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Úngula y Meñique

febrero 02, 2010
Quizá, en Xalapa, somos la calca del pueblucho gringo donde vive la familia Simpson (y a los gringos les encanta que nos guste su “modelo” de imperio)… o… Si Homero Simpson viviera en Boston, no podría beber en las tabernas universitarias

Omar Piña

“Encarcelaste al amor que vuela
Con el temor de lo que se va.
Y te entregaste sin condiciones…”
Pedro Guerra
Contrario. Canción

La arquitecta Paula Milán fijó su coleta tras la caminata que nos llevó al mirador natural de la ciudad llamada Xalapa-Enríquez, que es la punta del cerro del Macuiltépetl. Era un contrato, yo explicaba algunos datos de una versión más sarcástica sobre la Xalapa colonial, específicamente la de las ferias que se celebraron durante los años 1720-1778 y ella, urbanista de la Universidad Nacional Autónoma de México de profesión y, cada vez más defeña, me explicaba el problema del tráfico. Por eso necesitaba de un mapa viviente para demostrarme sus ejemplos. Su conocimiento me ayudó a tener una nueva lectura de lo que es una ciudad contemporánea. Uno a veces vive entre el polvo.

Fui un poco traidor en aquella charla. Hice a un lado las razones comerciales de las ferias, a las que dábamos por entendido y me enclavé en los chismecillos cotidianos de la ciudad ferial durante la Colonia, cuando este país era el doble de grande y se llamaba Nueva España. Le relaté hilachos apenas, los rehiletes que hacen girar los vientos salitrosos que el Atlántico resopla sobre el Golfo de México y hacía que llegaran a santo y puerto las flotas de los galeones que venían desde España, cargados con bienes y tesoros y también con esclavos de piel de color negra, con esclavos llamados burócratas y con caballeros andaluces, con señoritingos castellanos y con la plebe española, ¿o a poco viajaban sin marineros, panaderos y comerciantes o campesinos gallegos hambreados y burros que pensaban que esto era el paraíso? No todos la tuvieron igual de fácil…

Bueno, pues todo le llegaba a la “indiada”, para su consumo y gusto. Así como siguen aterrizando en México los aviones de Iberia “cargados de”… gente, amores y otras sorpresas, entre ellas, todavía réplicas exactas de los espejitos que los primeros bárbaros que llegaron en plan de Conquista les cambiaron a los primeros indios puros. Pero también por aquí pasaban las imprentas que durante unos 70 años de siglo XVIII se trajeron a la capital del Reino, a la muy noble y leal ciudad de México; lo de “ciudad de los palacios” es un término decimonónico, es decir, casi próximo a la locura en que se iba a vivir en el Reino transformado en República.

“Y viva la Guadalupana, gachupincitos cabrones,” imagino que era un grito muy recurrente durante los primeros años de República, después fueron gritos de odio entre hermanos, hasta que los apaciguó una verdadera dictadura, la de don Porfirio. ¿Omito a mi paisano, el jalapeño don Antonio López de Santa Anna?, no, pero ese era un tirano locuaz al que no le quedó de otra que cercenar el Reino, casi recién convertido en República.

Y volvamos a la Colonia… Pues de aquella revoltura de revolcones y encontronazos sexuales, pero también de indios que tallaron las heridas de un soldado-bárbaro español y su dedo cortado les provocó una comunicación de células, que llevan átomos y ADN, pues de allí también nacieron los que habitaron los puebluchos miserables de la Nueva España del siglo XVIII.

Eso era la ciudad de Xalapa a principios de los años del señor de 1709, por ejemplo. Aquel pueblo habitado por gente rascuache apenas si tenía unos cuantos españoles de verdad y la mayoría, eran los frailes que habitaban en un convento-fortaleza (un castillo medieval en el Nuevo Mundo, para ser exactos) que como “centro de evangelización”, no servía para maldita la cosa. O qué, ¿se atreven a retar la inteligencia de los consejeros de los monarcas Habsburgos cuando los Borbones ya estaban a punto de quitarles la corona? No olvidemos la lección de la sangre. Sigamos…

Se necesitaba reajustar el comercio marítimo hacia el Nuevo Mundo y la solución de entonces fue reorganizar las flotas comerciales, imitar a los prósperos holandeses con la idea de las “líneas.” Flotas comerciales enteras, “seguras” viajan juntas y se trataba de evitar la “piratería,” carajo, hay que consumir lo que España produce. ¿A qué me suena? Olvídenlo…

Cañonazos de júbilo, “Dios nuestro Señor trajo a salvo a la flota hasta el puerto de la Veracruz.” Se trataba de la puerta de América, era un punto clave, amurallado (otra vez la Edad Media se cuela al Nuevo Mundo y el mojón más claro es San Juan de Ulúa, ese impactante y tenebroso castillo, primo hermano de El Morro, en La Habana y de muchos otros.) Pero además de estar más habitado, era un puerto, tenía muralla, el clima y la ciudad eran insanos para los señoritingos castellanos, que son los que cuidan los negocios de este muy poderoso imperio.
Nueva España era un reino de la nobleza habsburga y luego borbona. Era un reino y como todos los reinos medievales, pero inmensos, son propiedad de un rey absoluto y como si fueran sus calzones usados o sus medias apestosas y llenas de hongos, se venden o se ganan a través de la guerra.

