Política

El diablo se muerde la cola: pagar por contaminar

noviembre 30, 2010

Por eso cuando le piden al estado,

le están pidiendo al estado del capital

que no se comporte como estado del capital.

Todavía más descarnadamente dicho:

le están pidiendo al capital que no sea capital.

Ángel Caraveo Orueta

Aseverar que la humanidad todavía no abandona la prehistoria significa que aún no hemos sido capaces de dirigir nuestra historia en un sentido determinado; aún no aprendemos cabalmente la naturaleza de las determinaciones que configuran al ser social. En particular, afirma Ángel Caraveo: “la sociedad burguesa no es otra cosa que juego de las formas. Su complejidad se expresa en que naturalmente produce formas... Y esa es la oscuridad del momento”. (A. Caraveo Orueta: Lo que no ha sabido el hombre, Edición del autor. México, 2008)

Es necesario, entonces, trascender esa oscuridad mediante la reflexión –en el sentido hegeliano– y así transitar de la representación al concepto, del fenómeno a la esencia. Esfuerzo intelectual, teórico, necesario para comprender la circunstancia presente, siempre velada bajo el manto ideológico con el cual la clase dominante pretende ocultar sus verdaderos intereses.

Particular atención merece el fenómeno del cambio climático, tema central de la 16ª Conferencia de las Partes de Cambio Climático (COP 16) que se celebra en Cancún, del 29 de noviembre al 10 de diciembre. Curiosa ironía: la más importante reunión internacional sobre medio ambiente se efectuará en un país ambientalmente devastado, y en una ciudad que ejemplifica todo lo que no hay que hacer para cuidar la ecología. Con regulaciones ambientales débiles y autoridades gubernamentales corruptas, con tratados comerciales –que como parte de las ventajas comparativas ofrecen la destrucción impune del ambiente–, los grandes consorcios multinacionales tienen licencia para devastar. La entrada de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2004 dejó a México sin su principal ventaja comparativa para atraer capitales: la oferta de mano de obra barata. En los hechos, y sin declararlo públicamente, el gobierno ha ofrecido a las grandes trasnacionales una desregulación ambiental absoluta, un cerrar los ojos ante la violación de las leyes ecológicas existentes. Ha profundizado así una tendencia ya presente en el territorio nacional desde la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio para América del Norte (TLCAN) en 1994.

Es decir, en nuestro país las leyes ambientales son letra muerta cuando de abrir las puertas al capital trasnacional se trata. Empero, tal situación es extensiva al mundo entero, pues el capitalismo –modo de producción predominante en el planeta– se caracteriza por ser un sistema que se extiende, y se reproduce, como si fuera un cáncer, devorándolo todo, devastándolo todo, comenzando por la vida misma de los trabajadores asalariados. La reproducción y acumulación de capital, base funcional del capitalismo, debe extenderse indefinidamente en el espacio y en el tiempo. Lo cual tiene como consecuencia, advertida desde los tiempos de Marx, que el capital, para soslayar las crisis y mantenerse como tal, esté en búsqueda permanente de nuevos nichos para su reproducción.

Esta expansión continua del capital y el modo de vida que le es consustancial –irracional, consumista y depredador– es lo que explica, en última instancia, el fenómeno del calentamiento global y el consecuente cambio climático, según han concluido numerosos especialistas, como Silvia Ribeiro, del Grupo ETC. Pero el juego de las formas, generado por los capitanes del mercantilismo, de pronto hace creer que son los artefactos y procesos tecnológicos, en sí mismos, los causantes del cambio climático; o que los ciudadanos de a pie somos los “culpables” del calentamiento global y la devastación ambiental, pues viajamos en automóvil y hacemos uso de bolsas de plástico contaminando el ambiente; sin mencionar que las corporaciones fabricantes de automóviles no tan sólo gastan millones de dólares en sus campañas comerciales, sino que también gastan cantidades mayores para influir en los políticos responsables de la planificación y del diseño urbanos, y en las instancias encargadas de ordenar y regular los medios de transporte. Y que son las grandes cadenas de tiendas de autoservicio las principales distribuidoras de bolsas de plástico cuyo costo, por cierto, siempre ha corrido a cargo del consumidor.

En los últimos años el capital ha descubierto un nuevo nicho y se ha instalado en él: la contaminación misma. Y en un acto de ilusionismo, que rinde grandes beneficios, ahora se compran y se venden los derechos de contaminación. ¿El diablo mordiéndose la cola?

Los derechos de contaminación, como los “bonos de carbono”, son una mercancía de gran venta en los mercados financieros. Hoy, en México, éste es uno de los principales productos de importación. ¿Cómo funciona este comercio? La idea es simple: si según las leyes europeas o japonesas se tienen que reducir las emisiones de gases, y si los países industrializados no quieren pagar los costos que ello implica, ¿por qué no hacer reducciones donde es más barato, en países como China o México? Entonces las industrias de esos países pueden ganar dinero vendiendo las reducciones al mejor postor.

