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Autoritario ocurrente

febrero 13, 2010
Se dice fácil, ayer en Ciudad Juárez Felipe Calderón junto su gobierno estaba rodeado, cercado encabezó La Jornada, por los reclamos de la sociedad juarense. Una fotografía de Raymundo Morales publicada en El Universal retrata la aplastante descubierta de las dimensiones de la incompetencia. En primer plano Luz María Dávila, la madre de dos de los muchachos asesinados, sus únicos hijos, el domingo 31 de enero; al fondo en el presídium, el procurador Chávez Chávez y Felipe Calderón, las miradas perdidas en el vacío, oscilando entre la incomprensión, el fastidio y las taras. La verdad a secas de la señora Dávila fue seguida por la de otras seis madres. La realidad como es, no como se imaginan y desean que sea.

En ese evento Calderón dijo que sería un error pensar que la sola presencia de las Fuerzas Federales solucione el problema de Ciudad Juárez. Precisamente la decisión en la que se ha empecinado por tres años. La capacidad de empatía y sensibilidad del presidente Calderón se había expresado minutos antes, cuando al hacer uso de la palabra ni siquiera volteó a ver a las madres que desde el inicio del evento se habían parado para darle la espalda en protesta. Sólo cuando la primera de ellas, Luz María, tomó la palabra para dejarle saber su dolor y que no era bienvenido, Calderón asintió con la cabeza. La señora Dávila paró en seco los reflejos del Presidente cuando con toda autoridad le espetó: “no me diga que sí, haga algo señor Presidente”.

Hubo manifestaciones de estudiantes en la calle, pacíficas. La policía quiso desalojarlos y ellos se tiraron en la calle. Los retiraron arrastrándolos. Dicho de otro modo, reprimieron la protesta.
Luego que una madre enteró a Felipe Calderón de lo que pasaba y le reclamó por la represión, mandó a Fernando Gómez Mont, que nada pudo hacer.
El gobierno, Calderón y su gabinete rebasados por todos lados. Haciendo agua y tragando gordo.

El ofrecimiento de disculpas de Calderón es meramente formal, hueco de contenido. Hubiera podido creerse en algo si hubiera hecho caso desde el inicio a las mujeres que le daban la espalda. Pero no, no volteó a verlas. Aunque no pudo evitar oír todo lo que tenían que decirle. Si además de oír, escuchó, aún queda por verse.

Pero con una capacidad de síntesis en nada envidiable, Felipe Calderón resumió en alguna de sus intervenciones: “La primera evidencia, para mí, es que el problema es totalmente, es complejo y no puede reducirse a la parte policiaca, aunque también, evidentemente, en la parte operativa-policiaca tenemos que hacer rectificaciones y rectificaciones a fondo”.
Tendría gracia si no fuera por las consecuencias que han tenido y tendrán tales limitaciones para gobernar.

Calderón cae en cuenta de que el problema es complejo. Brillante. En políticas públicas los problemas siempre son complejos. Desde que en la sociología política estadounidense de los años 50, Harold Laswell describió el proceso por medio del cual las condiciones en un sistema político son definidas como problemas públicos, sabemos que todo problema público es multidimensional y nunca es monocausal. Pero Felipe Calderón permanentemente insiste en que el crimen organizado es un problema. Se equivoca por el eje, el crimen organizado, el narcotráfico, la violencia indiscriminada, la narcodependencia son las consecuencias no deseadas del problema. Eso es lo que el gobierno de Calderón debió haber definido antes de meter al país en esta dinámica sangrienta que ya parece tener vida propia.

En el proceso de diseñar y hacer políticas públicas, la correcta definición del problema es crucial para su resolución. Una política pública fracasa con más frecuencia por definir mal un problema que por optar por una solución incorrecta.

Por ejemplo, si la existencia de un número importante de personas en situación de calle es definida como un problema de vagancia o como un problema de distribución del ingreso, en el primer caso lo más probable es que se recurra al uso de la fuerza pública para retirar dichas personas de las calles. En el segundo, o se palia el asunto con programas asistencialistas o se busca una solución más estructural diseñando políticas de compensación y empleo. La forma en que se defina la pobreza tendrá un impacto sustantivo en las respuestas de las políticas públicas hacia la pobreza.

Los problemas no son entidades objetivas que existan por sí mismas. Igualmente pernicioso es creer que se define un problema meramente por sus consecuencias no deseadas. El tráfico vehicular es buen ejemplo. Con frecuencia decimos que el tráfico es un problema o el principal problema de tal o cual ciudad, el DF, por mencionar cualquiera.

El tráfico no es el problema, es sólo la consecuencia no deseada de una serie de factores que convergen para generarla. La convergencia de esos factores es el problema.

Aislarlos y saber cómo y en qué medida se relacionan es definir el problema. Así, el excesivo parque vehicular, combinado con horarios pico (la entrada a las escuelas), más un pobre educación vial que consiente que los conductores se estacionen en doble fila, más la falta de autoridad de las policías derivada de su tendencia a dejarse corromper, más un diseño de equipamiento urbano rebasado por el número de vehículos en horas específicas son algunos elementos que nos acercan a la definición del problema.

Esa tarea elemental, casi de sentido común, es la que Felipe Calderón no hizo cuando se lanzó a su guerra contra el crimen organizado. No la hizo entonces y no la ha hecho en tres años.

Lo dicho en distintas ocasiones durante su visita a Ciudad Juárez es prueba palmaria de eso. “Sé que no queremos ni una muerte más, pero este problema es mucho más grave de lo que hemos visto en cualquier lugar”. Por piedad, eso lo saben los juarenses desde hace diez años, cuando ser mujer y pobre en Juárez era una de las condiciones más peligrosas del mundo.

Prometió investigar los abusos de los militares, más de 10 mil en las calles entre Ejército y PFP, pero mezquino reclamó que se “acuse sin pruebas a soldados que arriesgan su vida”. Sus reflejos autoritarios le hicieron levantar la voz y pegar en el atril para exigir las pruebas contra los militares.

In situ, Calderón ofreció fortalecer el programa escuela segura, becas, planes de empleo, la construcción de una cancha de futbol. Al final, abrumado por los reclamos y en un tenue resabio de prudencia dijo “Ustedes conocen mejor Juárez que nosotros, ésa es la verdad”, y propuso la creación de un consejo que vigile el cumplimiento de los objetivos planteados.

Si por la presión e indignación de los juarenses el gobierno federal insiste como hasta ahora en ponerse a hacer cosas sin antes definir las variables que configuran el problema, logrará dos cosas: ocurrencias y nada. Que es lo que ha logrado hasta ahora, además de cadáveres y el borbotón macabro que propició.

*Es Cosa Pública

leopoldogavito@gmail.com