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Por si ya olvidamos el carnaval del año pasado

febrero 19, 2010
carnaval en esta ciudad. Aclaración: “carnaval” es antes de que inicie la cuaresma, seamos religiosos o jacobinos; lo que se haga después de eso, bien puede llamarse “festival” o “coronación de su graciosa majestad más hermosa de Xalapa y sus malolientes diques y chingo de puentes.” O, tanto poeta que vive en esta capital, pues que alguno le busque nombre rimbombante y que lo vendan bien, al poeta y al jolgorio.

Por si ya lo perdimos de vista, el año pasado, un grupo de bienintencionados mercachifles le vendieron a David Velasco Chedraui otra idea rocambolesca que gastó un poco más su imagen pública como alcalde. Él la compró y aceptó celebrar un “carnaval xalapeño” fuera de tiempo y que, además, resultó un fiasco, un fracaso monetario y una vergüenza, porque los recintos universitarios terminaron como estercoleros y la nota roja de los pasquines se dio vuelo y vuelto con las trifulcas que protagonizaron algunos de los asistentes a los desfiles.

Los mercachifles no salieron en números rojos. Esos nunca pierden, ya lo dice un verso de Octavio Paz: “el dinero sorbe el seso del hombre”; pero salió perdiendo la administración municipal y la ciudadanía. Los que se fueron a mear y a “desfacer las tripas” –como le gustaba decir a don Quijote en lugar del tan humano cagar– en la zona de Los Lagos y Los Berros y las instalaciones universitarias, su razón y su urgencia tenían, pues ni modo que defecaran el plátano asado y las frituras de harina en la misma servilleta con que se limpiaron la boca y regresaran a casa con los mojones como envoltorios.

¿Escatología? No, así ocurrió. Como igual corrió la sangre; porque entre la obnubilación de la cerveza o lo que se haya ingerido, hubo muerte y cárcel. Tras las rejas, los pobres. Tras sus cortinas, los ciudadanos espantados de tanta meada, cagada y sanguaza. Pero a la hora del desfile, qué bonitos el alcalde y el mismo gobernador de Veracruz, que aseguraban que, por fin, la capital veracruzana tenía una fiesta digna y
popular.

Al siguiente lunes, por la mañana, los informes de nota roja en casi todos los medios impresos de circulación local. Y una semana antes, los hipócritas de siempre se llevaban las manos a la cabeza porque grupos de activistas habían declarado que iban a repartir un montón de condones y los padres de familia y las rezanderas bigotudas de la vela perpetua y los voceros religiosos y la gente bonita hacían mueca de asco. Cuando se comenzó a hacer la evaluación de los daños, el escándalo no fueron los condones; la vergüenza la provocaron los disturbios.

Para la noche del lunes, el noticiero que conduce Joaquín López-Dóriga mostró las imágenes de la ciudad que deseaban esconder las buenas conciencias. Los recintos de la zona universitaria rebosaban de orines y de mierda. ¿No es cierto? Hay cientos de archivos, reportajes de periodistas jóvenes que advirtieron la burla de unos cuantos ricachones con tal de llevarse unas monedas extras a los bolsillos.

Los encarcelados viven su drama cuando apenas se creían a la mitad de la fiesta, los ciudadanos se hicieron de la vista gorda y los responsables salieron con su cantaleta del Chavo del Ocho: “Perdón, se me chispoteó”, y a los meses vinieron las grúas y después los ejes viales y después… y después… puras consultas mentirosas. La ciudad no es de “quita y pon” pero esto sucede como cuando Santa Anna cometía lo que juzgamos como atrocidades: ¿a poco estaba solo?; ¿a poco mi general “Quince uñas” era el rey de chocolate en el país del cacahuate?

MAL DE MAR
La película Mecánica Nacional se filmó en el año de 1971. Es un muestrario de lo que somos los mexicanos fatigados, vividos, educados y también nacidos en esa época. Luis Alcoriza, el director, apreció, tal vez mejor que otro en aquella década, el “alma” de la nueva familia mexicana. El filme, financiado por Producciones Escorpión, apostaba a los últimos destellos de la gloria del cine mexicano. Después, las ficheras, y para los ochentas reinó la decrepitud de la industria. Golpe que aún duele.

Mecánica Nacional, esa comedia que nos hizo risibles al ver nuestras taras heredadas, puede ser escuela o botón que remiende costales por donde el dinero se convierte en arena. Si los diputados nos representan, algo deben tener de nosotros: “Qué poca ma… nera de cumplir. Pobre país. ¿Cómo vamos a progresar y desarrollarnos con tipos como ustedes? Sin responsabilidá, sin decencia, sin…” (habla el personaje que encarnó Manolo Fábregas, un talachero llamado Eufemio).

Aunque es un cabrón bien hecho, delante de su madre, como buen mexicano, Eufemio se quiebra. Sara García encarna a ese bitoque quejumbroso de doña Lolita, la abuelita necia que se muere por una indigestión: “Pa cuidar la casa, sí soy buena, y pa criar a estas malcriadas. Pero de que sale algo bonito: Ahí que se quede con la gata, la mmmm.. vieja.”
Hasta parece sesión de legisladores en comisiones cuando se rifan el titipuchal de viajes… perdón, de comisiones. Unos se enojan, otros renuncian, otros se sienten y al final todos van sobre el mismo erario... perdón, sobre el mismo coche. Y saludos, desde aquí abajo, a los muertos que actuaron en Mecánica Nacional, y a los vivos, pues que vivan muchos años y el cine que también les tocó vivir. Ah qué doña Lolita, vieja zorra; ella quería que la llevaran donde sobra la comida y hay chisme. Y como dicen en mi pueblo: “Se iba a morir de una pedorrera cuata, verdad de Dios”.