Política

Aire, luz

marzo 05, 2016

Hacia el final de una administración controversial, definida por la insolvencia financiera crónica y la morosidad, el gobierno del estado se envuelve en conflictos y enfrentamientos misceláneos.

La violencia: la desaparición forzada de cinco jóvenes en el norte del estado que tiene ominosas semejanzas –proporción numérica guardada– con los 43 estudiantes de Ayotzinapa, la muy inquietante ola de feminicidios desatendidos sin que haya registros específicos y puntuales del problema, las ejecuciones de policías o civiles sobre bases casi diarias, los saldos insolutos de periodistas sacrificados.

La morosidad: los órganos empresariales continuamente se duelen y reclaman los adeudos del gobierno, lo mismo los jubilados. En ambos casos –también toda diferencia guardada–, las motivaciones no pueden ser más justas y pertinentes. A finales del año pasado, el gobierno sostenía que todos los adeudos se pagaban en tiempo y forma, y para ello, se había definido diferentes calendarizaciones –la erosión de la confianza había iniciado desde los primeros rezagos de 2009–. Entre regateos y negociaciones más o menos ríspidas se navegaba sobre aguas turbulentas y oscuras con quejas varias pero sin mayor polarización.

Hasta ahora que el rezago con la Universidad Veracruzana ha agraviado a una comunidad, cuyas características resumidas son organicidad, enjundia, capacidad de razonamiento analítico, calificación multidisciplinaria, actitud crítica, una base de capital humano joven, memorioso, indignado y altamente participativo y, en esta coyuntura, razón.

Sus autoridades, por otra parte, han mostrado prudencia, capacidad argumentativa y decisión en la defensa de la Universidad, que es la defensa de la sociedad toda.

La educación universitaria es mucho más que la obtención de títulos profesionales y la posibilidad de capilaridad social. Desde el siglo XII la formación universitaria es la salvaguarda de entendimiento del hombre en sociedad, y la aprehensión ordenada y comprehensiva de un futuro humano. Educa para las cuestiones prácticas, sí, pero sobre todo educa para que esas cuestiones prácticas tengan dimensiones y finalidades humanas. De otro modo es fascismo.

La educación universitaria, incluso en épocas oscurantistas, ofrece la formación ética comparativa sobre la base de la tolerancia y la dialéctica. Forma capital humano pero sobre todo potencia la formación de capital social, los principios colaborativos. En la universidad no hay argumento de autoridad que valga. Todo debe ser pasado por el examen de razonamiento crítico y la emoción creativa. Es uno y la otra o no es; y entonces hay educación y formación sin amaestramiento.

En la universidad se aprende a ser personas y luego a ser mejores personas. Ingenieros del verso y obreros que trabajan, como Celaya, al país en sus aceros.

La universidad no es importante porque lo sea todo, sino porque ofrece la posibilidad de que todo sea mejor. Constreñir a la universidad es emascular el futuro, esterilizar el vientre de una sociedad.

Enhorabuena por el Consejo Universitario y la comunidad, plantados en la convicción del imperativo de hablar por la sociedad toda que, ahora, respira y se ilumina.