Política

Vivos se los llevaron, vivos… ¿Los queremos?

noviembre 24, 2014

Nuestra nación no cesa de hablar de una indignante masacre, del descontento a flor de piel, de múltiples manifestaciones, de las plazas públicas abarrotadas con miles de personas que claman justicia, de un mantra unísono que se desprende con brutal estruendo “Vivos se los llevaron, Vivos los queremos”.

En este inhóspito clima, una pregunta inocente puede ser lanzada, ¿Los queremos?, no es ocioso cuestionarse si realmente se podría sentir -de manera compartida- el grito de lucha lanzado por los normalistas antes del atroz incidente, pues los jóvenes se caracterizaban por ser luchadores sociales, de la escuela de Lucio Cabañas, el Che Guevara o Karl Marx. Entonces ¿Cuántos de nosotros resonamos con esos ideales hoy día? Incluso más allá, cuántos de nosotros sabíamos las condiciones en que estos estudiantes vivían y realizaban sus estudios en la normal rural, qué cantidad de ciudadanos nos encontrábamos informados sobre las prácticas de estos jóvenes, peor aún, cuántos sabíamos algo sobre Ayotzinapa, Guerrero –recordemos que muchos ni siquiera saben cómo se llama realmente este municipio al que en algunos medios le cambian el nombre por el de Ayotzinapan-. Si no teníamos ni la más remota idea de todo esto, ¿Cómo podemos quererlos? ¿Son acaso nuestros nuevos mártires?.

De igual forma, expresamos indignación por la mansión de la primera dama, pero esto sólo lo hicimos a través de que el escándalo fue puesto en marcha por los medios de comunicación, una bomba que permitió a la población manifestarse con videos de burla, irónicos memes o simplemente comentarios de Facebook, con los cuales pareciera que se logra acentuar más el malestar de una sociedad mexicana enferma y corrupta hasta la médula.

Si leemos con un ojo agudo, estos dos eventos guardan una relación común, pues son acontecimientos catárticos para ese descontento que tienen los conductores con cada gasolinazo, las amas de casa que tienen que hacer malabares con sueldos míseros, jóvenes que tienen una educación pobre y un hastío del mundo que habitamos.

De ahí se desprende ese supuesto cariño que se puede palpar con la frase “los queremos” pues precisamente se clama justicia por un rostro desconocido, pero que les resulta embriagante al pensar que son como ellos, que comparten un mismo mal. Esto en algún sentido es cierto, sin embargo, nuestra capacidad de compenetrarnos con otros es prácticamente nula en nuestros días, pues, el sistema social que hemos engendrado nos ha quitado esa idea de que podemos compartir algo con el otro, y esto nos hace cuestionar muchas de las movilizaciones, para de vuelta preguntarnos: ¿Hasta qué punto es compartida la lucha de los normalistas desaparecidos? O ¿Será a acaso sólo una imagen espectral difusa en la cual buscamos saciar nuestro sentir, encontrando en ellos a unos mártires para encubrir nuestros propios deseos?.

Igualmente aplica para la famosa “Casa Blanca”, pues no hemos distinguido qué nos molesta de algo que ya sabemos, a saber, que la clase política ha engordado sus billeteras y pasean por los mejores lugares del mundo y que habitan en las residencias más lujosas, hasta donde está nuestro deseo por tener una vida similar cuando ya sabemos que esto siempre ha operado así, pues desde ese pasado llamado prehispánico hemos tenido diferencias de rango entre gobernantes y gobernados.

De todo esto podemos deducir tres conclusiones:

La primera que no hemos logrado encontrar aún el núcleo donde radica ese enojo, esa rabieta que nos produce encontrarnos con una realidad que ya intuimos, pues nos hemos vuelto una sociedad del resentimiento, que se encuentra atrapada en ese infinito dolor que nunca termina y que siempre nos arroja al descontento atrapándonos en un vacío que nos incita a buscar medios simbólicos para intentar cubrir ese sentimiento exasperante que nos carcome, sin que podamos arrojarlo al olvido y volver a comenzar con otros bríos.

Esto último se encuentra lejos, pues nos hemos vuelto hombres despechados, heridos de muerte y que soñamos con un mundo mejor, cuando es el re-sentir lo que nos limita, sólo para volver a palpar esa desquiciante sensación de rabia, allí radica la potencia de los escándalos políticos, de las masacres y los hechos ilícitos, pues siempre logran atraparnos en un círculo vicioso de volver a sentir, tal como lo expresa Deleuze a razón de la crítica expresada por Nietzsche contra este tipo de hombres, pues, “En virtud de su tipo, el hombre del resentimiento no reacciona: su reacción no termina nunca, es sentida en lugar de ser activada”.

Este y no otro, es el núcleo de nuestro verdadero fracaso, pues desde que nos dieron el apelativo de hijos de la indígena violada por el conquistador, nos derrotaron, nos arrojaron a símbolos del indio ladino que se contenta con joder al patrón –para nuestras sociedades modernas el joder la ley, evitarla, corromper algo, pero siempre corromperlo- (debo parte de esta idea a un gran amigo).

En segundo lugar, si es el resentimiento lo que nos mueve, estamos contentos gracias a que vivimos de escándalos, contamos con beneplácito cifras de cadáveres, de hombres desaparecidos, damos cuenta en nuestras redes sociales –no sólo las virtuales- de especulaciones de si atraparon a tal o cual delincuente, de los escándalos de la farándula, de las nuevas películas y los deportes. En pocas palabras, vivimos escandalizados, esperando que eso llene nuestras vidas, creemos que con enunciar los trapos sucios de algún gobernante estamos cambiando al mundo y la política.

Tomen un respiro y vean cuantas veces al día esperan con ansias algún acontecimiento para hacer una crítica simbólica (memes, videos, marchas), piensen en todo lo que ha inundado sus vidas desde aquel fallido intento de nuestro ahora presidente por enunciar tres libros que hayan marcado su vida, cuántos escándalos hemos presenciado. Esa es la principal crítica de películas como “la dictadura perfecta” pues no es para vernos en un espejo y abrir los ojos a una realidad que nunca quisimos ver, sino entender que somos hijos del escándalo y que con ello somos felices, alimentando nuestra resentida existencia.

Por último, nuestra vida no puede seguir pendiendo de un hilo de escándalos, debemos cuestionar precisamente esos modelos que estamos repitiendo desde generaciones atrás, la corrupción no sólo está en la clase política, la holgazanería no está atrapada en la imagen del mexicano descansando al lado del cactus y cerveza en mano, está presente en nuestras vidas, desde que aceptamos seguir modelos y corromperlos a nuestro antojo, creyendo que hemos obtenido una pequeña victoria, no se trata de decir vamos a hacer un mejor país como muchos piensan, sino de cuestionarnos realmente eso que queremos, hasta dónde queremos llegar y entonces sí, debemos generar estrategias de acción y erradicación de ese fallo llamado estado mexicano. Tal vez este es un primer acercamiento a ese hondo dolor que nos desgarra desde hace muchos años, lo que acontece en nuestro país nos brinda la posibilidad de mirar con nuevos ojos nuestra existencia nacional.