Política

CHINERO. El cruel oficio de recordar, Carlotita y Ovidio

agosto 30, 2009
Los desiertos del alma

Tañendo mi flauta un amor perdí,
¿haciendo nueva música llegará otro?

Poema Goliardo

El masoquismo más sano no llega a veces con negar la lectura a los ojos... se aferra a describir las desdichas y narrar las preocupaciones que se sienten cuando las pérdidas aún no se dan, pero ya están en los umbrales. Los desiertos del alma: Relato sobre la muerte de mi madre, de Sealtiel Alatriste, es uno de los pocos escritos que cumplen con lo referido por Héctor Azahar para describir al melodrama: un sufrimiento dulcísimo.

Tal parece que la mano de Sealtiel Alatriste acuerda muy bien con el sentimiento y la pluma deja fluir razones y corazonadas. La madre invadida de a poco por el cáncer y los intentos por rehabilitarla. “Perfume de gardenias tiene tu boca” se escucha en el quirófano cuando la primera intervención y una de las enfermeras, por orden del cirujano, apaga de mala gana la radio.

No bastarán la gloria, derrota o sicoanálisis; poesía, prosa o conjeturas para que el escritor justifique el secreto que se guarda. Ese remolino lo envuelve a partir de la verdad (“Mi madre tiene cáncer”) Sirve de poco el análisis mecánico, porque el final conduce a la angustia, porque siempre se retorna al origen. No hay cambios, salvo la empecinación por entender, de alguna u otra manera, que lo escrito es imborrable.

Éste es un relato... no hay guión largo, o no se abren “diálogos convencionales”. Esto elimina quizá muchas barreras, porque se entiende la práctica de una lectura ágil y de alusiones. Así, los otros personajes se limitan a colorear el pronóstico de un post-mortem. Su intervención, aún con sus propias desventuras, ayudan a formar el cuerpo donde sólo tienen espacio la fatalidad de un cáncer encontrado a destiempo.
Esta manera de abordar el presagio (y contar una vida a partir de otras), donde el autor incluye opiniones ajenas a él, es a la vez que aliciente, espejo. Parece una constante, un me veré reflejado en lo que sabios y filósofos han dicho de la muerte, como acto y fin. Y esa necesidad de recurrir a la cita, al libro ajeno, no es fórmula de antigua para añorar. Uno recuerda, precisamente, para obtener visiones, para visualizarse en los otros.

¿Dónde está la originalidad si la estructura del relato es la clásica? ¿En contar enfermedades? Vaya, Los desiertos del alma no es de ninguna forma la narración de una historia médica. Menos una emulación a La Montaña Mágica, de Thomas Mann; o a La Peste, de Camus. Porque en aquéllas no se cuentan individualidades, son historias, en cuanto a los males, la enfermedad: más colectivas. En Sealtiel, la ubicación es la mínima: casa materna, consultorio médico, quirófano, clínica de rehabilitación y fragmentos de vida cotidiana.

Sería arriesgado, sin embargo, aludir que se empleó un método de vista sociológica, de evaluación a nuestra temporalidad frente a la muerte. Hay un miedo a la par de una ilusión. Pero ninguno sana ante lo inevitable.
La brevedad impone economía de imágenes. No hay derroche descriptivo ni fórmulas ampulosas para recalcar angustias y melancolías, variables dependientes del texto. De esta forma, el autor convoca a sus personajes, no hay escenas gratuitas ni puede equipararse a una escritura de regalos divinos, donde los autores se dejan llevar y llegar por cuanta aparición les cruza. Aquí hay desfiles, pero como todos, invocadas a causa y razón específicas. A escena: familia de Mireya, marido, suegra, hijos, amistades y médico como apariciones centelleantes que iluminan mientras acuden.

Esta novela es para afrontar un duelo: “Mi madre murió de cáncer el 2 de octubre de 1983...” rezan las primeras líneas. Y no habrá fuerza que revierta, pero sí esfuerzos que pretenden frenar la agonía muda; aquí está la conjetura de la historia. Sus ejes, los últimos meses durante la vida de Mireya y el cuaderno azul de sus notas personales. Éstos servirán para que a la postre, Sealtiel (hijo y autor) recomponga la historia que aún da vueltas en los recovecos de la memoria y los desiertos de la sordidez de un alma retratada.

Fernando del Paso y unas travesuras

Hace unos dos años, los editores de la revista Nexos lanzaron el trompo a la uña y preguntaron a los más destacados editores, escritores y críticos, a través de papeletas de votación, ¿cuáles eran las mejores novelas mexicanas, escritas en los últimos treinta años? Cada elector tenía derecho a votar por tres obras, sin jerarquía, y de los elegidos, no todos respondieron a la invitación de la revista. Era de esperarse que si bien no mencionaron a quiénes enviaron las 123 invitaciones, sí publicaron la lista de los 60 especialistas que respondieron. La valía de esa elección radica en que Nexos convidó a una buena parte de los grupos que conforman y confirman las mafias literarias en un país tan carente de lectores.

