Política

"Administración en entredicho"

enero 23, 2016

Ya es un lugar común el afirmar que en México las cosas andan mal, y empeorando. Hoy en día, nadie metería sus manos a la lumbre para defender la actuación del gobierno actual o la de los inmediatos anteriores, por razones de honradez, eficiencia administrativa o patriotismo, ya que existe una inconformidad generalizada, por lo menos, con la actuación de los últimos cinco gobiernos federales. En los años recientes, una barrera, cada vez más infranqueable, ha separado a ésas administraciones de sus gobernados, y la misma ha sido levantada fundamentalmente por la ambición incontenible de los primeros, y la desunión e ineficacia para organizarse y defender la democracia, de los segundos.

Por ello, el país vive desde hace 30 años una crisis multilateral, generalizada y creciente, que lo abarca todo sin remedio y mantiene al pueblo en una indignante desesperanza, y porque, finalmente, éste termina advirtiendo que sus gobernantes no parecen entender la verdadera naturaleza de su misión, ni la profundidad de los graves problemas que causan con su impreparación, su ineficacia y su ya mencionada corruptora e inocultable ambición, además de su empecinamiento en cerrarle al propio pueblo toda posibilidad de participar democráticamente en la solución de sus asuntos.

Así, cada día que pasa, la realidad mexicana se va llenando de mayores absurdos y contradicciones, y el Estado se convierte en una caricatura de sí mismo, donde siempre resalta su creciente inutilidad. ¿No resulta caricaturesco, acaso, el Estado actual, gobernado por alguien que de entrada confiesa tranquilamente no haber leído más que un libro, teniendo por descontada, la extrema complejidad de los problemas políticos nacionales? ¿Y qué se puede pensar de ese Estado, si por otro lado, el encargado de procurar la justicia, enfrentado ya al delicado problema que le costó la vida a cientos de jóvenes estudiantes en el caso Ayotzinapa, confiesa públicamente, en el clímax de su actuación, que "ya se cansó" (por una agotadora mañana de trabajo) y más adelante, prefiere inventar "verdades históricas", para ocultar los desmanes cometidos por los soldados y policías que perseguían a dichos estudiantes?

En otro campo y meses después (a últimas fechas), un grupo de mafiosos, ahítos de poder, demuestran involuntariamente mediante sus propias espectaculares detenciones, seguidas de sus no menos espectaculares fugas y de la difusión en la prensa, de sus doradas existencias, (plenas de lujos y abundancias, posibles sólo por las tolerancias y complicidades oficiales), cuan ineficaz es la cara justicia penal que se "administra" en México. En ésa sorprendente exhibición se pueden entender y comprender también los "tratos de primera" que se dan siempre a los delincuentes notables, en todas las cárceles del Estado mexicano. Por ejemplo: los permisos que se otorgan a los reos "importantes" para recibir toda clase de visitas y atender todo tipo de asuntos; los espacios con que cuentan estos, aún en los penales de alta seguridad, para instalar oficinas, efectuar negocios, recibir familiares y mujeres, etc.

Esta es, desde luego, la imagen de una administración corrupta y claramente penetrada por los enemigos del pueblo. Pero más preocupante aún, resultan los manifiestos enriquecimientos indebidos, de la gran mayoría de los funcionarios importantes de todos los poderes en México, como lo demuestra el enorme número de "Casas Blancas" y negros tratos, que a la vista de todos se realizan diariamente y casi sin excepción, en todos los ámbitos administrativos del país, sin que se produzca un solo caso de justicia ejemplar, que amedrente a los prevaricadores y a sus cómplices.

Peor resulta en esta visión calenturienta del Estado, la persecución, lapidación y ahora asesinato o despojo de bienes, que se hacen en venganza contra cualquiera de los representantes de los grupos sociales, que se atreven a oponerse a los actos de autoridad dañinos e ilegales, o sobre aquellos que arbitrariamente se les despoja de sus bienes o de sus derechos. Tal es el caso de los estudiantes, los maestros, los campesinos, los obreros, los jubilados, los migrantes y aún, los simplemente desamparados que con indignante frecuencia resultan atropellados por quienes deberían defenderlos. Esta es, en breve resumen, la caricatura de un Estado fallido cuyos gobernantes, regularmente, suelen negar las realidades que denuncia su incompetencia, al tiempo que responden a ellas con falsos e imaginarios triunfos, o con el anuncio de enormes e inexistentes avances que se deben a la intervención heroica que ellos tuvieron en la misma.

La única manera que tiene un pueblo de acabar con tales excesos es, sin duda, las elecciones democráticas, pero en los últimos años parece haber la intención de privarlo de ese sistema de gobierno. Cada elección que fracasa es seguida de un reconocimiento gubernamental abrumador, con respecto a los errores y abusos que se cometieron: "¡Es cierto!" –se dice– "¡Se rebasaron los límites fijados a la propaganda de los partidos!" Y los gobiernistas se aprovecharon. Como si eso no lo hubieran sabido y deseado los organizadores desde el principio. "¡No volverá a suceder en las próximas elecciones!", dicen. ¡Pero sucede!

En la siguiente votación, en vez de dinero se reparten tarjetas de crédito a los votantes más preocupados por llevar algo que comer a sus casas, y en lugar de tortas y gorras se les dan televisores o computadoras, y la única diferencia es que aumenta el precio del voto comprado. ¡El cinismo mata la esperanza! ¿Se habrán dado cuenta de eso "nuestros opulentos y mal dotados gobernantes"? ¿Habrán notado ya que han perdido toda aceptación y confianza popular? ¿Seguirán jugando a tomarle el pelo a la ciudadanía? ¿Se habrán dado cuenta ya, de que están en entredicho?

Y eso es muy delicado.