Política

La Dinastía Austrohúngara

enero 27, 2012

El palacio junto con el parque de un kilómetro cuadrado se conjugan en total unidad. El esposo de María Teresa ordenaría construir al interior de Schönbrunn un zoológico (el más antiguo del mundo) y un jardín botánico. Durante la primavera, los espacios cultivados con flores se extienden como extensas alfombras viventes. Cuenta con enormes bosques habitados por ardillas y laberintos de arbustos, así como un moderno campo de juegos infantiles. Magníficos el estanque con ruinas romanas, las fuentes y el invernadero de palmas, el más grande en su género en todo el continente. A lo alto de la colina, La Glorieta, monumento a la guerra equa y equilibrada, se yergue a modo de arco del triunfo, para dejar admirar los terrenos no sólo del palacio, sino del antiguo Imperio Austríaco, cuyos límites se pierden en la lejana bruma del horizonte. El patio de armas de Schönbrunn ha sido escenario de grandes acontecimientos históricos: vió desfilar al gran ejército de Napoleón I, acogió a los soberanos ruso, británico y austríaco durante el Congreso de Viena, al ejército de Hitler, así como a los presidentes Kennedy y Kruschev en 1961, que se reunieron en la Galería de los Espejos durante un crítico momento de la Guerra Fría.

Indiscutiblemente, la joya del palacio es la gran galería, con sus fastuosos 40 metros de largo, era utilizada para bailes y banquetes de gran envergadura. Y así se cuentan los salones chinescos, la capilla, la Sala de Napoleón I, que después de servir de cuarto nupcial fue dedicada a su único hijo, procreado con María Luisa de Austria, y quien vivió en la corte desde los dos años hasta su temprana muerte a los 21; corrieron los rumores de que este Duque de Reichstadt, era nada menos que el verdadero padre de Maximiliano I de Habsbrugo.

Maximiliano I de Habsburgo-Lorena, emperador de México

El archiduque y príncipe imperial Fernando Maximiliano vio la primera luz precisamente en el Palacio de Schönbrunn, el 6 de julio de 1832. Hermano dos años menor de Francisco José I, emperador de Austria, era por tanto el segundo en la línea de sucesión del imperio.

Siguió la carrera naval y fue gobernador de las provincias de Lombardía y Véneto, cargos que le fueron concedidos por su hermano ante las presiones de Leopoldo I de Bélgica, padre de Carlota, su esposa, con quien vivía en el Castillo de Miramar (erguido una punta de terreno; mira de hecho hacia el Mar Adriático, en la actual ciudad de Trieste, Italia; (fue mandado a construir por el propio Maximiliano y hoy es un museo histórico que conserva el lujoso mobiliario y arreglo original, incluyendo 7 mil volumenes de la biblioteca que atestigua los vastos intereses del emperador). Sin embargo, dichas regiones que entonces formaban parte del imperio austríaco fueron eventualmente perdidas tras la unificación de Italia. Maximiliano se retiró de la vida pública para dedicarse a viajar y a estudiar botánica, arte, literatura, filosofía e historia de Europa, que después de todo, era la historia de su propia familia. Era políglota, hablaba inglés, francés, italiano, polaco, húngaro y checo.

Evidentemente aprendió a hablar español más tarde, al convertirse en el segundo emperador de México. El 3 de octubre de 1863 se presentó en Miramar una delegación mexicana del Partido Conservador, para ofrecer la corona a Maximiliano, candidato apoyado por Napoleón III de Francia, para restaurar este tradicional sistema de gobierno después de la derrota republicana. El llamado de auxilio dirigido hacia Francia por parte de los terrratenientes que tenían acorraladas a las fuerzas de Juárez fue la oportunidad de toda Europa para mantener un control sobre territorio mexicano, para el pesar de los Estados Unidos.

