Política

Espejos invisibles

enero 27, 2012

Son evidentes los signos de intoxicación. Inocultables las conductas de la adicción. Tres cuartas partes de la sociedad mexicana viven, sometidas ¿inconscientes? a su dependencia de la cultura autoritaria. No se hallan con las exigencias democráticas. Añoran los viejos tiempos. Se encaminan hacia la pretendida reinstalación de un partido, en realidad de una ilusión, de un mundo que ya no existe. El autoengaño resulta un espectáculo maravilloso. Fascina ver, escuchar y promover a millones de personas no la espera, sino el regreso del "fantasma de Canterville" envuelto en chorizo verde de Toluca, o en la figura del Mesías Tropical o en la tecnocracia desabrida del joven Cordero.

Otra parte de esa mayoría ruega por el arribo de la mejor encarnación del pasado, el que consideran auténtico, el verdadero espíritu de nuestros antepasados los revolucionarios. Sus peticiones e invocaciones se dirigen al hombre inmaculado, al líder sin manchas, guía amorosa de la paz con justicia y dignidad. Los restantes pretenden conservar las cosas como están, no hacer movimientos bruscos, conservar, conservar sin revolucionar.

El problema no se reduce a las élites, sus intereses, sus propuestas. No es sólo un problema de los partidos. En realidad es la sociedad mexicana la que por comodidad pretende que los engaños de las ofertas políticas consigan cambiar una realidad que no le gusta, pero que tampoco quisiera que cambiara si eso significa molestias mayores y diferentes de la cotidianidad asumida desde hace por los menos 15 años.

La sociedad mexicana no toca fondo en sus crisis porque desde un estatus de humillación es difícil tomar consciencia de la realidad que se vive. Prefiere el autoengaño y vivir en la mentira antes de hacerse responsable de su propio futuro. Desea ser conducida por un pretty boy, por Mesías, por un fürer, por un ayatolá. Por alguien que le ahorre el esfuerzo de enfrentar el falso optimismo desbordado de un nuevo Salinas de Gortari o la fatalidad de una reedición de Felipe Calderón. Lo que sea, con tal que no la obliguen a salir del cascarón de los días interminables de la medianía, de la sobrevivencia, del Dios dirá.

Resulta deslumbrante observar y enterarse de los lamentos de las mayorías sobre la pérdida de los valores, de la falta de respeto a la convivencia, a los adultos, a las buenas costumbres. Todos se lamentan de la carencia pero jamás se les escucha decir lo que en sus hogares ya hicieron para remediarlo, de las propuestas que plantearon en las escuelas de sus hijos, de sus exigencias cotidianas para hacer efectivos esos valores como cemento de la convivencia y la solidaridad cotidiana en la calle, en el trabajo, en los centros de diversión.

Es lamentable el decir de algunos periodistas, intolerable por su posición líderes de opinión sobre los asuntos públicos. Tomo de ejemplo los comentarios de los periodistas del programa Tercer Grado. Que se caractericen por la trivialidad permanente de sus comentarios es menos importante a que banalicen los acontecimientos que por sus características y su impacto impactan y ayudan a modelar conductas públicas. Esto sucede a menudo y ahí radica el problema principal: desde el oráculo que es la televisión, es evadida la responsabilidad de enviar mensajes para autoconstruirnos un cambio en nuestras conductas y comportamientos, en nuestras actitudes y opiniones.

Los casos de Peña Nieto y su hija, de los comentarios de Kate del Castillo, del gentleman de Polanco, del ex jugador de futbol, ex portero del equipo Monterrey han mostrado que Televisa, tan importante en la modelación de conductas e implantación de valores, cede ante los intereses que esos periodistas defienden. Es cierto que se debe atajar la creación de estereotipos y los pseudo-análisis, psicologistas y sociologistas. Lo que resulta negativo es banalizar las situaciones y querer esconder las realidades cotidianas, más o menos ocultas de nuestra vida cotidiana.

Son igualmente detestables tanto las conductas del empresario como la actitud del valet-parking, los comentarios de la actriz de televisión como las conductas del ex jugador del Monterrey, sin olvidar los comentarios de la familia Peña Nieto. Y lo son porque nos ponen a la vista los problemas generados en la sociedad civil: la discriminación racial, el clasismo, la prepotencia de los poderosos. No se trata de conductas de los políticos o funcionarios públicos. Son comportamientos de integrantes de la sociedad civil, que revelan, eso sí, la vida cotidiana sin los valores que supuestamente se añoran.

"Vivimos una sociedad de la humillación. Humillación cotidiana, socialmente avalada, tan patente como invisible… La ventaja económica se convierte en un permiso para el atropello… Cualquier reparo es la insubordinación inaceptable de un infrahumano… se ha establecido entre nosotros un régimen de humillación que convierte en normal al atropello del rico, el insulto del acaudalado, el maltrato de quien tiene más. Uno tiene el derecho de vejar, los otros tienen el deber de aguantar la descarga de odio, de desprecio" (J. Silva-Herzog Márquez, Reforma, 16/I/2012). Son expresiones nítidas, junto con la violencia cotidiana, que no se trata de la violencia de Estado, sino de la violencia civil, de las formas en que la sociedad mexicana actúa. Son los espejos invisibles, o mejor, los espejos ocultados por nuestra ceguera, por nuestro afán de no aceptar la realidad de nuestras propias conductas. Y lo más paradójico y enloquecedor es que esta misma sociedad busque en el Estado autoritario las soluciones a problemas que generó el dominio del partido del régimen del partido único. Y que los periodistas "nacionales" pretendan culpar de estos problemas al Presidente de la República.

Pasará mucho tiempo antes de que como ciudadanos asumamos nuestras responsabilidades derivadas de nuestra servidumbre voluntaria al poder autoritario, a la guía mesiánica del líder iluminado o la político más popular, al proteccionismo de un Estado que por su conformación es ciego al desenvolvimiento de nuestra vida cotidiana, al florecimiento de nuevos valores y conductas que hacen que nuestros proyectos de vida valgan la pena vivirlos.

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