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Y la nave… va

febrero 12, 2010
Nuevo título, mismo firmante.
Se agradece la guerra de baja intensidad (o el castre)
que algunos distinguidos miembros de la redacción
emprendieron para mandarme “ungular” a otro lado.
Con afecto, sin alevosía; porque soy influenciable.

Hasta mediados del mes de diciembre del año anterior, poco más del ochenta por ciento de los doscientos doce municipios veracruzanos carecían de un Atlas de Riesgo. No han pasado sesenta días… Se trata de un estudio o un documento en el que se consigna la radiografía del municipio, donde los mapas incluyen señalamientos de gasolineras, sitios que almacenan materiales que sin un buen manejo pueden ser peligrosos. Pero también incluye las localizaciones de centros de salud, clínicas y hospitales; de estaciones de bomberos, de equipos de salvamento; de abrevaderos, de cañadas donde pueden suscitarse tragedias, porque están habitadas y el derrumbe de un cerro puede ser la manivela que gira la Muerte.

Visto así, es un documento que no necesariamente debemos tener los ciudadanos a un lado del aparato telefónico, pero que al menos las autoridades responsables de nuestra seguridad deben: pagar, estudiar y tener a la mano. Uno: porque no se trata de una gracia o un regalo, lo pagarán con el dinero nuestro y es para la seguridad de todos. Dos: quizá resulta imposible hacer miles de copias, pero sí encargar una “versión” más ciudadana y menos técnica para que de un golpe a la tecla “enter” podamos dar por sabido y sentado cuántos hospitales hay cerca de donde yo vivo, cuántas estaciones de bomberos, dónde hacen curaciones, etcétera.

El que las autoridades municipales se quieran ahorrar la bicoca de entre 200 y 500 mil pesos, que según los entendidos es lo que cuesta mandar a hacer un “Atlas de Riesgo,” significa una irresponsabilidad y un derroche de nuestro dinero. Los prestadores de servicios o funcionarios o autoridades, que es lo mismo y en periodismo lo usamos con la misma indiferencia de quien toma agua de horchata o refrescos hidratantes; ellos, gastan más en pagar las cuentas de teléfonos celulares al mes, que en hacer un cheque con tal emisión.

¿O qué, se debe esperar a la siguiente inundación o al próximo incendio forestal para que nuestros servidores públicos se tomen la molestia de averiguar para qué sirve un documento así? Creo que lo mismo invierten en leer los subtítulos de unas quince películas, como las que asisten a ver los fines de semana, que en leer y estudiar un documento de esas magnitudes. Lo vergonzoso no es carecer de las cosas, sino derrochar el dinero en lo inútil, al menos para el resto de la ciudadanía. Cuando ocurre una fatalidad, nuestros servidores acuden a dar condolencias y con sus zapatos bien lustrosos le dicen a los que de un minuto a otro les cambió toda su perspectiva de condición humana: “Lo sentimos, estamos haciendo lo posible.” Es un cuento que los ciudadanos nos recetamos en cada noticiero o periódico que brinde seguimiento informativo. Leía ayer un texto del escritor Sergio Ramírez donde bosqueja algunas notas sobre Haití: y es que la desgracia se acuna, sobre todo, donde vive la gente más pobre.

Claro que hay desgracia porque no se tuvo la gracia de prohibir edificaciones en lugares insalubres por mano del propio humano o en lugares de riesgo y en los que las manos humanas levantan barrios muy pobres, sin importar que tengan o no agua potable, que en lugar de drenaje hay caños pestilentes, que en lugar de calles hay laberintos por donde no podrá entrar: patrullas, ambulancias, carros de bomberos. Ni qué pensar de que allí hagan su agosto los vendedores de garrafones con agua que supuestamente es purificada.
Atlas de Riesgo. No hay callejón céntrico donde los vendedores ambulantes pregonen que están: “Bara, bara, anímese.” Son documentos necesarios que incluyen estudios de usos de suelo. Son las radiografías del cuerpo al que llamamos territorio y ciudades. Se trata de los “mapas” con los cuales nos orientamos para caminar, a veces a tientas, a veces, casi a ciegas. No vayamos a Haití, donde la muerte y la fatalidad parecen ensañarse; no vayamos al valle de México…

Observo la ciudad en la que vivo, donde está mi trabajo y mi familia y mis amigos. Y uno a veces puede, desde la mitad de un puente de paso peatonal, imaginar lo peor en esta misma ciudad llena de atajos vehiculares porque las obras centenarias están quedando a toda madre, según nuestros servidores públicos. Pero son obras centenarias porque no parecen tener fin y uno, piensa mal y juega a los pronósticos que le gustan hacer al escritor lusitano José Saramago: ¿Qué pasaría si…? Es una pregunta muy ociosa, pero queda otra pregunta muy productiva: ¿qué hacemos si… a dónde corremos… por dónde escapamos…

DESPEDIDA DE LA ÚNGULA
Cuando el domingo me percaté que era la tercera ocasión, en ese mismo fin de semana, explicaba lo que era, fue o es (lo dudo) una “úngula,” estiré los oídos para que pudiera escuchar un consejo: “Quítale ese puñetero nombre a tu columna” –no voy a escribir quién lo dijo… Desde que este periódico se comenzó a “ensayar” en la avenida Araucarias y el director nos requirió el nombre de las columnas, cuando escuchó “Úngula y meñique” sólo preguntó: “¿Estás seguro?” A casi siete meses de dar vuelta a las tuercas… de la rotativa, pues ceso las provocaciones de palabras raras y existentes sólo en diccionarios muy raros y en recuerdo de Fellini, consejo que agradezco a mi subdirector, Leopoldo Gavito, que la nave zarpe –espero con cartas marítimas. A ver a dónde llegamos. Y la nave… va (los puntos suspensivos es excentricidad mía). Y el último consejo del refranero: “Barco que no flota, no hace viaje”.