Política

Ciencia, Ética y Transgénicos

enero 25, 2016

En su libro "Growing Doubt: a Scientist’s Experience of GMOs" –Duda creciente: La experiencia de un científico con los organismos modificados genéticamente–, el eminente investigador Jonathan Latham expresa sus importantes preocupaciones sobre los impactos negativos de los organismos transgénicos y las nuevas técnicas de modificación genética.

Comenta que, cuando joven, no estaba preocupado por los impactos en salud o ambiente de estas plantas; en parte, porque lo dominaba el entusiasmo por la ciencia y la investigación; en parte, porque entonces no imaginaba que, a pesar de la fragilidad y nivel de incertidumbre de tales técnicas, éstas llegarían a productos de consumo y al ambiente. Pero esas limitantes no les importaron a las empresas de transgénicos –y los científicos que las respaldan– y, pese a sus efectos dañinos, muchos alimentos transgénicos se han colado a nuestras mesas.

Después de analizar numerosas evaluaciones de riesgo de cultivos transgénicos, Latham señala varios problemas. Uno de ellos es que las empresas hacen su propia evaluación de riesgo y las agencias gubernamentales sólo las revisan, por lo común, superficialmente y, pese a que sus análisis muestren daños o a que, intencionalmente, los análisis sean de pésima calidad, las empresas concluyen, invariablemente, que sus productos no tienen ningún problema.

Hay varios casos; por ejemplo, en el maíz Mon863 de Monsanto, científicos independientes que accedieron al estudio completo de la empresa, comprobaron que las conclusiones no eran coherentes con el propio estudio, y habían sido corregidas para desestimar los daños. Las agencias de bioseguridad y de inocuidad alimentaria en Estados Unidos se concretaron a leer las conclusiones y dieron por buenas las recomendaciones de Monsanto. Lo mismo hizo en México la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), a pesar de que el estudio muestra que este maíz transgénico causa graves anomalías en los órganos internos de ratas de laboratorio.

Otro ejemplo que expone Latham es que no se conoce el modo de acción de las proteínas Bt, relacionadas con la bacteria Bacillus thuringiensis, que es usada para hacer cultivos transgénicos con insecticidas Bt; esta falta de información imposibilita que se hagan análisis serios de sus muchos riesgos para la salud, a pesar de que las proteínas del Bt han mostrado ser tóxicas in vitro para las células humanas.

Otro riesgo es el gran aumento en el uso de herbicidas asociados con los transgénicos; recientemente, la Organización Mundial de la Salud concluyó que el glifosato, el herbicida más usado con los transgénicos, es cancerígeno. Latham explica que el glufosinato, otro herbicida que se usa con los cultivos transgénicos, no sólo es tóxico para las malezas, sino también para muchos otros organismos como hongos y bacterias, es neurotóxico para los mamíferos y no se degrada fácilmente en el ambiente. El glufosinato permanece en los cultivos transgénicos resistentes a él, lo ingerimos en alimentos y no se puede detectar hasta meses después. Su acción es tan amplia, dice Latham, que llamarlo herbicida es soslayar sus otros efectos.

El texto no sólo coloca a debate problemas graves de los transgénicos, expone también que llegaron a los mercados y la alimentación por la presión de las empresas trasnacionales que generan transgénicos, aunada a la falta de ética de los científicos que colaboran con ellas. Los mismos que, en México, informan al gobierno y los jueces de las ventajas de los transgénicos, ocultando sus muchos problemas.

Justamente, ante esta falta de ética científica, estos intentos de simplificación convenenciera de la complejidad de la naturaleza y la clara falta de compromiso con las necesidades, culturas e historia de las sociedades afectadas, se han ido formando asociaciones de científicos honestos que no aceptan ser cómplices de la ciencia mercenaria ni trabajar para los intereses empresariales. Ejemplos de ello son la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad, UCCS, en México, y la recientemente formada Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad y la Naturaleza en América Latina (UCCSNAL), que se constituyó en Argentina, con científicos y expertos de 10 países del continente. La UCCSNAL promueve la prohibición de los transgénicos, considerando que son una tecnología basada en supuestos falaces, cuyos defensores reducen y desvirtúan la información científica, ocultan los daños y resaltan los supuestos beneficios.

En México se ha llegado al extremo que, a pesar de que se mantiene la resistencia popular contra los transgénicos y está vigente la suspensión legal contra la siembra de maíz transgénico que otorgó un juzgado ante la demanda colectiva promovida por 53 personas y 20 organizaciones civiles, ambientalistas y campesinas, las trasnacionales demandadas, Monsanto, Syngenta, Dow y PHI México (DuPont), y el propio Estado mexicano, a través de las Secretarías de Agricultura y Medio Ambiente, han presentando numerosos recursos legales contra la suspensión y la demanda.

En este caso aún quedan por resolver varios recursos contra esta acción colectiva y, además, falta la consideración de fondo de la demanda, que plantea que varios de nuestros derechos, entre ellos, a la salud, al disfrute de la biodiversidad y a una alimentación y ambiente sanos, se violan a causa de los daños que ocasionará el maíz transgénico.

Un aspecto especialmente notorio de este proceso es que el Estado mexicano, a través de sus instituciones, está litigando a favor de los intereses de las empresas; es claro que, a pesar de que dichas instituciones deberían defender el interés público, usan los recursos y poder del Estado para favorecer a las trasnacionales.

Recientemente, la Comisión Intersecretarial de Bioseguridad y Organismos Genéticamente Modificados (Cibiogem), que gestiona en México las solicitudes de transgénicos, convocó a una serie de científicos y empresarios allegados a ella, para refutar, capítulo por capítulo, el libro "El maíz en peligro frente a los transgénicos", que fue editado en 2013 por la UCCS y la UNAM; en él participaron más de 50 científicos de instituciones de todo el país, quienes aportaron un amplio panorama crítico de los riesgos de los transgénicos para México, su biodiversidad, su economía, su patrimonio genético y su soberanía. La falta de ética en el uso de recursos públicos es evidente; la vacuidad y falsedad de los argumentos que esgrimen los demandados y sus apoyadores queda aún más clara con este tipo de manipulaciones.

Mientras tanto, la resistencia de los pueblos y de la gran mayoría de la gente en México contra los transgénicos, para proteger el maíz, la milpa y las formas sanas de vida y alimentación, sigue vigente y se mantiene en su diversidad, desde las milpas a las ciudades.