Política

La moral de los matones

noviembre 07, 2011

En el Rojo Bistrot, mi comedero favorito, en pleno Día de Muertos, conversan un viejo sesentón de manos callosas y un joven treintañero casi calvo. Los dos hombres son oriundos de Guerrero: el viejo, de un barrio incrustado en el Filo Mayor de la Sierra de Atoyac; el joven, de una ranchería de la Costa Chica. Hablan del método expedito y decisivo para dirimir las desavenencias que siempre ha distinguido a los guerrerenses: la muerte a balazos, sea en duelos espontáneos al calor de las ofensas de cantina, o venadeando a la víctima en emboscadas con todas las agravantes de la ley: premeditación, alevosía y ventaja, a las que suelen recurrir los matones profesionales al servicio de los caciques y los amorosos agraviados. En cualquiera de los dos escenarios el respeto a la dignidad del difunto es un asunto de la mayor importancia: nada de descuartizamientos, decapitaciones, ni de torturas humillantes.

Tomo nota de lo que dice el viejo: “Cuidar el aspecto de los muertos sirve para exorcizar los remordimientos, de quienes los hayan matado y de sus deudos. Los muertos deben transitar los caminos de la muerte en santa paz, independientemente de cuál sea su destino final: el Cielo, el Infierno, el Purgatorio o pudrirse en la barriga fría y oscura de la Tierra. Para que ello suceda es imprescindible que sus parientes y amigos lo recuerden con cariño, sin defectos, por las cosas buenas que haya hecho; que recen, coman, beban y se diviertan ante su cadáver por el descanso de su alma; que lo vistan con las ropitas que más le gustaban y lo acicalen de tal modo que no parezca muerto; que se vea como sumergido en un sueño profundo y placentero, sonriendo santurronamente, como gozando ya los deleites del Paraíso. Luego entonces, al matarlos, es obligado no desfigurarles la cara ni desmembrarlos, procurar que mueran íntegros, de uno o dos balazos bien puestos en el cogote o en el corazón. También es importante asegurarse de que sus ojos apagados miren hacia la inmensidad del firmamento; que los tibios cuerpos inertes no queden embrocados sobre la tierra o la hierba pegajosa de sangre, porque cuando eso sucede el matón no encuentra sosiego ni en los labios jugosos de una mujer y retorna al terreno de los hechos para remediar su falta, aunque se exponga a que lo descubran y a que los parientes del difunto le apliquen la ley del talión. Aún en tierra de matones, matar no es nomás jalar el gatillo rápido cual relámpago, o agazapado tras el tronco de un árbol. Matar es un compromiso solemne con la vida posterior a la muerte. A menos que no nos importe vivir y morir en santa paz, sin remordimientos ni penas irremediables”.

El viejo calla. Engulle casi sin masticar un buen trozo de camarón de su risotto verde. Luego se empina una copa de vino tinto hasta vaciarla en su garganta. Las venas de sus manos se han hinchado como mangueras de jardinero. Sus labios resecos se funden en el movimiento silencioso de sus mandíbulas. El treintañero se hace de la palabra. Plasmo lo que discurre en mi libretita de notas: “Carajo, zanca. Has traído a mi memoria unos versos de Jaime Sabines, que embonan súper bien con tu rollazo. Aquí van, tal cual me acuerdo:

¡Qué costumbre tan salvaje esa de enterrar a los muertos!, ¡de matarlos, de aniquilarlos, de borrarlos de la faz de la tierra! Es tratarlos alevosamente, es negarles la posibilidad de revivir. Yo siempre estoy esperando que los muertos se levanten, que rompan el ataúd y digan alegremente: ¿por qué lloras?

Por eso me sobrecoge el entierro. Aseguran las tapas de la caja, la introducen, le ponen lajas encima, y luego tierra, tras, tras, tras, paletada tras paletada, terrones, polvo, piedras, apisonando, amacizando, ahí te quedas, de aquí ya no sales.

Me dan risa, luego, las coronas, las flores, el llanto, los besos derramados. Es una burla: ¿para qué lo enterraron?, ¿por qué no lo dejaron fuera hasta que nos hablaran sus huesos de su muerte? Habría que tener una casa de reposo para los muertos, ventilada, limpia, con música y agua corriente. Lo menos dos o tres, cada día, se levantarían a vivir.

¿Qué te parece, zanca, el gran poeta del amor y de la muerte? ¿Qué versos haría ahora con tantísimo decapitado, descuartizado, pozoleado y torturado? Allá, en mi ranchería, siempre hubo matones… Y quedan algunos todavía, con el cuero lleno de cicatrices, cojos, tuertos, tumbados en sus hamacas, con sus escopetas que disparan cartuchos de 12 perdigones terciadas sobre el pecho y tres o cuatro cajas de parque encima de la barriga. Al oírte hablar y al recordar los versos de Jaime Sabines, he pensado que estos viejos matones de mi pueblo ya no esperan que alguien contrate sus servicios, porque ni siquiera queda a quien matar. Están prestos para el combate, por aquello de que reviva alguno de sus muertos y se aparezca en cualquier momento con los ojos llameantes de rabia, listo para la venganza”.

Guardé mi libreta, pagué la cuenta y me enfilé a ver morir la tarde.

saul-1950@hotmail.com