Política

Cuando las políticas se notan por ausencia

febrero 08, 2010
El comercio ambulante es el resultado acumulado de múltiples distorsiones e ineficiencias en la economía mexicana. Distorsiones propiciadas por más de tres décadas consecutivas de la imposición de un modelo que privilegia todo, excepto la economía y bienestar populares.
En el sexenio pasado, la informalidad se cobijó eufemísticamente en la genialidad changarrizadora de Vicente Fox.

Tales dinámicas evolucionaron en la exponenciación de la informalidad al grado que, en 2009, según cálculos de la Cámara Americana de Comercio, el negocio de la piratería superó a los principales rubros de ingresos nacionales: el narcotráfico (40 mil millones de dólares), el petróleo (casi 25 mil millones), las remesas (21 mil millones de dólares) o el turismo (11 mil millones de dólares).

El impacto de estos negocios irregulares en la economía formal se ha estimado en 964 mil 688 millones de pesos, unos 74 mil 699 millones de dólares. Eso representa 9 por ciento del producto interno bruto.
Ocho de cada diez mexicanos durante el año pasado adquirieron algún producto falsificado o pirata.

Si bien el fenómeno es de proporciones nacionales, impacta en particularidades locales, en ciudades concretas, calles concretas y en comercios aún más concretos.

No es, pues, poca cosa el reclamo, pero sobre todo la advertencia, de cámaras y comerciantes individuales de Xalapa en el sentido de que si el ayuntamiento no ordena y controla la explosión de la informalidad, ellos también saldrán a las calles.

Es un fenómeno complejo y abigarrado cuyas raíces son profundas y se explican tanto en la configuración institucional del país como en las políticas económicas que durante décadas han pulverizado los salarios y diezmado lo que en los años 60 llegó a ser una inmensa clase media.
Pero esas causas estructurales se complican aun más por los importantes afluentes de corrupción que brotan alrededor del femómeno y que permea desde la burocracia de angora, hasta al inspector en la base de la jerarquía.

El problema no se resolverá con ideas desordenadas ni con represiones circunstanciales, implica un esfuerzo de corrección y sintonía con otras partes promotoras de la formalidad, el empleo y los salarios.
Porque sí es posible que una ciudad corrija o compense las deficiencias de entorno económico general. Pero para eso se precisan programas viables, convocatorias confiables, rendición de cuentas y creatividad. Nada de eso está presente hoy día en la administración de Xalapa.