Política

Aliento a la participación ciudadana

enero 23, 2016

El desenlace de la contienda electoral, el 5 de junio del año en curso, tiene el carácter aleatorio, inherente a la lucha por el poder, cuando las fuerzas políticas guardan cierto equilibrio que dificulta el pronóstico de un ganador seguro. La ambigüedad de la situación provoca inquietud al interior de los equipos políticos, lo cual es comprensible; aunque desde otra perspectiva, dicha ambigüedad puede verse como un signo alentador. En escenarios anteriores, con un candidato fuerte que llegaba avalado por la decisión previa de su partido (o de quien efectivamente decidía), la decisión final del electorado quedaba marcada por la inercia y únicamente tenía la función de legitimar el proceso. En la elección para gobernador de este año, representará un papel fundamental en la percepción ciudadana –y por lo tanto, para la orientación del voto–, la crisis económica, el incremento de la pobreza, la falta de expectativas para los jóvenes, el sentimiento generalizado de inseguridad, la pobre calificación que se otorga a la clase política. En este adverso clima social, la renovación de los representantes populares pierde su índole de mero ritual y transforma las campañas de proselitismo en un verdadero examen que deberán aprobar los candidatos ante la ciudadanía. En su recorrido, estarán obligados a acreditar mediante el debate serio de propuestas realistas y de compromisos concretos, su solvencia política para gobernar en circunstancias particularmente difíciles.

Se ha venido hablando de la minigubernatura, expresión que parece condesar con acierto e incluso con aire festivo la realidad, por tratarse de un periodo de dos años. Sin embargo, si bien es cierto que dicha expresión enfatiza la brevedad temporal del mandato, soslaya lo que políticamente puede ser esencial en esos dos años de gobierno. Y lo esencial consiste, según mi particular punto de vista, en sentar las bases para reorientar la administración pública. Esto en el ámbito interno, pero en lo relativo al panorama nacional, quien gane la gubernatura estará en condiciones de favorecer la corriente política a la cual pertenece o se inclina, y participar en la lucha por la presidencia del 2018. Como lo saben muy bien los observadores y analistas de nuestra vida pública, hay momentos políticos decisivos para preparar el futuro, y la etapa de 2016 a 2018 es uno de ellos. Es esta circunstancia la que concede significado al proceso electoral en marcha. El peso específico de la masa electoral veracruzana posee un valor estratégico en los planes de quienes se proponen construir el futuro político del país.

El breve análisis expuesto, según el cual, la victoria es una posibilidad efectiva para dos o más candidatos, dependiendo del posicionamiento que puedan consolidar a lo largo de las campañas, tiene como presupuesto la participación ciudadana en una proporción capaz de echar abajo las predicciones de la mercadotecnia electoral. Si es así, seguramente esta óptica será compartida en todo, o en parte, por los candidatos y sus asesores, lo cual puede favorecer un escenario de confrontación de ideas y proyectos de calidad superior al que estamos acostumbrados. En tal hipótesis, la ambigüedad, desconfianza y dudas con que ha iniciado el proceso electoral desde sus etapas preliminares puede enfocarse con espíritu positivo. La crisis política de los partidos daría paso a la oportunidad de rehacer su imagen y, por otra parte, haría de los independientes no un fenómeno exótico, sino un factor para el desarrollo democrático de la sociedad. Más allá de las filias y fobias personales, o de los intereses y compromisos con tal o cuál candidato, debe reconocerse en quienes son o se perfilan como los más seguros contendientes por la gubernatura, las cualidades indispensables para enriquecer la contienda con un debate argumentado, serio y congruente con su visión partidista o doctrinaria. Un debate esperado por la ciudadanía que la motivará a mayor participación y que dará respaldo social a las políticas públicas del nuevo gobierno.

Los personajes de quienes dependerá el contenido y sentido de la discusión, y aportación de propuestas durante las campañas, son viejos conocidos de los veracruzanos. Tal es el caso de Héctor Yunes Landa, candidato del PRI y sus aliados; de Miguel Ángel Yunes Linares, muy probablemente el candidato de la alianza PAN-PRD. También Gerardo Buganza Salmerón se puede considerar muy probable candidato, además de Juan Bueno Torio y acaso uno o dos más. El candidato de Morena independientemente de quien obtenga la nominación, llevará consigo la responsabilidad de difundir tesis y planteamientos del partido recientemente creado por Andrés Manuel López Obrador. De esta manera, queda garantizada la pluralidad de enfoques y proyectos. Tal pluralidad entraña, por otra parte, un peligro que no puede dejar de reconocerse: la fragmentación del voto. Si así sucediera, la experiencia obtenida servirá para prever las complicaciones futuras con el diseño de instrumentos electorales más adecuados.

Quisiera destacar un hecho especialmente alentador, por lo que representa como receta para conjurar fantasmas y prejuicios ideológicos. Me refiero a la firme y digna actitud del presidente nacional del PRD, Agustín Basave Benítez, quien logró sacar adelante su propuesta para la alianza de su partido con el PAN, anteponiendo el criterio político a los intereses facciosos. Ya señalé, en artículo anterior, que no se trata de crear un hibrido ideológico, una especie de centauro o algo semejante; las ideologías no pueden mezclarse cuando las separa, como en este caso, un abismo en la conceptualización del ser humano, de la sociedad y el destino de ambos. Los que se ponen de acuerdo sobre la solución de asuntos muy específicos para bien de los ciudadanos, son los políticos que suscriben los acuerdos bajo determinadas condiciones que, de ninguna manera, afectan la identidad y autonomía de sus respectivos partidos, ni sus personales convicciones.

He expuesto aquí una forma de ver el actual proceso electoral, marcado, sin duda, por el deseo de un cambio positivo en la competencia electoral de la que depende la renovación de la clase gobernante. Este deseo tiene fundamento objetivo –personalmente, así lo espero–, pero también estoy consciente del riesgo de que, una vez más, la inercia sea más poderosa que el impulso del cambio. Pueden prevalecer las clientelas, el desánimo ciudadano, el abstencionismo, la indiferencia. La libertad política de los ciudadanos entraña la promesa de transformar la realidad social, pero esta promesa se cumple sólo si cada uno acepta la responsabilidad de hacer buen uso de ella.