Política

Síntesis - Futuro peligroso

febrero 05, 2015

Al parecer, ya pasaron aquellos días del optimismo desbocado del nuevo Gobierno, cuando se preveía o mejor dicho, se imaginaba, que el país tendría pronto, un enorme e incontenible desarrollo económico que traería a su vez, para la nación: Paz, progreso, riqueza y felicidad. Todo era cuestión de proponérselo. Poco a poco han ido callando los que aseguraban que, “sin perder nuestro petróleo”, podíamos privatizarlo y utilizarlo como palanca, para nuestro desarrollo inmediato. Solo tendríamos para ello que permitir a las empresas extranjeras, “intervenir un poquito”, en su manejo, pero siempre manteniendo el control sobre esa riqueza.

Callaron también los que aseguraban entonces que estábamos ya en el momento preciso de construir las grandes obras que exigía nuestro progreso: “Los trenes bala”, para toda la República; decenas de refinerías; veintenas de nuevas y modernas autopistas y los grandes y mecanizados puertos, acordes al desarrollo tantas veces contenido del país, así como los numerosos parques industriales que requiere ese esperado desarrollo y los costosos ductos que naturalmente exigiría su crecimiento industrial, para transportar el gas, el petróleo y sus derivados, desde sus lugares de extracción a las nuevas refinerías, a los centros de almacenamiento o consumo; o la construcción de nuevas zonas y ciudades turísticas, etc. etc. (solo por enumerar las obras más importantes).

Naturalmente, ese desarrollo sería costeado, según los proyectos respectivos , por los inversionistas mexicanos y extranjeros que así agradecerían a México, la oportunidad de participar en su incontenible progreso. Desde luego se podría recurrir también al crédito internacional para el financiamiento de dichas obras, exigiendo –eso sí- de los banqueros respectivos, bajas tasas de interés, a cambio de la oportunidad que se les brindaría de participar en tan buenos negocios.

Está demás agregar que según tales planes, los miles de obras mencionadas, darían ocupación a los desempleados del país y generarían nuevos ingresos al Estado, que a su vez, iniciaría de inmediato otras obras de interés social. Todo ello desembocaría en un nuevo Estado de bienestar, caracterizado por altos niveles de vida, abundantes fuentes de trabajo, paz y tranquilidad.

De todo ese bello sueño, poco o nada se ha cumplido en los dos primeros años del sexenio. Contra las afirmaciones oficiales, la economía nacional se deterioró aceleradamente. Los nuevos gravámenes fiscales y los efectos de la crisis económica norteamericana, sumados a la falta de inversión nacional, a un torpe manejo financiero y a los graves errores de la administración, produjeron una nueva crisis que golpea ahora, a todos los ciudadanos, pero con especial encono, a las clases bajas, generando inflación, deteniendo las inversiones y produciendo finalmente, el descontento generalizado de la población.

También como consecuencia de políticas erráticas y decisiones equivocadas del Gobierno, aparecieron, o simplemente se agravaron, nuevos problemas, en las últimas semanas del pasado Enero: Con motivo de la baja de precios del petróleo en el mercado internacional, decretada por el Gobierno de los Estados Unidos, cayeron los ingresos de Pemex en 7.5%, a números reales; acto seguido, se redujo en México, la inversión pública gubernamental destinada a la infraestructura y se realizó como complemento, un enorme ajuste del gasto del Estado, que es de temerse, no será el último.

A las medidas económicas anteriores, se sumaron otras, igualmente desafortunadas y también la indignación popular, provocada por el incremento generalizado de la violencia en todo el territorio nacional. Otro factor desestabilizador ha sido, sin duda, la implacable y creciente corrupción de la clase política, que avanza en proyección geométrica y abarca hasta el último resquicio del poder, acompañada además, de un cinismo, indignante y descarado. La crítica popular afirma al respecto que: Hasta hace dos décadas, en México, solo robaban de las arcas públicas, en cantidades millonarias: Los Presidentes de la República y las figuras principales de la política federal, pero ahora lo hacen en esa proporción, hasta los Presidentes Municipales de los pueblos más pobres del país. Lamentablemente, la afirmación es más cierta y alarmante de lo que pudiera desearse para México, ya que predice a corto plazo, un empeoramiento de la crisis económica que ya padece el país, sino se toman medidas radicales al respecto.

Así, el sueño superficial de la riqueza y la abundancia fáciles, se convirtió en la pesadilla de las crisis gubernamentales y las parálisis económicas, pero especialmente, en la pesadilla de la violencia creciente que lo abarca todo y que genera fundamentalmente el Estado, al provocar la inconformidad ciudadana y la injusticia social, sin lograr siquiera entenderla. A cada momento, los intentos oficiales de resolver un problema, terminan por acrecentarlo y desesperar a los involucrados. Se ha caído de esta manera en la tentación de resolver los problemas más graves, por medio de las llamadas fuerzas del orden y aún por medio de fuerzas “irregulares”, como sucedió recientemente en Ayotzinapa, con el resultado que todos conocemos. Peor aún, a las “fuerzas del orden” se les ha desnaturalizado y degradado, al imponérseles tareas que no les corresponden, enfrentándolas al pueblo que precisamente debieran defender. No se ha querido entender que esa confrontación resulta estéril y está condenada al fracaso, por la sencilla razón que un triunfo de las “fuerzas armadas, significaría el fracaso del Estado de Derecho y la traición del Gobierno correspondiente.

Probablemente, lo más preocupante ahora, es que la clase política se ha separado del pueblo y esgrimido un discurso político tan falso y demagógico, como el de Don Porfirio en su tiempo, en el cual se atribuía a sí mismo y a sus fracasadas propuestas, la única posibilidad de éxito. Lamentablemente, la clase política ante su debilidad se ha apoderado desde hace tiempo del aparato electoral, como único otro medio de retener el poder e impedir que el pueblo opine. Ese control traerá también nuevas y más graves fricciones, que sería sensato evitar desde ahora, restaurando la verdadera democracia en México.