Política

La revolución sin causas

noviembre 28, 2010

Nuevamente surgieron en los festejos centenarios los héroes de cartón, las imágenes de los próceres aisladas de las causas por las que lucharon, cuidadosamente esterilizadas para evitar el contagio social que podrían significar sus peligrosas ideas. La Revolución como nuevo episodio de una telenovela y la figura de sus hombres más notables, degradada a la de una especie de roqueros, baladistas o malos actores de una película de Hollywood. De la auténtica Revolución Mexicana ¡ni su rastro! Nada de la vida y sufrimientos del pueblo durante el porfiriato; de la difícil situación económica o la inseguridad social; de la imperante paz de los sepulcros; de las demandas de obreros, campesinos, etcétera, ¡nada! Y es que eso puede ocasionar reflexiones peligrosas, comparaciones inoportunas. Así se festejó oficialmente el primer centenario de ese importante hecho histórico, con mentiras remangadas.

Lo sucedido era de esperarse y debió preverse. ¿A quien se le ocurre dejar la celebración de la Revolución, precisamente en manos de su peor enemigo: El actual gobierno conservador del PAN? La izquierda del país debió haber exigido, en todo caso, la constitución de un comité nacional que se hiciera cargo del programa respectivo.

El mal está hecho, pero vale la pena hacer de inmediato algunas reflexiones sobre lo sucedido, porque muchos, encontraron en tales festejos la oportunidad para despotricar sobre ese movimiento social y negar sus valiosas aportaciones al avance de la sociedad mexicana. Así, por ejemplo, los llamados “intelectuales orgánicos”, aprovecharon el momento para descubrir “los méritos” de don Porfirio, mostrándolo además como un héroe nacional tanto por el papel que desempeñó en la batalla del 5 de Mayo, en Puebla, donde apoyó, destacadamente a Zaragoza, (hay quien afirma que fue él quien verdaderamente definió ese episodio militar) como por su importante desempeño en las batallas de La Carbonera y del 2 de Abril, con la cual se identifica tradicionalmente al general oaxaqueño.

Argumentan también, dichos intelectuales que, don Porfirio fue el verdadero autor del progreso y modernización que experimentara el país no sólo en esos años, sino posteriormente, ya que fue él quien “construyó” los principales ferrocarriles del país; “trajo” de Francia las fábricas de textiles y de Inglaterra a las primeras plantas de generación eléctrica.

Ellos destacan los festejos y las obras con que el porfirismo celebró el primer centenario de la independencia en 1910 y se admiran del brillo intelectual de personajes como Yves Limantour, (miembro del gabinete porfiriano), Justo Sierra y otros de la época, como si estos fueran meros reflejos de la sabiduría y virtudes del sistema. Elogian así, sin mencionarlo claramente, al viejo dictador y al régimen que él construyó, atribuyendo en cambio su desprestigio actual a los efectos de una “historia oficial que los condenó sin fundamento”.

Efectivamente, don Porfirio fue en la primera parte de su vida un militar “liberal” y patriota que participó en la defensa de su país, luchando contra la invasión francesa. No deja de sorprender, sin embargo, la historia de los múltiples aprisionamientos que padeció el general, seguidos siempre de inexplicadas “evasiones inmediatas”, así como las excelentes relaciones que logró siempre con sus confiados captores franceses y conservó hasta su muerte… en Francia. Pero independientemente de lo anterior. ¿No traiciona a sus ideas, un liberal convertido en dictador? ¿Qué opinarían de ello Montesquieu, Voltaire o Rousseau, filósofos del liberalismo?

En relación con su actuación como estadista –que tanto impresiona a sus admiradores– don Porfirio dejó desde luego mucho que desear, pues el mentado “desarrollo industrial” del país no fue sino un cambio aparente, que sólo produjo beneficios a los capitalistas extranjeros. Ellos vinieron al país gozando de toda clase de privilegios en tanto que para el pueblo el tal progreso se tradujo en un nuevo régimen de explotación inhumana, de semiesclavitud, de represión sangrienta y salarios de hambre, de “enganches” en el campo (recuérdense el bárbaro exterminio de los apaches en Sonora y las condiciones de explotación de los campesinos en Yucatán o en las fincas cafetaleras de Valle Nacional en Oaxaca, tan magistralmente descritas por John Kenneth Turner en su libro México Bárbaro).

