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Violencia y oficio mexicano

febrero 17, 2010
¡Nada de técnica, puro corazón! Así se expresó Ángel Zubieta su método para conseguir que el Atlante terminara invicto en la primera vuelta del campeonato de futbol, cuando se jugaban torneos largos. Y este parece ser el ejemplo que siguen los políticos para intentar resolver los graves problemas que enfrentan la sociedad y el Estado en México. Pareciera que su único recurso disponible es el voluntarismo. Con él buscan soluciones rápidas, inmediatas y sin costos, a problemas añejos, profundos, complejos.

Es cierto que la sociedad exige soluciones urgentes. Sin embargo, la solución de un problema sólo es posible si éste es bien definido. Resulta insuficiente constatar en los hechos la existencia de dificultades, es decir, de irregularidades, desvíos, disfunciones respecto de lo que ha sido definido como aceptable, normal, eficiente y eficaz. Desde un punto de vista social, los problemas no desaparecen inmediatamente. Pueden ser contenidos, minimizados y pueden ser declarados resueltos, a condición de aceptar que las soluciones engendran nuevas dificultades, o que nuevas condiciones pueden hacer resurgir esos problemas.

El tratamiento de los problemas sociales exige pensar conjuntamente causas y efectos, medios y fines, límites y aperturas. La violencia es un problema complejo que no puede ser reducido a un análisis monista. La teoría o visión del monismo ha fincado su imperio en el análisis y en la acción política del país. La polémica, la guerra verbal de todos los días en México, señala que la inseguridad y la violencia son resultado de las acciones del gobierno de Felipe Calderón. Que la presencia de fuerzas armadas (ejército, marina, policías federales) ha provocado crímenes juzgados intolerables por la sociedad mexicana.
Ninguna muerte es tolerable por el ser humano. Su temor frente a ella es uno de los actos fundacionales de lo que hoy llamamos cultura. Ningún crimen es aceptado en una sociedad civilizada. Pero la ola de violencia, de inseguridad y delitos que hoy atemorizan a la sociedad ¿pueden ser atribuidos exclusivamente a la decisión política de Felipe Calderón de hacer frente al crimen organizado? ¿El acto y las acciones de ejercicio del “monopolio de la fuerza del Estado” es la causa única de la barbarie mexicana? ¿Por qué en otras naciones es donde opera el crimen organizado no existen cuerpos decapitados, desmembrados, disueltos en ácido y que atestiguan la infamia de que el medio es el mensaje?

El ser humano es el único animal dotado para la desmesura. Ama y odia al mismo tiempo. Es sapiens, ludens y demens y puede llevar estas cualidades hasta el delirio. Para limitar el exceso, la construcción de la vida social impone restricciones a la agresividad desenfrenada. Crea normas para convertir en simbólicas las expresiones de goce por el sufrimiento de los demás, la felicidad del vencedor sobre el cadáver del enemigo muerto, el regocijo por el dolor de las víctimas. El deporte y la democracia son los juegos subliminados del combate. Internamente, cada sociedad, cada cultura establece normas y umbrales para trasformar la agresividad y la crueldad innatas del ser humano. La modificación civilizatoria de la naturaleza humana es un proceso contínuo que se traduce en leyes, normas, comportamientos. Estas restricciones aumentan al parejo de la civilización y provocan malestar. Aun en la guerra contra otra sociedad, se ha venido imponiendo la idea del respeto a los derechos humanos. Se acepta la muerte, pero se busca impedir la degradación de la condición humana de las víctimas.
La pérdida y la emergencia, la conservación y la renovación conforman la moral: en el dilema de la decisión surge la eticidad. Para cada mexicano y para su sociedad, dos cosas de valor se enfrentan. Surge el dilema frente a la elección de valores, frente a las alternativas contrapuestas: elegir el bien o el mal, elegir entro lo legal y lo ilegal, elegir o la vida encomiable o la vida delictiva para obtener riqueza, reconocimiento y fama. ¿Por qué muchos mexicanos han elegido vivir en el mundo de lo ilegal, lo delictivo, lo malo? Y peor aún: ¿cuántos mexicanos viven así porque para ellos el dilema no existe, y asumen esta forma de vida como expresión, descarnada y sin hipocresía, de la vida vivida por una parte dominante de sus élites?
Resulta evidente que para un número creciente de mexicanos, la socialización de la agresividad y de la crueldad ha resultado ineficaz. No los detienen, en sus acciones criminales, ni las enseñanzas religiosas ni las enseñanzas escolares ni las amenazas legales ni las represiones policiacas y militares. ¿Es posible pensar que en ellos se interiorizaron con mayor fuerza las enseñanzas de la criminalidad/impunidad de sus élites? ¿Que fue un mejor ejemplo para ellos la corrupción entre funcionarios públicos y empresarios privados? ¿Que sus líderes religiosos nada les dicen, ni su religión, y que prefieren vivir con la práctica del libertinaje, y liberarse mediante confesiones y absoluciones periódicas, o con arrepentimientos instantáneos antes de su muerte?

Resulta evidente que las tácticas gubernamentales federales, estatales y municipales han tenido tropiezos frente al crimen y su violencia. El crecimiento y extensión de ésta, sin embargo, no parecen ser el resultado exclusivo de las actuales políticas del Estado. El incremento de todas las formas de criminalidad, su carácter sistémico evidencia la ausencia o debilidad extrema del Estado de derecho, el carácter endémico de la corrupción y de la impunidad, la incompetencia gubernamental para ejercer la prevención y la represión policiaca a favor de la seguridad pública y, last but not least, la participación de una parte de la sociedad civil que prefiere obtener dinero y poder mediante actividades ilícitas. Violencia y delincuencia son olores de una podredumbre más vieja y más profunda: la ejemplificada por las élites, que han hecho de la inmoralidad, la corrupción y el autoritarismo represivo parte ineludible del oficio mexicano del diario vivir.