Política

Plaguicidas y salud

enero 11, 2012

Lo sepamos o no lo sepamos, los plaguicidas son parte de nuestra vida diaria. Generalmente creemos que sólo se usan para proteger los cultivos o controlar a los insectos vectores de enfermedades como dengue o paludismo; sin embargo, un breve análisis demuestra que la variedad actual de usos de los plaguicidas es tan amplia que tocan prácticamente cada momento de nuestra vida, desde la concepción hasta la muerte.

De hecho, en este momento no hay nadie, en ningún país, que esté a salvo de la exposición directa o indirecta a los plaguicidas y, por lo tanto, de sufrir los efectos adversos asociados con ella, los cuales no todos ocurren de inmediato ni forzosamente conducirán al hospital o al cementerio pues, en general, causan síntomas ambiguos, de difícil diagnóstico y enfermedades de lento desarrollo, de lo cual hay suficientes pruebas científicas.

En términos generales, los efectos de los plaguicidas se pueden agrupar en intoxicaciones agudas masivas, intoxicaciones agudas individuales, intoxicaciones crónicas de los trabajadores e intoxicaciones crónicas de la población general, a las cuales se deben agregar las intoxicaciones leves, que usualmente pasan desapercibidas por el afectado, quien fácilmente las confunde con resfriados o problemas menores de salud y las llega a aceptar como parte de su vida o consecuencia natural de su trabajo, sin darse cuenta de los daños que podrá resentir a largo plazo. Cada uno de estos casos tiene una repercusión diferente en las comunidades y personas afectadas directamente y en las que lo son de manera indirecta.

Desde luego, los trabajadores agrícolas, sus familias y los habitantes de las zonas rurales son los principales grupos expuestos y sus riesgos aumentan por la desnutrición, el parasitismo y otros problemas de salud debilitantes o crónicos que predominan en muchas zonas rurales y que, en gran medida, derivan del bajo poder económico, político, social y cultural de estos grupos, lo que les impide defenderse de manera eficaz, exigir información clara y suficiente sobre estos riesgos, así como mejores condiciones de trabajo.

En general, en las zonas urbanas estos problemas no se conocen o no se les da importancia, ya que los medios masivos sólo difunden los casos realmente graves. Por esto, las poblaciones urbanas desconocen las repercusiones indeseables en la salud pública y la economía de la exposición a los plaguicidas y no falta quien opine que no son dañinos y que, en cambio, han sido muy útiles para la humanidad, como afirman los fabricantes.

Una consecuencia es que en la mayoría de los países en desarrollo, como México, no existen datos actuales sobre la magnitud e importancia de estos efectos o los que existen no son confiables. Por ejemplo, en México, aunque los médicos deben reportar a la autoridad de salud las intoxicaciones por plaguicidas, no lo hacen porque su formación profesional no incluye herramientas para diagnosticar estos casos, en especial, los crónicos y los leves; como resultado, nuestras estadísticas de salud están muy lejos de reflejar la realidad.

De hecho, en algunos estados en los cuales el uso de plaguicidas es elevado –como Veracruz, que ocupa al menos el sexto lugar en el país en este rubro– no es remoto que, en términos de población afectada y daños económicos, estos problemas sean por lo menos tan importantes como los debidos a las enfermedades transmisibles, las que sí reciben atención oficial.

Así, en medio de nuestros problemas cotidianos actuales, éste de los plaguicidas preocupa a muy pocos, se discute menos y a veces se piensa que quienes lo denuncian son ignorantes, alarmistas o antiprogresistas.

Considerando las cantidades crecientes de plaguicidas que se utilizan en el país, su amplia disponibilidad, la variedad de sus usos, el tipo y número de individuos expuestos a ellos directamente, las condiciones inadecuadas, por no decir precarias, en que se usan, las características de sus efectos agudos y crónicos y la falta de capacidad de diagnóstico y tratamiento de las intoxicaciones por esta causa, sobre todo en las zonas rurales, es sorprendente la muy baja prioridad que los gobiernos le han asignado a evaluar y prevenir este problema, la escasez, baja confiabilidad y fragmentación de los datos disponibles y la falta de estudios específicos para establecer la magnitud del problema y su impacto negativo sobre la salud pública y la economía, todo lo cual debería tener prioridad si las declaraciones oficiales de preocupación por la salud tuvieran alguna relación con la realidad.

Por otra parte, estas sustancias también afectan muy negativamente la estabilidad del ambiente, causan daños diversos a la flora y la fauna, reducen la productividad de los suelos, contaminan las aguas y generan muchos otros problemas, todos comprobados; sin embargo, aunque sus ampliamente documentados efectos negativos sobre la salud no han logrado movilizar a las autoridades, los daños al ambiente de plano no son motivo de preocupación ni de investigación en México.

Así, es fácil documentar que este tema no es prioritario para los investigadores de la gran mayoría de los institutos de investigación especializados en asuntos ambientales, ni es considerado importante por sus consejos académicos para apoyarlo, quizá porque en las evaluaciones de productividad genera pocos puntos que aumenten los ingresos de los investigadores o el prestigio de los institutos.

Igualmente es fácil comprobar que la información que reciben los estudiantes en las facultades de medicina, veterinaria, agronomía y biología del país, por mencionar sólo algunas, en el mejor de los casos es escasa y, con mucha frecuencia, definitivamente nula.

Si ésta es la situación en el medio académico no debería extrañarnos la ignorancia y desidia oficiales y la baja preocupación social al respecto, por lo que, como en tantos otros asuntos relacionados con las sustancias tóxicas, a nosotros, como consumidores y expuestos potenciales, nos toca informarnos y protegernos, ya que nadie lo va a hacer por nosotros, en vista de que nadie lo hace por los aplicadores o sus familias, cuya exposición y riesgos son más que notorios.