Si lo anterior no fuera suficiente para precisar la imagen de un dictador sanguinario, habría que recordar entonces la infame actividad de las compañías deslindadoras, criaturas de don Porfirio, concebidas para despojar criminalmente de sus tierras a los pueblos indígenas y a cuanto campesino no tuviera títulos de propiedad extendidos conforme a las leyes del sistema (los indígenas desconocían esa legalidad y transmitían sus propiedades entre ellos verbalmente –por el sistema llamado de “tradición”– y por lo general de padres a hijos). El complemento de esa “política agraria” de despojo fue otra semejante, llamada “de colonización”, consistente en traer de otro países generalmente europeos, a campesinos necesitados de tierras para entregarles a ellos las recién arrebatadas a los indios mexicanos, en virtud de que el Porfirismo (siguiendo las ideas de Augusto Comte), consideraba que estos últimos “eran inferiores a los campesinos europeos”, pues “carecían de la capacidad de abstracción”. Así pensaba de los indios el “estadista” indio, al que hoy se pretende rehabilitar como héroe nacional.

Con las acciones mencionadas, don Porfirio privó de sus tierras a millones de campesinos, las cuales fueron a parar a manos de un puñado de acaparadores (casualmente “científicos” muchos de ellos). Esa política agraria fue complementada por otra política social de terror y represión, de “mano dura” (como la actual de Calderón) que tendió sobre el territorio nacional un velo de injusticia e inconformidad y preparó las condiciones que favorecerían el desarrollo de la Revolución en el campo.

La nueva industria, traída por el tirano y la minería por él fomentada no tuvieron mejor suerte, ya que, entregadas al control total de los patrones extranjeros, éstos impusieron un régimen de explotación insoportable para el obrero (tiendas de raya, jornadas de trabajo de 17 horas, trabajo sin descansos, cartillas de control, castigos, represalias, etcétera) que pronto produjo la formación de sindicatos, las primeras huelgas y las primeras explosiones de violencia urbana –que nadie debiera olvidar– en Río Blanco y Orizaba (textiles), Distrito Federal (tranviarios y electricistas), en Cananea, (mineros), etcétera.

No es extraño por eso que el explotar la Revolución se integrara al poco tiempo lo que fue su programa básico: la Reforma Agraria, es decir, la desaparición del latifundio y el reparto de la tierra entre quienes verdaderamente la trabajaban; la reaparición de los ejidos y una legislación que contuviera las medidas indispensables de protección para los trabajadores: salario mínimo, vacaciones, descanso del séptimo día, derecho a sindicalizarse libremente, derecho de huelga; democracia, educación y salud para todos, esto es, las llamadas Garantías Sociales.

Como se puede ver a la luz de estos escuetos datos, la Revolución fue un movimiento popular y violento que buscó acabar con un régimen injusto (el Porfiriato) y beneficiar a las mayorías olvidadas, por lo que resulta ahora criminal decir, así sin más, que el movimiento fracasó o que no cumplió sus promesas. La Reforma Agraria se hizo aún con deficiencias y muchas dificultades y está todavía vigente el artículo 27 constitucional que la establece y regula. En el artículo 123 se recogieron las demandas de los obreros. No se puede negar tampoco que, desde el día mismo en que la Revolución triunfó, empezaron sus enemigos a socavar las conquistas logradas y a tratar de nulificarlas, lo cual han logrado en buena medida. Pero eso ha acontecido con todas las grandes revoluciones del mundo, porque la sociedad nunca permanecerá sin cambios y su propia evolución no le permitiría existir bajo un modelo de Estado rígido y para siempre, como muchos lo desean. Las sociedades avanzan tecnológicamente y cambian. La lucha social es por eso constante, entre los conservadores que quieren que las cosas sigan como están, porque así les conviene y quienes desean el cambio para progresar. Así ha sido desde que el hombre apareció sobre la tierra y así seguirá, pese a quien le pese. ¡Ése es el progreso!