Política

Pobreza y cambio climático

noviembre 26, 2010

Se dice que México es la economía número 15 del mundo, pero que en el interior de su territorio la pobreza alcanza a 60 por ciento de la población, y que en el transcurso de un año, del 2008 al 2009, el porcentaje de hogares con hambre pasó de ocho a 17 por ciento y el número de hogares con seguridad alimentaria disminuyó de 53 a 43 por ciento. También se ha dicho que las limitaciones nutricionales en las etapas tempranas de la vida tienen consecuencias irreversibles para el desarrollo cognitivo, motriz y emocional de las personas que la padecen. Quien no come bien desde niño crece sin los arrestos para sacudirse el yugo de la desigualdad.

Por otra parte, es del conocimiento público que las distorsiones sufridas en el entramado social de nuestro país (subdesarrollo dependiente camuflado de modernidad económica, democracia retorcida y caciquil, monopolios, concentración de la riqueza en pocas manos, pobreza extrema, ignorancia, marginación), produjeron al empresario y al narco más ricos y poderosos del orbe. Y que ocupamos, con una buena dosis de desparpajo e indolencia, los primeros lugares en obesidad y violencia. Es como si se dijera que México es un país de gordos desarrapados, desnutridos, analfabetas y pendencieros, dominado por unos cuantos súper ricachones perversos, de cuello blanco y corbata, o de fusil y dólares en efectivo en ristre.

Si fuese verdad que son esas las características que describen, a rajatabla, la imagen pública de México, difícilmente podrían tomar en serio nuestros pensamientos las potencias que rigen el destino del mundo. Como tampoco hacen mucho caso de lo que piensen y pregonen los gobernantes de los países tercermundistas o los estudiosos reconocidos globalmente. Y menos cuando lo que discurren desemboca en peticiones de dinero.

Cosas como estas vienen a la mente cuando leemos la noticia de la Cumbre sobre el Cambio Climático (COP16), que se llevará a cabo en Cancún a partir de la próxima semana, con la participación de 194 países, todos muy preocupados, dicen, por detener el calentamiento de la Tierra derivado de la quema sin control de combustibles fósiles. ¿Cómo lograrlo, cuando el vértigo que es la vida de la raza humana depende del petróleo barato?... Barato porque no considera en su composición de costos que se trata de una materia no renovable y contaminante.

Los especialistas han expresado en diversos foros su escepticismo respecto de los acuerdos que puedan lograrse en la Cumbre de Cancún. No creen que suceda algo sustancialmente distinto a lo que ya se ha visto en los encuentros anteriores: los países pobres exigirán a los países ricos que le bajen a la quemadera de petróleo y carbón y que impulsen el desarrollo de las energías renovables; alzarán la voz y clamarán por ayuda para financiar los programas que mitigan el calentamiento global: iluminación eficiente, reducción de consumo energético en electrodomésticos y del contenido de azufre en las gasolinas, reforestación, tratamiento de la basura para evitar la emisión de gases. Y los ricos dirán que sí, pero no a todo, aventarán algunas migajas a las fauces hambrientas de los pobres, se tomarán una bonita fotografía y retornarán a sus orígenes, pensando en las calamidades que sufrirán los habitantes de las costas, imaginándose la nueva geografía del mundo y la forma más eficaz de apercollar para su causa los diezmados continentes... Y a seguir en lo mismo, quemando todo el petróleo y todo el carbón que se pueda, convencidos los mejor informados de que este mal ya no tiene remedio.

Muchos climatólogos no dudan de que el daño causado a la Tierra es irreversible: el hielo de los polos se derretirá, quizás demasiado rápido como para que la sociedad se reacomode y se adapte. Creen que el volumen del mar comenzó a elevarse en el siglo XIX, al mismo tiempo que los países desarrollados empezaron a quemar grandes cantidades de carbón y petróleo, y que podría subir un metro para el 2100, con lo que inundaría tierras bajas en muchos países, volviendo algunas áreas inhabitables. Esto causaría una rápida erosión de las playas, islas y pantanos, y contaminaría los suministros de agua dulce con sal.

Pero también se ha calculado que el nivel del mar podría subir cerca de cinco metros en este siglo, con lo que la geografía del planeta sufriría un cambio verdaderamente dramático. Algunas de las grandes ciudades del mundo (Londres, El Cairo, Bangkok, Venecia, Shangai, Nueva York, Los Ángeles, San Diego, Calcuta, Dhaca) quedarían devastadas.

Y no todas las consecuencias estarían tan lejanas. En México, miles de kilómetros de costas quedarían cubiertas por el mar. Villahermosa, Cancún, Los Cabos, Veracruz, entre otras ciudades importantes, desaparecerían bajo el agua. En las costas sur-sureste se incrementarían los huracanes y las tormentas tropicales, mientras que en las zonas norte, noroeste y centro se reducirían las lluvias, aumentaría la temperatura y la escasez de agua.

¿Qué hará nuestra especie codiciosa para sobrevivir a tan tremebundo desastre, sin desgarrarse entre sí? Seguramente, los ricos supervivientes de todas las latitudes persuadirán a los pobres de contentarse con unas cuantas migajas.

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