Política

OPINIÓN: La ciencia desde el Macuiltépetl

agosto 19, 2014

El debate sobre los transgénicos

La ciencia se ha convertido también en un terreno de lucha entre las clases sociales, cada una de las cuáles pretende imponer sus intereses sobre el resto de la sociedad. Por una parte, la clase de los capitalistas, los propietarios de casi todo, que aspira a mercantilizar (aplicando los métodos de la ciencia) la vida en todas sus formas. Por el otro la inmensa masa de quienes no disponen de otra cosa para sobrevivir más que su fuerza de trabajo y aquellos despojados de todo, hasta del derecho al trabajo. Es en este contexto que debe ubicarse el debate sobre los organismos genéticamente modificados, denominados sencillamente productos transgénicos.

Las compañías trasnacionales, productoras y comercializadoras de los organismos genéticamente modificados intentan, por todos los medios, convencernos de las supuestas ventajas de estos productos. Empleando las más sofisticadas técnicas de propaganda y soltando dinero a montones entre científicos y centros de investigación (dispuestos a todo a cambio de billetes verdes) para que hagan investigaciones “a modo” que brinden un falso sustento a esas supuestas ventajas de los transgénicos. Estas empresas (con la complicidad de funcionarios públicos) no tienen el menor escrúpulo en mentir al público.

En el bando opuesto a la clase capitalista sigue la resistencia social contra la siembra de transgénicos en México, con protestas y foros en varios estados. Ante la demanda de Monsanto, DuPont y Dow para sembrar millones de hectáreas de maíz transgénico en Sinaloa, Tamaulipas y Veracruz, Sagarpa continúa sin hacer pública su decisión ante un tema tan vital para el país.

Varios funcionarios y las empresas declaran que se necesita este maíz manipulado para aumentar la producción, un argumento falaz, pero que encuentra eco en algunos sectores que se preguntan si los transgénicos serían una opción para la suficiencia alimentaria.

Pues la propaganda a favor de los productos transgénicos incluye la aseveración de que éstos son más “productivos”, es decir supuestamente ofrecen un mayor rendimiento en función de la inversión.

Sin embargo, según un análisis realizado por la destacada investigadora Silvia Ribeiro, las estadísticas oficiales de más de una década en Estados Unidos (por lejos el mayor productor de transgénicos a nivel global) muestran que en promedio, los cultivos transgénicos producen menos que los cultivos convencionales, y que en conjunto, usan mucho más agrotóxicos.

Menciona Ribeiro que investigadores de Wisconsin encontraron que el maíz transgénico de ese estado, produjo menos que los híbridos en casi todos los casos analizados durante varios años. Los resultados coinciden con otros de diferentes universidades.

No obstante, el estudio sobre productividad de los transgénicos más amplio y detallado hasta el momento es el coordinado por el doctor Doug Gurian-Sherman, de la Unión de Científicos Comprometidos de Estados Unidos, donde se analizan 20 años de experimentación y 13 años de comercialización de maíz y soya transgénica en Estados Unidos, basado en cifras oficiales.

Este estudio demuestra que los transgénicos fueron marginales en el aumento de producción agrícola en Estados Unidos y, en cambio, otros enfoques con híbridos convencionales y con orgánicos, aumentaron realmente los rendimientos en las cifras totales del país.

En el caso de la soya, los transgénicos disminuyeron el rendimiento (dato que se repite en todas partes) mientras que en maíz tolerante a herbicidas no hubo aumento y en maíz insecticida con la toxina Bt, hubo un ligero aumento, en promedio de 0.2-0.3 por ciento anual, lo cual acumulado da 3-4 por ciento en los 13 años analizados. El aumento se registró sobre todo en zonas de ataques muy frecuentes de las plagas para la cual están manipulados, que mayormente no existen en México.

Además, hay que señalar que la tecnología en que se basa la producción de transgénicos es aún muy imprecisa y peligrosa; dicen los expertos que “para entender lo que se llama de manera impropia la biotecnología, que generalmente se efectúa con un cañón de genes, basta con tomar la imagen de Guillermo Tell, al que se le tapan los ojos antes de que lance una flecha contra un blanco: es imposible saber en que parte de la célula a la que se dirige va a aterrizar el gen bombardeado. Creo que la localización del gen explica la variabilidad en la expresión de la proteína” (citado por M. M. Robin en El mundo según Monsanto).

El caso de los productos trangénicos nos muestra cómo es que la práctica científica se ve condicionada, y frecuentemente distorsionada, por factores externos a la lógica y procedimientos propios de la ciencia. De tal manera que los intereses de las clases dominantes pueden imponerse por encima de los criterios de verdad establecidos por los métodos experimentales y teóricos de las ciencias. Y también por encima de los derechos de las otras clases y grupos sociales.

Los transgénicos producen menos, son más caros, conllevan riesgos de salud y ambientales y nunca son una opción más. Son un cultivo imperialista que contamina a los demás, por insectos o viento o el trasiego, silos y transportes. Estos productos generalmente deben cultivarse en asociación con algún pesticida, como el Roundup que es extremadamente tóxico y produce graves perturbaciones en el medio. En general, la introducción de organismos genéticamente modificados tienen efectos caóticos en el medio; es decir pueden provocar grandes cambios en todo el sistema ecológico (posiblemente catastróficos), como es el caso de la soya trangénica sembrada en Yucatán y que, según denuncian los productores de miel, ha tenido un efecto negativo en las abejas del lugar, lo cual ha dado lugar a una baja significativa en la producción.

México tiene muchas opciones no transgénicas usando semillas públicas para cubrir toda la producción de maíz y otros cultivos que requiere el país y aún más. El problema es qué intereses son los que se imponen y deciden el cultivo de transgénicos.