Política

La Caravana por la Paz, en Xalapa

septiembre 21, 2011

El pasado domingo 18 viví uno de los momentos más emocionantes y aleccionadores de mi vida, semejante a los que experimenté en febrero de 2006, en un punto al suroeste de Argelia, en el desierto del Sahara, durante una visita al hospital de mutilados de guerra saharauis, ex combatientes por la liberación de su patria ocupada; parecido también a lo que sentí en lo más hondo el 11 de septiembre de 1988, cuando fui parte, en Motzorongo, Veracruz, del numeroso cortejo fúnebre que llevó el cadáver acribillado de mi amigo Inocencio Romero Juárez a una tumba que él, que amaba profundamente a México, a juzgar por sus hechos, no quería ocupar tan prematuramente (las balas disparadas por una mano homicida, pagada, muy probablemente, por un cacique lugareño a quien el gobierno estatal de aquellos años no quiso investigar jamás, lo echaron de este mundo para evitar su inminente triunfo como candidato a la presidencia municipal de Tezonapa, a sus 48 años de edad).

La plaza Lerdo de la capital veracruzana bullía, desde las primeras horas de la tarde, de gente de todas las edades dispuesta a aguardar la caravana que venía de Coatzacoalcos y antes, desde el extremo sur de México. A eso de las 19 horas llegó el contingente por el oriente de la ciudad y alcanzó la plaza por la calle de Enríquez. Creció la expectación de todos. Jóvenes danzantes, vestidos a la usanza azteca e instalados en la plancha desde horas atrás, comenzaron a recrear un baile autóctono mientras uno de ellos hacía sonar un caracol una y otra vez en señal de bienvenida a los viajeros.

Los principales subieron al templete que se había erigido para la memorable ocasión. Para entonces la Lerdo y sus calles circundantes estaban llenas a reventar. Serían alrededor de las 19 y 15 horas cuando algunos organizadores locales del evento –Octavio Hernández Lara, ex director del Movimiento de Apoyo a los Niños Trabajadores y de la Calle, y la compañera Eugenia Urquieta– pronunciaron sendos discursos de bienvenida, muy emotivos. Allí estaban Emilio Álvarez Icaza, ex presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal, ondeando una bandera nacional; Javier Sicilia, tocado de su característico sombrero de fieltro café con visera un poco doblada hacia el frente, chaleco de excursionista, chamarra también café sobrepuesta a la espalda, pantalones de mezclilla y algunas hojas de papel en la diestra; Julián LeBarón, vestido y tocado naturalmente a la norteña, portando una bandera blanca como símbolo de la paz; y muchos otros a quienes no pude identificar, ciudadanos convertidos, casi todos, en líderes inesperados, surgidos de un dolor inconmensurable, incesante, mitigado sólo por el hecho de saber que no son los únicos a quienes la descomposición social y la impunidad que se enseñorea en casi todo nuestro país les ha arrebatado injusta, violenta, inesperadamente a un ser entrañable, único e irrepetible a quien llamaban padre, hijo, hermano. E impulsados también, eso creo, por su fe, por su amor a la patria.

Y vino luego la danza de las denuncias espeluznantes relatadas de viva voz por los deudos de las víctimas, transmutados por el sufrimiento y el ansia de justicia en oradores contundentes e implacables a quienes escuchábamos en silencio, con profundo respeto, y a quienes algunos, quizá muchos, como yo, también atendíamos con la garganta atenazada por una garra invisible que nos dificultaba la deglución de la saliva; lo que no nos impedía interrumpir a veces al denunciante para gritar: “¡No están solos! ¡No están solos! ¡No están solos!”, convencidos de que sólo ampliando nuestras conciencias y uniéndonos y organizándonos podemos echar abajo el tobogán de la muerte que ha construido el gobierno federal y al que apuntalan muchos gobiernos estatales, los cuales fueron desnudados y expuestas sus miserias al veredicto público: son, por regla general –así se desprende de cada testimonio–, organismos insensibles, incompetentes y corrompidos hasta el tuétano, no hay duda: sólo les interesa conservar el poder o conquistar otro mayor; les tiene sin cuidado el futuro del pueblo; abandonan a su suerte a las víctimas y a sus deudos a quienes les hacen dar vueltas una y otra vez para hablarles de avances en las pesquisas que jamás se verifican, con la infame previsión de que temprano o tarde se cansarán y desistirán de reclamar el esclarecimiento de los crímenes y la aplicación de la justicia; torturan y ejecutan –Remember El Lencero– a personas trabajadoras e inocentes atribuyéndoles, sin rubor alguno, ligas con la llamada delincuencia organizada; etcétera, etcétera.

Al oír a algunos deudos decir que derraman día y noche abundantes lágrimas por sus seres queridos asesinados o desaparecidos, pero que han decidido unirse al Movimiento por la Paz que encabeza Javier Sicilia que sostiene, junto con otros, que el miedo y la desesperanza deben hacerse a un lado con el fin de trabajar para instaurar la paz en nuestro pueblo martirizado, me vienen a la mente las palabras ad hoc de Su Santidad, el XIV Dalai Lama, en el Teatro Metropólitan de la ciudad de México, en ocasión de su reciente visita a nuestro país, el pasado día 10: “Hay dos tipos de miedos, el que se justifica y el que está sólo en la mente. Ante el justificado, cuando hay peligro, hay que tener más cautela, tomar medidas, es decir, transformar la emoción del miedo en una acción para protegerse […] El otro miedo, el que sólo está en la mente, puede estudiarse para conseguir liberarse de él”.

El evento del pasado domingo por la noche en la plaza Lerdo fue como una tromba que se abatió en Xalapa sobre las conciencias de los hombres y mujeres de buena voluntad que abundan en la tierra mexicana. Fue una advertencia a los gobiernos insensibles. Fue una poderosa motivación a actuar unidos por una patria donde reine la paz con justicia y dignidad.

Xalapa, Ver., a 20 de septiembre de 2011