Ahora, México, recordemos bien, medía el doble de su extensión territorial. En la Edad Media los reinos se venden, en la edad del naciente imperio que iba a ser Estados Unidos, en el siglo XIX, los reinos dejados de la inteligencia, se pierden, se venden y se arrasan por la guerra.

Es lo único que nos falta, que nos abandone la poca inteligencia que tenemos para que lo que resta del reino y a lo que apodamos “República” termine por incendiarse y sus fronteras, quizás, se redefinan. Eso pasa cuando a un reino, ahora llamados países, los abandona la inteligencia que cargan los genios, la gente valiosa; los demás somos reemplazables.
Y la arquitecta, al trazarme la ciudad, me pregunto por el número de inteligentes, de genios, que hay en esta pequeña ciudad que creo, aún es un pueblo habitable para el humano del siglo XXI, por eso tiene algunos genios. Pero muy pocos, y los que quedan, se quieren ir y lo dicen en serio. La Universidad Veracruzana, por ejemplo, es un lujo tan honorable, que a los buenos profesionistas que produce, se los llevan enseguida.

Y luego, ella me explicó que la mejor parodia de lo absurdo de una ciudad moderna, porque carece de inteligencia, son los dibujos animados que consumimos los adultos, Los Simpson. Me explicó que allí sucede lo hilarante, porque la ciudad carece de genios y Lisa Simpson es muy joven todavía, es una niña, es la única genio, genia para ser justos, de aquella Sprinfield que habita la gente rascuache del siglo XXI. También entre la plebe hay genios, no seamos igual de ingenuos que los cobardones Borbones. Pero es una niña todavía, no crece y el otro genio es el dueño de la planta nucleoeléctrica, es el señor feudal, su Chernobyl particular; es muy rico y ambicioso, está harto de sí mismo porque quiere ser Dios, ya le cansó la humanidad. Sí veo televisión, pero nací cuando todavía nos obligaban a los niños a igualar el número de horas de lectura con tele. Punto.

Pensé en un inteligente del siglo XIX, para no meterme en pleitos con nadie; los muertos no reclaman; son las primeras lecciones que antes nos daban en la escuela de Historia de la Universidad Veracruzana. Así que vino al cuento, los chismes (yo a eso me dedico, la Historia es para los buenos profesores) y los detalles y las correrías de don Sebastián Lerdo de Tejada y Corral, quien nació en Jalapa, en 1823 y se murió en Nueva York, en abril, unos días antes de cumplir los 66 años, corría 1889.
Y cuando la arquitecta me preguntó “¿qué pasó con las ferias?”, pues le expliqué que alrededor de la Casa de Dios y hasta en su casa, ¿por qué no? “El pueblo con gente rascuache nos sirve para las ferias, hay buen clima y una excelente fortaleza con un inconveniente, su majestad, ahí está un convento”. Supongo que fue el planteamiento al Monarca y un Consejero, un genio, le explicó que hasta la “Casa de Dios” podría servir de bodegas. Hágase, ese es el único trabajo de los Monarcas. Imprímatur. Dios y el Monarca siempre se han llevado a toda madre, en cualquier cultura. Y nace Xalapa la de las Ferias. Y aquí terminó mi trato de la Colonia, en aquel reino llamado Nueva España, rico, más rico todavía que donde vivía el Monarca (siempre fueron ingenuos, eran católicos, no los juzguemos, le temían a Dios, por eso, los muy tontos, sólo cuidaron la perla de su corona).

Bajamos del cerro de Macuiltépetl.

Lo que pasó después, quizá se los platique en una novela, donde es sano y justo y necesario, abordar otros temas, como son las pasiones de los seres humanos entre ellos y no entre cosas. Pero eso no exenta que el novelista sea tan ignorante para no comprender el mundo en el que vive y por eso, sólo por eso, se atreva a que de la realidad, emerja la fantasía. Todo, absolutamente, tiene un punto de inicio y uno de final.
Para algunos datos me basé en: Las ferias de Xalapa y otros ensayos, libro escrito a cuatro buenas manos: Abel Juárez Martínez, Gilberto Bermúdez Gorrochotegui, Carmen Blázquez Domínguez y Ricardo Corzo Ramírez, excelentes profesores historiadores. Fue publicado en tiempos del gobernador Patricio Chirinos Calero, allá por el año 1995. Qué coincidencia, se imprimió en un sitio ubicado en el cerro del Macuiltépetl. Cuando en esta ciudad aún conservaban la honorabilidad y la decencia de publicar las cosas que valían la pena. ¿En qué me estoy metiendo? Punto.