Política

Caos, sorpresa y cambio

diciembre 13, 2014

El caos generalizado en el que está inmerso el país desde hace algunos años nos ha llevado inevitablemente a una crisis política de imprevisibles consecuencias. El pueblo parece ahora anonadado: Las instituciones, los analistas políticos, la prensa misma, han quedado momentáneamente rebasados por los últimos acontecimientos y por las imperiosas demandas de los más diversos grupos sociales que ahora reclaman, con justa razón, una explicación lógica y fundamentada de lo que está sucediendo en México.

Todos sabíamos que veníamos afrontando una nueva crisis económica: Inflación, pérdida del poder adquisitivo de la moneda, recursos insuficientes para resolver las más apremiantes necesidades sociales y aún para hacerle frente a un modesto desarrollo o progreso social; salarios a la baja, cierre de industrias medianas y pequeñas, pérdida del dominio nacional sobre el petróleo, etc. También sabíamos de los graves problemas educativos que enfrenta el país y de la miseria creciente de sus habitantes. Mediante el discurso de los distintos partidos políticos, nos habíamos enterado: por una parte, que los grandes monopolios petroleros, fundamentalmente norteamericanos, querían apoderarse de nuestro petróleo, con la complacencia del Gobierno y por la otra, de la versión oficial, según la cual, nos esperaba a la vuelta de unos meses, el progreso y la abundancia, siempre que aceptáramos una sociedad con los desinteresados inversionistas extranjeros que solo deseaban nuestra felicidad y en esas estábamos, cuando inesperadamente nos encontramos, a boca de jarro, con los sucesos de Ayotzinapa. Que en pocos días se convirtieron, lógicamente, en la peor tragedia que ha afrontado la nación, desde hace muchos años.

En una rápida sucesión de acontecimientos e inesperadas revelaciones, los mexicanos nos enteramos: Primero, que en éste país, donde todos nos sentimos hermanos y vivimos bajo el nombre común de mexicanos, se había desarrollado sigilosa, taimada, maquiavélicamente, un mecanismo político capaz de eliminar de un tajo y sin formalidad alguna, a 43 jóvenes estudiantes, por el simple pecado de oponerse a las medidas represivas dictadas en su contra.

En los siguientes días fuimos informados también, de que, a los 43 jóvenes sacrificados se sumaban otros 6 por un motivo semejante y otros 22 que habían sido ametrallados anteriormente, sin formación de causa ni oportunidad de defenderse, por un grupo militar, en una bodega de Tlatlaya, también en Guerrero. En la búsqueda que emprendieron las autoridades civiles de ese Estado primero y las federales después, para localizar “vivos” primero y después, solo a sus cadáveres, destacó más claramente, la intención de ocultar los hechos, que la de aclararlos, así como el deseo de posponer indefinidamente la búsqueda y que se aprobaran las inaceptables explicaciones que ofrecían las autoridades.

Por el camino fijado, “la investigación” se volvió pronto contra quienes la dirigían, ya que empezaron a aparecer por todas partes, decenas de fosas con numerosos cadáveres de sacrificados por el procedimiento de salvajes e ilegales ejecuciones antes apuntado.

Por primera vez tuvimos que conocer y reconocer que existía en las entrañas del Estado Mexicano, un procedimiento represivo de barbarie y exterminio, semejante a los que practicaron los nazis en Alemania o a los que desarrollaron en el pasado, las más feroces dictaduras latinoamericanas, (Pinochet en Chile, Videla en Argentina, Stroesner en Paraguay, etc.).

No obstante que todos sabíamos anteriormente que la corrupción prosperaba cada vez más en nuestros medios políticos y que los presupuestos nacionales se habían convertido en el botín de casi todos los funcionarios importantes del sistema, el país entero quedó paralizado por las revelaciones de Guerrero. Nadie se imaginó que la violencia fuera el siguiente paso y menos que éste viniese, precisamente, del Gobierno.

Pocos, muy pocos deben estar enterados verdaderamente, de ese infierno, pero por lo que va revelando su existencia, se trata de un aparato perfectamente montado y aceitado para eliminar a quienes se opongan al poder político actual. ¿Cómo llegamos a ese punto? ¿Quiénes resultan sus arquitectos y ejecutores?, ¿cómo se va a impedir que avance un paso más esa obra diabólica?. Además del control político, ¿qué otros intereses están involucrados en este asunto? Y después… vienen las impertinentes dudas razonables: ¿El petróleo es todavía nuestro?; ¿llegaremos pronto acaso a los escuadrones de fusilamiento?. ¿Existe otra explicación lógica, posible?.

Un cambio que se manifestó claramente en el país, desde la presidencia de Salinas, fue la creciente corrupción de la clase política y sus graves consecuencias. Los más importantes funcionarios del Sistema y los propios partidos políticos han perdido el camino histórico que seguía el país y el sentido de sus Instituciones. La ambición convirtió a “los servidores públicos” en capitalistas sin control, en “una clase” que rivaliza y departe con los grandes capitalistas nacionales y extranjeros, que ambiciona el poder sobre todas las cosas y se apega a él, sin aceptar limitación alguna, a la par que sus miembros se siente ilustrados, o mejor dicho “iluminados”, por su sabiduría y experiencia en el poder, en una palabra, partes de una clase superior, predestinada a mandar y gobernar ese pueblo perdido y sin destino que se llama México.

Es evidente entonces, que esa clase, ha venido corrompiendo, en los últimos años, las Instituciones que creó la Revolución mexicana en su búsqueda de Justicia Social y ha convertido al Estado en un medio para repartir el botín de la riqueza nacional, entre su pequeño grupo. No es extraño por eso, que muchos de nuestros gobernantes ostenten enormes fortunas, exhiban sin pudor, joyas y vestuarios dignos de un monarca del siglo XVIII, organicen todos sus actos bajo rituales principescos y se impongan a sí mismos, habitar palacios y trasladarse en los más caros y sofisticados transportes, además de entrevistarse con las más destacadas personalidades del orbe.

Las cosas sin embargo, están cambiando aceleradamente y cada vez queda más clara la ineptitud de nuestros políticos: Sus equivocados diagnósticos; su mentalidad colonizada, sus intereses antinacionales y sobre todo su desconocimiento de los que es el México de nuestros días. Imposible ignorar entonces que también nuestra forma de Gobierno debe de cambiar, reconociéndole en la práctica, una mayor y verdadera intervención al pueblo de México.