Política

A propósito de la pacificación de México

noviembre 26, 2010

(1 de 2 partes)

Antígona se situaba en los márgenes de lo correcto e incorrecto, el debate le obligaba a justificar su posición de hermana, a quien le asistía el derecho de honrar y dar sepultura a su hermano muerto, aunque también las exigencias de Creonte no era infundadas, y le obligaba a respetar lo público, la ley, y dejar a quien habían atentado contra el bienestar general, que su cuerpo sea devorado por los perros, y animales de rapiña, era la obligación de quienes había aceptado vivir en comunidad, en la polis, seguridad por castración individual.

Traigo a propósito el tema que se debate en la tragedia de Sófocles, lo público y lo privado, la ética individual, y la ética pública, lo que parece el interminable debate en donde se sitúa el hombre, quién se debate en obedecer a los demás, la voz del pueblo, por mí hablará mi raza, o a los dictados de su singularidad, los deseos inconfesables; la verdad y el bien en su eterna relatividad, más aún ahora que no podemos acudir a verdades absolutas, o a oráculos que sepan qué es el bien y el mal, ni mucho menos a un Dios que creó todo, como lo desmiente Stephen Hawking al señalar que “el origen de todo se originó de la consecuencia inevitable de las leyes de la física y no de ninguna mente superior o Dios, asegura el científico en su último y polémico libro El gran diseño”, a lo máximo que podemos aceptar es que cuando menos existen mínimos éticos que debemos acatar y respetar, como escribía o deseaba Habermas.

En nuestro caso, parece que aun esos mínimos éticos se desvanecen ante la impronta pulsional de la espiral de violencia que vive México.

Sin esos mínimos, a qué recurrir para mantener el límite, la cohesión social, el respeto a lo individual y a las instituciones.

Estoy convencido de que las políticas públicas en materia de seguridad que ha implementado el gobierno federal paulatinamente nos están llevando a una vietnamización de la lucha contra el crimen organizado, por lo que hay una total ignorancia en las políticas públicas en materia de seguridad y paz, se inició sin ton ni son, incluso podríamos decir que partió de la simple voluntad de los gobernantes, y cuando estos se dieron cuenta que las cosas no son tan sencillas, que la alternativa pública de resolver el problema de la delincuencia (guerra) enfrentándola y aplicar todo el peso –más y más soldados y armamento– de la ley a los malos, enfrentamiento que paulatinamente nos está llevando a una vietnamización, por eso vemos cómo el gobierno federal está convocando a la corresponsabilidad como una salida desesperada, y mostrando con ello su incompetencia, por lo que se necesita detener esa lucha y replantearla desde otros parámetros y corpus epistemológico.

Creo que ante todo debemos tener presente y problematizar, en primer lugar, que el debate de Antígona forma parte de la naturaleza humana, y eso no hay que olvidarlo, tener esto presente; es estar consciente de que conviven en nosotros tendencias o pulsiones agresivas y sexuales, y marcos éticos construidos culturalmente; en segundo lugar, hay que saber que la construcción de nuestra subjetividad, es decir, la idea de sociedad y mundo que tenemos, la conciencia de lo que es bueno o malo, es dada en un proceso de introyección, y que todo eso no se puede plantear como una simple y estúpida iniciativa de políticas públicas que nos dicen que hay que impartir clase de civismo e identidad nacional, como una medida para evitar las conductas antisociales; en tercer lugar, hay que entender que civilidad no debe entenderse como modernidad, se es civilizado en la medida en que se siente el espacio que se comparte, y se tiene la consciencia que hay una corresponsabilidad de esos espacios públicos, que estos deben ser atravesados por el lenguaje, es decir, la capacidad de, a través del diálogo, construir lo que más nos convenga para posibilitar la convivencia pacífica y una comulgación desde la diferencia, es decir, construir, lo que yo llamo, una mexicanidad no mortífera.

La propuesta que está contenida en el título de este escrito me obliga a ahondar en lo que entendemos por la verdad de la cultura desde la diferencia, y la imposición de esa verdad desde la igualdad, la similitud.

Construir lo que más nos convenga para posibilitar la convivencia pacífica y una comulgación desde la diferencia, pasa por entender y aceptar la diversidad o pluralidad, aun desde una misma estructura racional, de pensamiento y cultura, por lo que pretender establecer políticas públicas excluyentes resulta retrógrada y fatal. Un ejemplo de esto lo hemos visto en la tensión internacional en que se sitúa occidente, intentando exportar una idea de sociedad y de hombre, a otras partes del mundo, particularmente al medio oriente –mundo islámico–, posición que contiene implícitamente un dogma al pensar que esa idea de mundo y de hombre es la verdadera y la correcta. La única verdad que tenemos en frente es que existen hombres y culturas que no comparten nuestra idea de mundo, ante eso, queramos o no, la única posición sensata que tenemos que asumir es aceptar que existen culturas, que aun horrorizándonos con sus costumbres e ideas, son diferentes y distintas a las nuestras y no las podemos ni integrar ni eliminar.