Bancos privados, BNP Paribas, Credit Suisse, junto con intermediarios y comercializadores como Cargill, AgCert y Gazprom Marketing and Trading, compran los derechos de contaminación de México para especular y venderlos a terceros ¿Y por qué no? Los precios son volátiles y se puede ganar mucho dinero. Y si el mercado global de derechos de contaminación por gases de efecto invernadero se vuelve tan grande como algunos prevén –billones de dólares–, nadie en Wall Street u otros centros financieros puede darse el lujo de quedar fuera. (Larry Lohman: “Hacia Cancún: la nueva exportación mexicana”. La Jornada, 25/11/10)

Para hacer claro el funcionamiento de este mercado, tomaré el ejemplo de los “bonos de carbono”. Los bonos de carbono son un mecanismo internacional de descontaminación para reducir las emisiones contaminantes al medio ambiente; es uno de los tres mecanismos propuestos en el Protocolo de Kyoto para la reducción de emisiones causantes del calentamiento global o efecto invernadero (GEI o gases de efecto invernadero).

El sistema ofrece incentivos económicos para que empresas privadas contribuyan a la mejora de la calidad ambiental y se consiga regular la emisión generada por sus procesos productivos, considerando el derecho a emitir dióxido de carbono (CO2) como un bien canjeable y con un precio establecido en el mercado. La transacción de los bonos de carbono –un bono de carbono representa el derecho a emitir una tonelada de dióxido de carbono– permite mitigar la generación de gases invernadero, beneficiando a las empresas que no emiten o disminuyen la emisión y haciendo pagar a las que emiten más de lo permitido.

Las reducciones de emisiones de GEI se miden en toneladas de CO2 equivalente, y se traducen en Certificados de Emisiones Reducidas (CER). Un CER equivale a una tonelada de CO2 que se deja de emitir a la atmósfera, y puede ser vendido en el mercado de carbono a países industrializados. Los tipos de proyecto que pueden aplicar a una certificación son, por ejemplo, generación de energía renovable, mejoramiento de eficiencia energética de procesos, forestación, limpieza de lagos y ríos, etcétera.

En un esfuerzo por reducir las emisiones que provocan el cambio climático en el planeta, como el calentamiento global o efecto invernadero, los principales países industrializados –a excepción de Estados Unidos– han establecido un acuerdo que establece metas cuantificadas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para el 2012: el Protocolo de Kyoto. Para cumplir se están financiando proyectos de captura o abatimiento de estos gases en países en vías de desarrollo, acreditando tales disminuciones y considerándolas como si hubiesen sido hechas en su territorio.

¿Quién se beneficia en México? Bueno, si se tiene una industria sucia, habrá muchas emisiones por reducir y se puede ganar mucho dinero. No es sorprendente, pues, que más de dos docenas de gigantescas granjas porcícolas operadas por Granjas Carroll de México, subsidiaria de la estadounidense Smithfield Farms, obtengan ingresos extras capturando y quemando el metano que despide el excremento de cerdos. Y como el metano es un gas de efecto invernadero mucho más peligroso que el dióxido de carbono, quemar una sola tonelada de él en Puebla o Veracruz significa que se pueden vender derechos para emitir 20 toneladas de CO2 en Europa.

Si un empresario produce una sustancia que es un gas de efecto invernadero aún más potente, tanto él como los consultores que contrate en Estados Unidos, Europa o Japón pueden ganar todavía más dinero. Ahí está Quimobásicos de Nuevo León, el mayor exportador mexicano de derechos de contaminación. Con sólo destruir unos cuantos miles de toneladas de un gas llamado HFC-23, que se obtiene como producto secundario, Quimobásicos se dispone a vender derechos de contaminación por más de 30 millones de toneladas de bióxido de carbono a Goldman Sachs, EcoSecurities y la generadora japonesa de energía eléctrica J-Power. El costo para la empresa es de unos tres pesos por tonelada de CO2 equivalente, el cual, a precios actuales, puede vender por arriba de 200 pesos la tonelada. (L. Lohmann, artículo citado)

Sin embargo, los críticos del sistema de venta de bonos o permisos de emisión, argumentan que la implementación de estos mecanismos tendientes a reducir las emisiones de CO2 no tendrá el efecto deseado de reducir la concentración de CO2 en la atmósfera, como tampoco de reducir o retardar la subida de la temperatura. Según algunos estudios, la implantación del Tratado de Kyoto cumplido por todos los países del mundo, incluido los Estados Unidos, causará una reducción de 28 partes por millón (ppm) para 2050, o reducirá la temperatura predicha para ese año en 0,06ºC o, si no, retrasará la fecha en que debería cumplirse el aumento dicho en 16 años.

Juego de formas, solamente, con ganancias nada despreciables. Juego de las formas que, probablemente, seguirá entreteniendo a los delegados en la COP 16. En tanto el planeta rueda hacia el abismo de la devastación ambiental y la aniquilación de la vida.