Política

Fílmicas

abril 04, 2016

Han dado inicio para bien las campañas políticas hacia una gubernatura breve de dos años; la de la homologación concurrente con los tiempos federales.

La mayoría de ellas oscilan entre la estridencia rijosa o la neutralidad meliflua de quien evita comprometerse, y pasa la responsabilidad del juicio al respetable.

Poco, si acaso, habrá que esperar de tales aproximaciones en un estado pasmado por la dimensión a la que han llegado las cosas públicas. Un estado catatónico –o punto menos, paralizado– en el estancamiento, y con la ciudadanía perpleja ante involuntarias escenificaciones del absurdo, como en el teatro.

O como en aquella película de Fellini de los años ochenta, Y la nave va, en que un acorazado austrohúngaro que acosa a un buque de pasajeros en plena Primera Guerra Mundial, estalla y se hunde luego de que un anarquista serbio le arrojara una bomba, pero que, antes de irse a pique, dispara contra el buque de línea que también se hundirá. En el filme terminarán como sobrevivientes singulares de la calamidad de la travesía del navío de pasajeros, un rinoceronte apestoso que fue salvado por un reportero en un bote de remos. Los otros, cantantes de ópera, también se salvarán, pero en la memoria queda la última imagen de una barca salvavidas tripulada por un rinoceronte pestilente y su salvador, un reportero.

Habrá quienes quieran ver en el rinoceronte una metáfora de la fuerza espiritual del unicornio, y otros que ponderen la consignación de los hechos como instrumento de salvación. En cualquier caso, lo sucedido a este estado durante casi dos décadas, con especial énfasis en el último sexenio, bordea muy seriamente el absurdo. Un hombre metido en un bote remando a espaldas de un rinoceronte.