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Cada quien se rasca, pero la espalda del vecino, es con su permiso

febrero 08, 2010
El mundo está lleno de extravagancias, y ésas son en la medida de las posibilidades monetarias del extravagante. Yo tenía un vecino que salía a cepillarse los dientes a la puerta de su casa y le daba lo mismo que los demás vieran cubierto con la indumentaria que a los años se transformó en costumbre. Salía en chanclas de goma, los calcetines bien puestos y estirados, unas bermudas y una camiseta de tirantes; en una mano cargaba un vaso con agua y en la otra, el cepillo dental. Tallaba muelas y caries y hacía buches sonoros y escupía en la orilla de la banqueta.

No tenía fama de “loco”, pero sí la de un tipo a quien en las mañanas le gustaba salir a cepillarse los dientes a la vista del que lo permitiera. Incluso era amable, pues regresaba los saludos que algunos civilizados o morbosos le hacían: “Buen día” y punto. Era de suponerse que después continuaba su aseo y al cabo de una media hora, salía muy campante a trabajar. Hay vecinos que escuchan música a todo volumen, hay quienes tienen diez gatos o veinte perros o treinta hijos o cincuenta concubinas o quince mil tarjetas de crédito y todas muy excedidas…

En la vida apilada de las ciudades no hay de otra, nos debemos tolerar unos a los otros. Decía E. M. Forster que la clave de la vida es tolerar a los demás, porque si nos metemos en la cabeza que se trata de “quererlos” o incluso de “amarlos”, pues será una empresa delicada y con rumbo al fracaso. Los vecinos, a larga o mientras uno no se puede largar a otro sitio, llegan y llegamos a resultar simpáticos. Pero a quienes no podemos tolerar es a los empleados que supuestamente elegimos mediante el sufragio, ese voto secreto. Pero y si alguno amanece con una extravagancia de rey absoluto… Cualquier Historia nacional, sin excluir la de México, está plagada de seres extravagantes.

La emperatriz Carlota, fallida regente de Anáhuac, quería lamer sus dedos luego de los quemó con el chocolate caliente que le sirvieron a su santidad Pío. ¿Cuál sería la cara del asustado príncipe de la Iglesia, rey absoluto, cuando esa mujer, así sin decir “Con su permiso, Santo Padre” metió los dedos y enseguida se los llevó a la boca? Había dos razones. Una, la que todos damos por sentada, es que ya estaba loca. La segunda, es que andaba muerta de hambre, no quería comer porque creía que la querían envenenar, y ella confiaba en que al chocolate que bebe el Papa, de mínimo lleva buenas cosas y ni una gota de mata-ratas; ¿habrá mata-Papas?

Pero mamá Carlota –como la bautizo Riva Palacio– estaba loca… Mi Panchito el de los espíritus no, era extravagante… Olvidamos que hasta los inmortalizados sobre los pedestales de la patria fueron de carne y hueso y que si les venía en gana, pues hasta se cambiaban el nombre. Ocurrió con un tal Francisco Ignacio, nacido en 1873, pero que a la postre iba a cambiar el “Ignacio” por “Indalecio”, un nombre de origen vasco que significa fuerza y refiere a personas que poseen una mente expresiva. La cuestión fue más o menos así…

La moda entre las familias adineradas del siglo XIX fue practicar el espiritismo; esto quería decir que los seres de ultratumba se comunicaban con los vivos a través de mediadores o de “médiums”. Y tal como sucede con todas las modas, el asunto no sólo se constriñe a los cotilleos, sino que se publican libros y también revistas especializadas. Allan Kardec fue director y editor de una famosa publicación, la Revista Espiritual, que descubre un mexicano riquillo y la devora con avidez. Ya por esos tiempos, en 1891, Francisco Ignacio Madero estaba en París, aquel joven queda deslumbrado por el espiritismo y comienza a incomodarle su “Ignacio”, que se lo habían puesto justo en honor a san Ignacio de Loyola.

Un año después, el joven hacendado regresa a su país. En Coahuila comienza la boyante administración de sus propiedades; el añoro de su permanencia en la universidad estadounidense y las mieles parisinas no pueden competir con el tedio y la monotonía de su tierra, se dedica a tres cosas, en orden de importancia: el espiritismo, la equitación y la buena mesa. Y es aún joven cuando a la casa de los Madero llega un objeto inusual, una tabla Ouija, a la que todos lo integrantes de la familia consultan. Panchito le pregunta si algún día él llegará a ser presidente de la República, la tabla dice que sí.

Madero no era un tipo anormal, era una persona honrada y dinámica, pero desde entonces se empecinó en el espiritismo y en lo que le dijo la tabla Ouija. Su primer contacto con espíritus fue con el de Raúl, su hermano muerto. Éste le aconsejó que ya era hora de sentar cabeza y Panchito aceptó. Contrajo nupcias con otra ricachona Sarita Pérez, acto que se festejó con jolgorio el día 26 de enero del año de 1903. Pero él seguía contactando con los espíritus, entraba en comunicación con familiares y amigos.

Su empeño rindió frutos. El día 16 de mayo de 1907 un tal “José” se comunica por primera vez con Madero. A partir de entonces, aquel José se convertiría en su guía, obvia anotación: espiritual y trabarán una, ¿inmaterial? amistad. “Pepe” y Pancho de arriba para abajo y quizá hasta intercambiaron opiniones sobre una entrevista que daría la vuelta en todo el país, cuando en marzo de 1908 se publican las famosas declaraciones que el anciano dictador mexicano, Porfirio Díaz Mori, dio al periodista de origen estadounidense James Creelman. Lo central de aquella entrevista: el oaxaqueño ya se sentía viejo y admitía que miraría con buenos ojos una elección democrática.

En abril de ese 1908, Francisco y “José” se dan a la tarea de escribir un libro, mucho trabajo, demasiadas sesiones espiritistas que se ven coronadas en noviembre, cuando escriben el punto final. Enseguida lo contactará otro espíritu: “B. J.” y comienza el verdadero debate entre aquellos tres entendidos o ¿entre el vivo y los muertos? o ¿entre el loco y sus alucinaciones?

Madero cuenta entonces con 35 años de edad y cuando muestra el original del libro La sucesión presidencial en 1910, sus familiares le advierten que se trata de un acto temerario. No es una locura, porque él les revela que caminan a su lado dos buenos amigos, “José” que en realidad se trataba de “José María Morelos y Pavón” y “B. J.”, que no era otro que “Benito Juárez”. El libro se publicó y el autor argumentaba: “Dedico este libro á los héroes que con su sangre, conquistaron la independencia de nuestra patria”.