Política

Sangre y esperanza

octubre 17, 2014

Estoy sorprendido ante el acelerado deterioro del Estado Mexicano durante los últimos meses. La descomposición política y social, se da con tal fuerza y abundancia, que no pasa un día sin que nos sorprenda un nuevo gran escándalo que involucre, las propias bases estructurales del país. Me angustia, como ya lo he dicho repetidamente en este espacio, la demoledora crisis económica que asfixia al México, pero me angustia más aún, ver: Que quienes gobiernan y pueden encontrar soluciones para resolverla, en vez de ello, trabajen para profundizarla y quienes pueden hacer algo, por nuestra casa común en peligro, intenten mejor desmantelarla, tal como viene sucediendo en los casos del petróleo, la minería o la electricidad, donde gobernantes y capitalistas mexicanos, ahítos de ambiciones y de poder , atacan sin excepción a los intereses de la patria común, para asociarse en la defensa de las Compañías Trasnacionales, esperando a cambio de su traición, el triste pago de “los 30 denarios”.

Favorecen así, la infame entrega del país y el sometimiento de su economía, ya que, como complemento de tales políticas, surgen por doquier, las quiebras deliberadamente preparadas de las que fueron “Empresas del Estado”, especialmente en el ramo petrolero. (Sólo en esta semana que pasó, se anunció que “Pemex cederá a la iniciativa privada, los complejos petroquímicos del país) , se advierte casi con júbilo que están en la espera de recibirlas : Compañías Canadienses, Españolas y brasileñas, (y seguramente serán más las norteamericanas) y desde luego, algunas quedaran para ser entregadas a Compañías privadas nacionales, que resultarán, ¡oh casualidad! propiedad de importantes políticos actuales, de esos que brincan de un puesto a otro y sus nombres se escuchan sin falta desde hace muchos años, como expertos de todo. Los mismos que han contribuido sin lugar a dudas, a la construcción del actual Estado Mexicano y a su aguda y permanente crisis.

Me avergüenza también, que México se está transformando nuevamente, en un Estado represivo y sanguinario, tal y como lo demuestra un rosario de represiones violentas acontecidas en años pasados y que todos conocemos y recordamos: El crimen nefando de Tlatelolco en 1968, contra la juventud universitaria; la matanza de “Aguas Blancas” en Guerrero; la de Madera en Chihuahua; el movimiento campesino encabezado por Marcos en Chiapas; la rebelión de San Salvador Atenco; las iracundas narcoguerras en: Michoacán, Tamaulipas, el Estado de México, y Sinaloa, así como la violencia creciente en Veracruz, (recuérdese a los cadáveres arrojados en el paso a desnivel, de la Zona Comercial de Boca del Río), la represión de Zongolica y en muchas otras zonas atrasadas, del agro veracruzano.

Es un hecho que actualmente la violencia avanza en México y aprieta cada vez más a ciudades, caminos y comunidades pequeñas. Lo peor de todo es que esta violencia no la conocíamos en México hace treinta años y más grave es que ahora, después de tantas experiencias al respecto, los representantes del Estado, pretendan engañarnos y nos aseguren que no está pasando nada; que todo está en orden; que la economía marcha; que México está prospero; que progresamos aceleradamente; que en pocos meses, las estadísticas innegables que ahora sólo muestran la derrota, cambiarán y pronto estaremos nuevamente en la vía del desarrollo, para lo cual, lo único que debemos hacer, es “no hacer nada”, mantenernos quietos y dejar que el progreso haga su trabajo. Nos lo dicen cuando la realidad tiene otro lenguaje: Antier, apenas, en Guerrero, unidos por primera vez empresarios, maestros y estudiantes, gritaron “¡En Guerrero no hay Gobierno!” y aun el propio clero, tan silencioso a veces en este valle de lagrimas, declaró que “México es el país de las matanzas”, agregando que “parecería que el odio y la tristeza vencerán y que la injusticia y la corrupción impondrá su ley destructora”. Lástima que esta declaración haya sido tan tardía, precisamente cuando el mal ya esta hecho. Pero así, todos los grupos sociales empiezan a coincidir.

Como se dijo al principio, los más graves problemas del país provienen de una mala administración que, por corrupción o por ambición o por las dos cosas: vende o mal administra los bienes propiedad de la nación; desvía los fondos públicos; hace concesiones indebidas a particulares; sacrifica los más débiles para hacer negocios con los más fuertes y naturalmente, manipula los procesos electorales, para colocar en los cargos públicos a quien les convenga, o por lo menos no le estorben. Así, por más esfuerzos que haga el pueblo para rescatar su derecho a elegir a sus gobernantes, siempre logra imponerse “la clase política” y así, aunque el sistema electoral, primero se llame SEN y luego IFE y ahora INE, la clase gobernante siempre le ha dado la vuelta, para impedir que el pueblo la sustituya por quienes este desea, que lo gobiernen.

Por lo pronto, el país llega nuevamente a una etapa sangrienta y difícil, en toda la extensión de la palabra. Difícil para vivir, para sobrevivir, para trabajar, para estudiar, para hacer negocios, para circular, para visitar, etc. lo cual genera en el pueblo, un malestar, cada vez más generalizado.

Y ahora es posible encontrar en las manifestaciones callejeras de inconformidad, a quienes creíamos opositores irreconciliables. ¿Será que hemos encontrado por fin la fórmula para deshacernos de los que se eternizaron en el poder, de “los malabaristas del hueso”, de los archí suficientes de las verdades eternas?. ¡Ojala, digo yo!, pero “Hay señales de debilidad institucional en parte del país”, admitió Enrique Peña Nieto el pasado miércoles 8 de octubre, (La Jornada Veracruz, p.13 jueves 9 de octubre) y el mismo miércoles, “Miles de universitarios manifestaron rabia e indignación, por el caso Iguala, donde se solidarizaron con el estudiantado politécnico nacional (La Jornada nac. 16 de octubre p.7): ahora lo importante, será la opinión del lector.