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Luces bicolores sobre el operativo antrero de la capirucha

febrero 17, 2010
Hace poco más de una semana, el funcionario municipal de Xalapa, Octavio Delfín, anunció que por motivos de seguridad se comenzaría a ejercer mano dura con los dueños de los establecimientos “nocturnos.” Se trata de bares, cantinas y antros. Esgrimió dos motivos: el de verificar que los permisos estén al día y el de no permitir que los menores de edad ingieran bebidas embriagantes en dichos sitios. No habría contemplaciones con nadie y si las faltas eran como para que el lugar fuera clausurado, pues qué remedio.
Luego de un fin de semana, frío y carnavalesco, el propio ayuntamiento xalapeño emite un comunicado de prensa en el que aseguran que tras el operativo anunciado por Octavio Delfín, de los cientos de lugares donde se humedece la palabra, sólo uno resultó amonestado. Y eso porque los inspectores encontraron a menores de edad con cerveza en mano. Multa.
En esa complicada telenovela hay partes que pierden. Los adolescentes o menores de dieciocho años, que se sepa, no fueron detenidos; pero el susto de mirarse a mitad de un lío administrativo, pues ya no se los quita nadie. Quizá las cosas fueron como en las películas londinenses, donde los amables policías abren las puertas de sus patrullas y conducen hasta sus respectivas casas a los jovencitos que recién fueron picados por el aguijón y la euforia de las copas. Los adolescentes xalapeños “perdieron” una noche de diversión o de juerga; el dueño del antro durmió con la idea de una multa y la tesorería municipal se adjudicó un dinerillo que, en tiempos de crisis, a nadie le cae mal.
Si el operativo dirigido hacia los antros o bares o cantinas fue tan contundente como lo anunciaron, que un sólo negocio fuera amonestado provoca que la imaginación gane tierra a la sensatez. En la capital veracruzana podemos contar el número de librerías que quedan abiertas o en pie; hasta un censo de marzo del año pasado, son catorce los locales que se dedican única y exclusivamente a la venta de libros. Los negocios donde se pueden consumir bebidas alcohólicas, en cambio, pasaban de los quinientos.
Con imaginación o sin ella, qué bueno que en la culta Xalapa sean menos de uno por ciento los bares que cumplen las reglas puestas por el ayuntamiento. Los que están en segundos pisos, los que no tienen rutas de evacuación, los que carecen de señalamientos hacia sus salidas de emergencia, los que no aceptan a menores de edad, esos, son la mayoría. Vivimos y podremos beber tranquilos. El ayuntamiento capitalino sólo reportó a un lugar donde brindaban o departían cinco alegres chiquillos.

MAL DE MAR
Luis Buñuel, cineasta español que vivió muchos años en México, filmó en este país, en 1958, una versión, una lectura suya, a la novela Nazarín. La película cumplirá dentro de poco más de cincuenta años. Sin que eso le agobie, se le exhibe como una gloria del cine nacional.
Pues en una de las escenas de la película, en los primeros minutos, hay un diálogo que destierra la figura del cura desdichado y muerto de hambre como un santón del desierto. Al ver la pobreza y la miseria en que vive el padre Nazario, un rico le pregunta, tras indagar que al padrecito no le interesan los bienes materiales, que si regalarle unas monedas no sería ofender su dignidad sacerdotal. El cura dice que no, pero su rapiña la oculta con ojos de santo y cara de Cristo apaleado hecho con pasta de olotes… Pero en la película se supone que si el padre no se ofende, es porque el dinero será para los pobres.
Y así es, lo “roban” y “saquean,” no le mendigan; el limosnero es él. Pero no se queda con ninguna ganancia; es tonto o se trata de un santo. La necedad del señor don Quijote, quien daba y defendía a pesar de escupir las muelas. Al padre Nazario aquellas monedas de plata, que al rico no le sobraban pero que para el cura se trataban de una fortuna, no llenaron su barriga, sólo “mancharon” el orgullo de quien no se niega a trabajar pero acaba por ser el pelele de todos.
Si esos limosneros de lujo, que saben poner la cara de santo-Cristo fueran un poquitín de tontos como el padre Nazario o se atrevieran a dejar un poco para los pobres, que a fin de cuentas por eso se lo dan, pues viviríamos en otro país, uno más tolerante. Si fuera así, nada más nos contentaríamos con “ver” las magníficas actuaciones de Francisco Rabal, Marga López, Rita Macedo y don Ignacio López Tarso y un titipuchal más.