Política

El Acuerdo de París

enero 11, 2016

Pros y Contras

Como resultado de la Conferencia de las Partes 21 (COP 21), el 12 de diciembre se firmó en París el acuerdo del mismo nombre para controlar el cambio climático (CC). Al respecto, ha habido gran cantidad de comentarios; entre ellos, los incluidos en el número 58 del suplemento científico de La Jornada Veracruz, El Jarocho Cuántico, (http://www.jornadaveracruz.com.mx/Suplementos.aspx).

Los comentarios van desde los muy positivos hasta los muy negativos. En el lado positivo, es unánime la opinión de que no fue tarea fácil lograr el consenso de casi 200 países después de 25 años de esfuerzos fallidos y al menos seis años de conferencias sin avances, además de que este acuerdo plantea una ruta a seguir hacia el control del CC, lo que no es un logro desdeñable. También se reconoce que es un paso histórico que el documento fuera aceptado por consenso, que se reconociera la responsabilidad de las actividades humanas en su origen y se hayan acordado algunas medidas para detenerlo y, eventualmente, revertirlo.

Así mismo, destaca el hecho innegable de que, en la realidad internacional actual, hubiera sido muy difícil imponer sanciones a los países que no alcanzaran las metas fijadas por lo que, en lugar de éstas, se estableció un mecanismo basado en metas nacionales vinculantes, sujetas a verificación periódica, cuyo objetivo es mantener el calentamiento de la Tierra como máximo en dos grados Celsius de aumento en la temperatura media. Sabiendo que esta meta es insuficiente, en el acuerdo se hace un llamado para reducir el aumento a 1.5 grados Celsius.

Entre los motivos de aplauso también está que quedaron atrás las controversias sobre la responsabilidad de las actividades humanas en el origen del CC, en particular, el uso de combustibles fósiles y la desforestación. Igualmente quedaron fuera de duda los muchos y graves efectos negativos del CC, incluyendo la desertificación y el aumento del nivel del mar, con las graves consecuencias para los habitantes de islas y zonas costeras que, en ausencia de medidas eficaces de control, pueden desaparecer en un futuro causando la emigración de enormes grupos humanos con los correspondientes trastornos sociales y económicos para los países afectados.

Es igualmente positivo que, por primera vez, Estados Unidos y China, los dos países con mayor generación de gases de efecto invernadero (GEI), hayan aceptado un acuerdo que los compromete a establecer algunos controles. Al comparar estos avances con la situación previa a la COP 21, es evidente que hay motivos para un cierto optimismo. Sin embargo, no se debe olvidar que el otro lado de la moneda está cargado de razones para lo contrario; de hecho, varios grupos organizados han expresado serias dudas sobre las bondades del acuerdo; entre ellos, los Amigos de la Tierra lo han tachado de "farsa" y la coordinación de movimientos campesinos, Vía Campesina, ha sido aún más severa en su juicio.

La primera de las razones para el pesimismo es que los "debe", del borrador, se sustituyeron por los "debería" en el documento definitivo firmado en París, lo que diluye fuertemente la obligatoriedad de los compromisos que adquirirán los países que lo firmen el próximo abril.

Un importante motivo de preocupación es la opinión positiva de las empresas multinacionales sobre el acuerdo; por ejemplo, el director de Unilever afirmó que, como resultado de él, se liberarán billones de dólares y la inmensa creatividad de innovación del sector privado.

Por su parte, el director de la petrolera Shell afirmó que la perspectiva de limitar el aumento del calentamiento de la Tierra a 1.5 grados Celsius para finales de este siglo ayudará al desarrollo de nuevas técnicas, por ejemplo, captura y almacenamiento de carbono y técnicas de geoingeniería. A pesar de que, hasta el momento, ninguna de estas medidas ha funcionado de manera satisfactoria, es evidente que las empresas esperan obtener subsidios públicos para financiar su desarrollo de esas y otras tecnologías similares. También se dijo que el mensaje para los dueños del dinero es claro: canalizar dinero a las energías a base de combustibles fósiles es perderlo; el futuro está en las energías renovables.

Aunque, como se dice arriba, no era posible establecer un tratado vinculante en el contexto actual, lo que se logró puede ser muy poco en relación con la urgencia de resolver este problema de creciente magnitud, ya que, en lugar de metas vinculantes, cada país propuso metas voluntarias de acción de cuyo cumplimiento deberán informar cada cinco años a partir del año 2020, el cual será supervisado; en caso de que no hayan logrado cumplir sus metas, sus fallas y retrocesos se harán públicos, lo que, se supone, les generará una presión ética y moral que, se espera, será suficiente para avergonzarlos y lograr que tomen las medidas necesarias para cumplir con lo que propusieron. Está por verse qué tan sensibles son algunos países hacia una presión internacional de carácter ético.

En el acuerdo hay varias deficiencias que se generaron por presión de diversos países; por ejemplo, en un principio la defensa del planeta se vinculaba con el concepto de derechos humanos. Esta idea se abandonó y sólo quedó como una mención general en el preámbulo, lo que, de hecho, excluye la perspectiva de justicia social hacia las poblaciones más vulnerables que, por cierto, serán las principales afectadas por el CC.

También quedó fuera toda referencia a los pueblos indígenas y su importante papel en la defensa de la madre tierra y no se aceptó la idea propuesta por Ecuador, de crear una corte internacional para los crímenes contra la naturaleza, lo que permite que la impunidad continúe no sólo en este tema, sino en muchos otros relacionados. Así mismo, al concentrar las acciones en la disminución de los GEI y en la mitigación de sus emisiones, se evitó lograr una visión integral de la cuestión climática.

Otro tema ausente del acuerdo es el concepto de "deuda climática" que los países industrializados tendrían hacia los países del sur.

Por su parte, las empresas petroleras se opusieron radicalmente a la idea de no explotación y la sustituyeron con la de promover un equilibrio entre generación y absorción del carbono, equilibrio cuya factibilidad es más que dudosa.

Todas estas exclusiones muestran que la filosofía que predominó en París fue limitar el problema al uso de combustibles fósiles y la generación de carbono y enfocar su solución hacia las técnicas que son del interés de las multinacionales y de algunos países.

Es, por lo tanto, muy importante que como sociedad, hagamos conciencia de la magnitud del cambio climático y de que los gobiernos harán lo menos posible para controlarlo mientras festinan la firma de un acuerdo que, independientemente de sus logros, como ya se dijo, son bastantes, en realidad es parcial y sesgado.

Habrá que esperar al 2020 para saber si los festejos estuvieron justificados o se requiere un nuevo acuerdo.

En el caso de México, muy pronto sabremos si la Ley de Transición Energética, aprobada a las carreras en el Senado y presentada en París con bombo y platillos, sirve de algo o es un caso más de una declaración hecha para consumo externo sin la menor intención de que interfiera con los planes vigentes para aumentar la producción de hidrocarburos en el país.