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El tranvía histórico de Francisco Ávila y el elevador de Jon Rementería

febrero 12, 2010
Después de considerarse durante nueve años un icónico baluarte del panismo, la acumulación de errores y sobre todo la corruptela de las dos últimas gestiones municipales en el puerto de Veracruz, generaron un ambiente alimentado con la irritación social que hizo que el PRI recuperara la plaza, para lo cual acudió a las elecciones pasadas con un candidato particularmente sui generis como Jon Rementeria.

Identificado como un priísta empanizado o un panista emprizado, según sea la óptica con la que se quiera ver a Jon, es verdaderamente complicado encontrarle alguna definición política como priísta.
De hecho, es insostenible pensar que hubo cambio administrativo en el puerto jarocho, pues la gestión del ex secretario de Salud parece más bien una extensión del mando de Jose Ramón Gutiérrez de Velasco, en particular por su insensibilidad social y conocido apetito por los negocios.

Al mismo tiempo, es verdaderamente difícil adjudicarle un compromiso ideológico como funcionario público porque al paso del tiempo, resulta más fácil pensar que la presidencia jarocha estuvo prestada durante tres trienios al panismo ramplón porteño y que Jon solamente vino a formalizar la continuación del linaje de los Ratones Jarochos, iniciando con Efrén López Meza y continuando con Jose Ratón Gutiérrez de Velasco.
Pero más allá de las "coincidencias" administrativas entre panistas y priístas porteños, a Rementería Sempé se le están saliendo las cosas de control en la peor época que pudo elegir para cometer toda clase de errores: en los días previos a una probable postulación como diputado local.

Al margen de las protestas de colonos que le recuerdan sus promesas de campaña, como es el caso de los vecinos de la colonia La Reserva 2, quienes ayer demandaron servicios de primera necesidad como drenaje, banquetas, guarniciones y pavimento en las hondonadas donde habitan, dos recientes temas ocupan la atención de la opinión pública casi del mismo modo que las fiestas del carnaval.

La primera, una decisión que recuerda la "genial" ocurrencia de Francisco Avila Camberos de levantar las vías del histórico tranvía jarocho en sus afanes modernizadores, es la confrontación con los defensores del Patrimonio Histórico de Veracruz que le reprochan los trabajos de remodelación que realiza en el palacio municipal, edificio considerado como joya arquitéctónica con el propósito de modernizar el inmueble al colocarle un elevador en su interior.

Paco Ávila, aquel impulsor de la idea reivindicadora de la imagen de Porfirio Díaz para reentronizarlo en el panteón heroíco del panismo empoderado, no escuchó razones ni acudió al mínimo sentido común que le indicaba el enorme potencial que representaba para el puerto de Veracruz conservar a cualquier costo el antiquísimo y tradicional tranvía como inigualable atractivo turístico. Jon insiste en plantar en el corazón del edificio histórico un adefesio tecnológico cuya utilidad es verdaderamente irrelevante.

No se duda de la "buena" intención ni la "preocupación" por las personas con discapacidad del alcalde porteño al decidir habilitar un ascensor, sin embargo, al gastroenterólogo se le olvidó que para modificiar una estructura con unos trescientos años de antiguedad, primero debió solicitar los permisos correspondientes al INAH, o en el peor de los casos, tal decisión fue producto del carácter autoritario e históricamente irresponsable con el que suelen actuar algunos burocrátas que suponen a la función pública como una ampliación de su ámbito privado.

El otro asunto es su intención de autorizar el cambio de uso de suelo para desarrollos habitacionales y comerciales en la reserva ecológica de Tembladeras, un tema que si el alcalde no maneja correctamente, le puede reventar en las manos por el carácter que está adquiriendo este asunto, porque con todo y que efectivamente sus adversarios políticos aprovechen la coyuntura para politizarlo, existe una genuina preocupación ciudadana.