Política

Los injustos despidos docentes

mayo 23, 2016

Hace 150 años, a mediados de julio de 1866, salió de nuestro territorio rumbo a Europa la emperatriz Carlota de Bélgica para intentar revivir el gobierno de su esposo Maximiliano de Habsburgo. Buscaba convencer nada menos que al Papa y a Napoleón III para que siguieran sosteniendo política y económicamente (y religiosamente), el experimento fallido que siempre fue el Imperio mexicano.

¿Por qué existió el imperio de Maximiliano? ¿Por qué tuvo lugar? Las razones se han estudiado por los especialistas durante un siglo y medio. En este espacio hemos ensayado algunas respuestas y hemos privilegiado la explicación de que (además de intereses plutocráticos), la República que ese siglo XIX conoció vivió un desgaste vigoroso desde que nació en 1824. Durante 40 años no se conoció la paz, durante 40 años no se conoció de los políticos republicanos más que rapacidad y corrupción, avaricia y robo, justamente como hoy. La historia se sabe: se intentó una República central, se perdió más de la mitad del territorio nacional y se ratificó esa pérdida en 1848 mediante un tratado. En 1853, bajo Santa Anna, se vendió el norte de Sonora (La Mesilla) y el encargado de la venta, nacido en Xalapa, Ver., Francisco de Paula de Arrangoiz y Berzábal, tomó para su bolsillo, porque sí, el uno por ciento de la venta como comisión. Se creó la constitución de 1857 y comenzó la guerra interna otra vez. La República federal estaba, estuvo, en la bancarrota moral, política y económica. Se robaban todo, todo vendían. Preguntemos: ¿Y hoy?

Contra esa República (primero federal, luego central, luego arbitraria bajo Santa Anna) se alzaron los conservadores mexicanos en 1862-63 buscando una solución. Hemos comentado que muchos de ellos lo hicieron de buena fe, buscando en esa forma de gobierno imperial la salvación nacional. Preguntemos de nuevo: ¿Y hoy? Nuestra República desfallece por lo mismo que hace siglo y medio. La rapacidad, el robo, el peculado, y encima de todo ello, la más redonda impunidad en todos los gobiernos y desde todos los partidos. El latrocinio impune de los poderosos desde lo más alto de monumentales montañas de cinismo. La obligación de aplicar la ley es para quien se deje y los poderosos generalmente nunca se dejan. Los poderosos son los que ejercen a nombre del Estado el monopolio de la violencia física legítima que dijo Max Weber (La política como profesión, 1919), perfeccionando una definición de Trotsky. Es hora de que los teóricos mejoren la definición de Weber para ir más allá y describir todas las modalidades de violencia que el poderoso puede aplicar al inferior.

Dicen los voceros del régimen, los voceros de esta República que muere desesperanzada (siglo y medio después de Carlota y Maximiliano) que si alguien falta a su trabajo se le debe descontar el salario no devengado. ¿Es cierta esta afirmación? Depende. Si quien faltó a su trabajo es un docente que protesta contra la reforma educativa y su concomitante evaluación docente, le cae todo el peso del Estado mexicano y sus leyes parcializadas e injustas, que lo empujan al descuento salarial y al cese. Si quien falta a su trabajo es un senador de la (desfalleciente) República le espera la flexibilidad, la tolerancia, la complicidad de sus socios y quedan impunes. Un diario nacional publicó en 2015 respecto a los millones de pesos que se perdonan y reparten unos a otros (idóneos entre ellos) los senadores faltistas e impunes:

"Los senadores evitaron que la disciplina interna del Senado les aplicara descuentos equivalentes a 5.8 millones de pesos por las mil 46 inasistencias que acumularon en esta Legislatura, pues justificaron sus ausencias del pleno y por eso sólo se concretaron 22 descuentos por ausencias a 19 senadores, de quienes 11 son panistas, cuatro perredistas, dos priístas, un petista y uno del Verde. Desde el primero de septiembre de 2012 hasta el 16 de abril de este 2015, el Senado aplicó un total de 22 descuentos, que hacen un total de 125 mil 725.38 pesos, a pesar de que sus registros oficiales muestran que son 42 las ausencias no justificadas de sus legisladores, del total de mil 46 que tuvieron en todo ese periodo y que equivalen a un descuento total de 5 millones 977 mil 670.34 pesos, pero el derecho a justificar las ausencias permitió a los senadores evadir esa sanción".

