Editorial

Depredación ecológica

febrero 22, 2010
Con toda su maquinaria puesta al servicio de la imaginación, el cine ha mostrado a los humanos de los siglos XX y XXI hasta dónde, con millones de dólares y con ingenio, los directores pueden reproducir y exagerar, juntas o una por una, las siete plagas con las que diversas tradiciones milenarias barruntan escenarios apocalípticos. En las pulcras, blancas pantallas, hemos admitido que así como nuestras vidas no son renovables más que en el pensamiento, los recursos de la Tierra se iban a terminar.

Pero el ansiado día final, el “final de los tiempos” fue una boga; no es un invento del hombre moderno. En la historia de la humanidad, siempre ha perdurado la neblina del fin de todos los tiempos… los hombres medievales que vivían en París, cuando aún se trataba de una villa, temían una lluvia de fuego y en Tenochtitlán, con gritos y salmodias, ardía y se destruía casi todo cada 52 años, cuando se encendía el fuego nuevo: se trataba de un siglo nahua. Séneca es muy claro: Aliquando et insanire iucundum est (de vez en cuando es bueno hacer una tontería).

Ya no hay indulgencia de Séneca. Es la furia con que nos castiga la Tierra por las constantes tonterías del hombre, rey cuando se pronuncia, pero en el fondo un pobre diablo a quien el dinero y el poder le provocan que se evapore el último grano de conciencia y que todo, en esta vida y en este planeta, tenga un precio. En la entidad llamada Veracruz, de la cada vez más ficticia República, el Bicentenario también se celebra con los vapores de la conciencia ecologista, cuando ya es muy tarde y no queda más que proteger lo que resta de los manglares, proveedores de vida; porque donde hay agua, surge la existencia y llegará la muerte, como nos ha enseñado el cine.

Es así como uno de los últimos reductos de manglares en la zona de Veracruz estuvieron a punto de ser convertidos en un desarrollo comercial, sólo que la movilización de grupos ambientalistas y una dosis de conciencia ecológica permitieron su recuperación y preservación como patrimonio importantísimo que, además, permitirá dotar de agua a la enorme conurbación porteña.

Similar problema se presenta en los cauces del río Jalacingo, donde en nombre del progreso o de los negocios, primordialmente, se pone en riesgo un improtante nicho ecológico y la viabilidad de varios núcleos poblacionales en lo que respecta a la captación de agua potable.

Ya queda muy poco y la energía nuclear se traduce en polvorines y contaminadores del mar. El fin de la película ha llegado mientras los científicos se devanan los sesos para encontrar nuevas formas de producir electricidad. A los políticos no les importa, porque todo, hasta el cine, se puede borrar con un convenio o con una rúbrica y el abrazo de Judas, o el de Acatempan, porque somos nacionalistas.