad civil, y asumidos responsablemente por las autoridades de los tres niveles de gobierno. Pero este esquema por sí sólo quedaría incompleto y sería inoperante de no ir acompañado de la formación del ciudadano que es el soporte de la democracia real. Entiendo por ésta la que persigue justicia, mínimos de igualdad para la vida digna, seguridad y la garantía para los jóvenes de poder realizar sus proyectos de vida. La formación del ciudadano corresponsable y solidario en los múltiples deberes que nuestra época le impone, es política en la mejor acepción del vocablo. Gracias a ella, el ciudadano adquiere conciencia de lo que se consideran preferencias de segundo grado, o sea, aquellas que nos hacen conscientes de la importancia del bien común. Dicho de otra manera, la formación política para la vida democrática articula los intereses individuales y colectivos, preparando al ciudadano para no sucumbir a los apetitos egoístas y ser capaz de comprometerse con objetivos de interés general. Es un ideal y como tal, implica lo que con un término un tanto duro puede llamarse la domesticación de los instintos posesivos y de dominio. Es cierto, es un ideal y por eso mismo, no podemos renunciar a él, pues de los ideales depende siempre el sentido verdadero de la educación. La educación nos hará competentes –si he de usar el término quizá no muy feliz en este contexto–, para aprender a vivir en un mundo complejo, en donde son indispensables los valores de la comprensión, la tolerancia y la solidaridad. En la comunidad plural marcada por la diferencias, la hegemonía, del tipo que sea: religiosa, política, ideológica, es impensable y éticamente reprobable. Nuestros niños, nuestros jóvenes, para crear un mundo mejor necesitan tener conciencia de lo que está bien y de lo que está mal; necesitan distinguir entre los bienes ganados con esfuerzo y la riqueza mal habida. Necesitan discriminar entre una vida vivida con rectitud y respeto a los demás, de la corrupción y los excesos que tanto daño están causando a la nuestra sociedad.

El responsable de la política educativa nacional es, por mandato constitucional, el Presidente de la República, quien la delega en el secretario del ramo. No obstante, hay un margen para la acción de las autoridades estatales dentro del pacto federal. Ese margen hace posible adaptar los principios, disposiciones y programas educativos a la realidad social y cultural de Veracruz. La calidad de la educación, propósito eminente de la actual reforma educativa, pasa por la dignificación del magisterio veracruzano; por el fortalecimiento de políticas compensatorias para atender a los grupos vulnerables y, por lo que toca a nuestro tema, por el impulso a la educación en valores, sustentada en el ejemplo, no sólo de los maestros, sino, así mismo, de quienes gobiernen la entidad. Un pueblo gobernado con honradez republicana, como lo quería Juárez, y una escuela que practique en su trabajo cotidiano los valores de la convivencia democrática, serán los signos positivos de un nuevo comienzo para Veracruz.