¿Y si el faltista es un docente enfrentado al Estado? Si el faltista es un docente que se enfrenta al Estado desde la estatura de David contra Goliath caen sobre él todos los zarpazos, todas las armas, todas las heridas que puede infligir el Leviatán de Hobbes. Si el faltista es un senador, no problem, dicen en inglés; si es un docente que pone en entredicho los mandatos de los administradores de nuestra moribunda República, entonces cae el descuento salarial y el cese. ¿Se vale? He de suponer que estas modalidades de violencia vertical no la previeron ni Weber en Munich ni Trotsky en Brest-Litowsk: la aplicación selectiva de la ley.

Largos segmentos del magisterio en todo el horizonte nacional se mantienen en pie de lucha contra la reforma educativa y la evaluación docente. Reproduzco, una vez más, cuatro argumentos contra ella: 1) El desempeño, el cumplimiento horario y el respeto por los 200 días de trabajo, la dedicación del docente a lo largo del año escolar, no se toman en cuenta desde el viernes 13 de noviembre de 2015 en que se echó a la basura, vía Diario Oficial, para toda evaluación docente posterior en el corto y mediano plazo; 2) La importantísima observación en el aula no existe por la sencilla razón de que el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación no quiso implementarla y sin ella ninguna evaluación puede llamarse así; 3) La evaluación actual se centra en rellenar bolitas en un cuestionario y redactar un plan de clase que no se sabe si el docente aplica o aplicará alguna vez, procedimientos que absolutamente no sirven para medir 10, 20 o 30 años de trabajo en el magisterio; 4) La más grave argumentación (no es falacia) es la argumentación Ad Hominem, que estudiábamos en el bachillerato antes de que fuese destruido. Consiste en enderezar la crítica contra los redactores: quienes implementan la reforma han hecho de la República un desastre, no tienen autoridad moral para implementar ninguna medida en aras de la moralidad pública o en aras de la educación. Los senadores faltistas que se perdonan sus propias faltas y descuentos (duran en su encargo seis años) son los mismos que impulsaron la reforma educativa en diciembre de 2012, primer mes del sexenio y del tolerante Senado.

Si falta un senador su cofrade le perdona la falta, el descuento o el cese; si falta un docente no tiene escapatoria ante la maquinaria estatal. ¿Por qué nuestra República mexicana funciona así? Octavio Paz ensayó explicaciones en El ogro filantrópico y en El laberinto de la soledad. Cada ausencia no justificada de un senador implica el descuento de un día de dieta (año 2015), que es de 5 mil 714.79 pesos, dice el diario. Es la quincena de un docente promedio. No hay proporción ante la injusticia. El titular de la SEP ha informado que van a la calle 3 mil 119 maestros que faltaron a su trabajo por protestar en horario lectivo. ¿Y las faltas de los senadores? No dudo que preguntado el secretario de la SEP dirá que no es su tema el de los legisladores faltistas, que el suyo es el de los docentes faltistas. Idóneos entre ellos, se hace imposible revertir la impunidad senatorial; difícil, pero no imposible, revertir los injustos 3 mil 119 ceses docentes por faltar más de tres días a labores. Le toca a los sindicatos el uso de la voz pero los sindicatos magisteriales no pueden defender ya desde lo político y colectivo al docente; será desde lo individual y jurídico. Otra es la cifra de cesados por no evaluarse, más de 3 mil en febrero, y vamos rápido rumbo a los 10 mil ceses. No puede ser que sobre 10 mil familias con hambre se construya una candidatura presidencial.

La autoridad, vocera del Estado que mantiene el actual e injusto estado cosas y el ya citado monopolio de la violencia, prefiere las protestas fuera de instalaciones oficiales y fuera del horario laboral, de preferencia en la oscuridad, a media noche y en el centro de algún desierto del país.