Política

¿Quiere ser doctor?, piénselo dos veces

noviembre 07, 2011

El doctorado lo inventó hace más de doscientos años Wilhelm von Humboldt, el hermano de Alexander, y por eso la Universidad Libre de Berlín lleva su nombre. Se inspiró en el modelo del taller medieval –que sobrevive hasta ahora– donde los artesanos maestros se forman en el trabajo diario.

Quien aspira a doctor no sólo quiere saber un poco más de su área, sino que pretende volverse un creador de nuevas ideas, un descubridor de realidades, un inventor de explicaciones. El grado de doctor no lo debe dar un saber enciclopédico, sino la creatividad intelectual.

El estudiante de doctorado debe vivir entre la crítica académica. Critica él a sus colegas, a sus profesores, a los autores que lee, y es sujeto de la revisión rigurosa de sus pares. No puede ser doctorante en una situación de privilegio o de marginación. No puede adoptar una posición conformista ni de autoridad devengada de otra fuente que no sea el saber y el saber hacer. También debe entender que un doctorado no se ostenta hasta que no se defiende convincentemente una tesis, que por lo demás deberá ser una verdadera contribución al conocimiento.

En la web hay un sinnúmero de sitios que a vuelta de email otorgan un papel que acredita como doctor. Por las calles de Xalapa abundan espectaculares de universidades privadas que anuncian doctorados, pero la mayoría lo que ofrece son cursos a destajo; garantizan que el estudiante aprenderá a resolver exámenes y a armar documentos bajados de Internet, pero no que en un tiempo razonable sus egresados serán investigadores exitosos, que es lo que a últimas califica a un programa doctoral.

También hay quienes coleccionan grados de doctor en diversos campos. Se valdría, si en cada uno de ellos se convirtieran en investigadores de alta creatividad; de otra manera se vuelven acumuladores de diplomas y no de resultados propios.

Por otra parte, entre quienes intentaron formalizar sus estudios de doctorado y por alguna razón no lo lograron, asoma la tentación de hacerse llamar doctores: José Córdoba Montoya fue el falso doctor del Salinato y Fausto Alzati del Zedillismo; Fidel Herrera, aprovechando que le sobraban amanuenses, durante su sexenio como gobernador obtuvo la maestría y el doctorado. En cambio, los verdaderos estadistas les dejan los títulos y grados a los académicos. No se le ha ocurrido doctorarse a Luiz Inácio “Lula” da Silva, que no tiene títulos universitarios pues de origen es obrero, ni a Felipe González, abogado litigante en sus inicios profesionales. Pero es probable que se le ocurra a Hugo Chávez, y es costumbre más o menos común entre los gobernantes africanos doctorarse en las universidades que dependen de sus gobiernos.

Recordemos el caso Alzati, ocurrido hace 17 años. En diciembre de 1994 el diario Reforma sacó a la luz que Alzati sólo había concluido la maestría aunque se firmaba como doctor. Después vino la devaluación y con ella la sospecha de que los doctorados en el extranjero sirven para dos cosas. El asombro creció cuando el propio Alzati confesó no haber obtenido la licenciatura (aunque sí la maestría), y en su defensa osó compararse con dos exsecretarios de renombre: Torres Bodet y Vasconcelos. Finalmente salió de la SEP con la cola entre las piernas. No le valió haber encabezado en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) –entre 1988 y 1994– una administración exitosa que impulsó la descentralización de la actividad científica y disminuyó el gasto administrativo de 49 a 5 por ciento del presupuesto.

En suma, si usted no tiene aspiraciones reales para convertirse en investigador; si además la escuela donde se va a inscribir no tiene un grupo de investigadores sólido con los que usted aprendería el oficio como lo hacen desde el medioevo los artesanos; si le urge más un buen salario que una perturbadora y crítica capacidad intelectual, mejor no se meta a estudiar un doctorado, y si no lo tiene tampoco ande engañando, como Alzati, ni se aproveche del cargo público para conseguir uno a la facilita. Pero si ya tiene uno intente producir intensamente en ese campo antes de meterse en otro.

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