Tal vez inspirado en sus ideales y el recuerdo americano de su primera prometida (Amalia de Portugal hija de Pedro I de Brasil), Maximiliano renunció a sus derechos por la corona de Austria y zarpó hacia la nueva aventura mexicana. En el libro Recuerdos de un Viaje refleja sus conceptos medievales acerca del gobierno, inspirados en el derecho divino de los reyes; con la mente puesta tal vez en las cegadoras bellezas palaciegas de su natal Austria, aceptó un trono bajo el cual bullía, en cambio, el inevitable nacimiento de una gran república.

A sus 32 años arribó junto con Carlota al puerto de Veracruz, a bordo de la fragata Novara, de la marina austriaca, bajo el ondeante estandarte del Imperio Mexicano, el 28 de mayo de 1864. Una vez en la ciudad de México, se instaló en el austero y gris Castillo de Chapultepec para improvisar la corte más cara que cualquier gobierno establecido en México, hasta entonces; mandó traer mobiliario de Europa y ordenó construir un bulevar que conectara al castillo con el centro de la ciudad, lo llamó Paseo de la Emperatriz, hoy Paseo de la Reforma. De manera súbita se sintió cautivado por la gente y la belleza del país. Ante la imposibilidad de tener descendencia, la pareja adoptó a dos nietos del primer emperador Agustín de Iturbide.

Pero en la cúspide de sus ilusiones, Maximiliano se vió envuelto en una enorme encrucijada sin salida, estaba comprometido con Napoleón III a seguir una política liberal en relación con la Iglesia, se vio obligado a hacer suyos los aspectos fundamentales de la Reforma contra lo que esperaban los conservadores y el clero. La avalancha reformista no se pudo parar, pues cualquier estado que se detenga corre el riesgo de perecer. Además, las exhaustas arcas francesas no pudieron mantener las tropas en respaldo al nuevo imperio de México, por lo que Napoleón III retiró sus apoyos dos años antes del plazo fijado en el tratado de Miramar. Para evitar que Maximiliano se decidiera a abdicar, la emperatriz Carlota partió valientemente hacia Europa. Con intenciones de rescatar la empresa, abogó ante Napoleón pero dada la negativa de éste, pretendía contar con la ayuda del Papa, corría el año de 1866. Y fue cuando la locura la sorprendió. Tal vez el gran desastre que se avicinaba para su corona fue más fuerte que ella; o tal vez fue el teyhuinti, una seta que se dice habría ingerido por consejo de una herbolaria partidaria de Juárez, como falso remedio para concebir. Fue rescatada por uno de sus hermanos y recluida primeramente en Miramar, y luego en los castillos de Bélgica.

En un intento por salir a flote, el imperio decadente dio “las últimas patadas”, tratando de recuperar tierras con apoyo de los generales Miramón y Márquez, antiguos jefes conservadores. Finalmente acorralado en la última plaza, la de Querétaro, y ante las noticias de los asaltos de las fuerzas republicanas, Maximiliano, con la esperanza de que le permitieran regresar a Europa, entregó su posición. Fue preso y juzgado por un consejo de guerra, posteriormente sentenciado a muerte por fusilamiento junto con sus generales, disposición que se cumplió inexorablemente a pesar de la solicitud de clemencia de la nobleza europea. En el Cerro de las Campanas, el 19 de junio de 1867, Maximiliano gritó al morir “Viva México”. Algunos autores consideran que Maximiliano murió como verdadero héroe mexicano y su único pecado fue querer llevar a su nueva patria hacia una era de paz y prosperidad. Dos meses después de su muerte, la misma embarcación que lo trajo a nuestra tierra regresó por el infortunado cuerpo, para llevarlo a reposar a la cripta imperial de la Iglesia de los Capuchinos en Viena, donde reposa como único miembro “mexicano” de la realeza austríaca.

Carlota murió 60 años después en 1927, sin haber recobrado jamás la razón; su mente siguó fraguando historias fantásticas mientras creía que su esposo seguía en México y lo personificaba en una muñeca a la que llamaba cariñosamente Max.

*Fundacrover AC Italia