Se supone que jamás se supo quién votó por tal o cual obra y ganó, sin discusiones, una excelente novela pero que, todos los escritores e historiadores dedicados al tema del siglo XIX mexicano, sabemos que está llena de “plagios” realizados a documentos de la época, y lo son porque en ningún momento se cita la fuente. Según tantos y tan bien experimentados, la mejor novela, escrita por un mexicano y publicada hace no más de treinta años, es una obra que en fondo, está construida con trampillas de un escritor experimentado. Él, Fernando del Paso. La novela, Noticias del Imperio, una gran pieza de la narrativa mexicana.
Ninguna obra se escribe de la noche a la mañana. Son meses e incluso años de trabajo, hay que corregir, que cotejar las versiones y que alimentarla. Y si nos parece inconcebible que un director de cine sea ignorante con respecto a la cinematografía, ¿por qué pretender que un escritor lea únicamente la sección policíaca del periódico local? La gran novela mexicana ha abrevado en fuentes que no son papelejos del tiempo de “mamá Carlota”, sino de libros que aún, a casi los 150 años de publicados, continúan atrayendo a los lectores.

Por razones de espacio, sólo voy a dar dos ejemplos de lo que una lectura más atenta a Noticias del imperio, publicada por primera ocasión en noviembre de 1987 y que evidencia la existencia de “fuentes” jamás descritas. El libro, de testimonios o cartas, al que yo acudo, es La vida en México durante una residencia de dos años en ese país, que fue escrito por Madame Calderón de la Barca y cuya primera edición, en inglés, fue en Boston, en el año de 1843. Unos veinte años anteriores a la aventura imperial del archiduque Maximiliano de Habsburgo. De lo escrito por madame Calderón de la Barca, cabe recordar que era la esposa del primer embajador español en México; se trata de un libro de viajes que abarca de diciembre 1839 a principios de 1842.

En la carta IV, Calderón de la Barca escribe: “nos fuimos acercando a la costa, hasta que Veracruz, en toda su fealdad, se hizo patente… El aspecto de todo lo que estamos viendo mientras nos vamos acercando, es de los más melancólico… la ciudad miserable y tétrica, llena de bandadas de unos grandes pájaros negros, llamados zopilotes, que revolotean sobre algún animal muerto”. En la novela de Del Paso, capítulo IV, parte 3: “Volviendo a las calles de Veracruz (aunque nunca quisiera volver a ese infecto lugar) lo que más me impresionó es el gran número de aves de carroña, los ‘zopilotes’, que andan por todos lados, y a quien nadie molesta porque los protege la ley: son ellos los encargados de limpiar la basura que los habitantes tiran a la calle. Se ve también, con frecuencia, los cadáveres de caballos o asnos a medio pudrir… están materialmente cubiertos por un hervidero de alas negras”.

En la carta XXXVIII, la Madame escribe: “En cuanto a los cohetes y demás detonantes, el pueblo goza con ellos, así sea de día o de noche. Ésta es la manera favorita de conmemorar un acontecimiento cualquiera… ‘¿Qué cree usted que estén haciendo ahora los mexicanos?’ preguntó Fernando VII a un mexicano el cual se encontraba en la corte española… ‘Echando cohetes, Su Majestad’, contestó el mexicano. ‘Pero, quisiera yo saber, ¿qué están haciendo los mexicanos ahora?’… ‘Tirando cohetes, Su Majestad’… Su Majestad se dignó a repetir la pregunta en la noche… ‘Lo mismo, Su Majestad, siguen tirando cohetes”. Y Fernando del Paso, en el capítulo X, parte 1, penúltimo renglón, escribe: “sobre los cohetes o cuetes, los petardos, no hay duda alguna y comenzaron a estallar desde la entrada de Max y Carla a la ciudad de México… Un día el monarca español Fernando VII le preguntó a un visitante mexicano: ‘¿Qué piensa usted que están haciendo sus paisanos en estos momentos?’ ‘Tronando cuetes, Su Majestad”.

Publio Ovidio Nasón, Ars amandi

Publio Ovidio Nasón, el poeta que supo aconsejar a la juventud romana sobre la seducción, fue quizá uno de los pensadores más influyentes en las cuestiones del amor y de la transformación que operaba en los dioses del panteón romano.

Las metamorfosis y su Arte de amar fueron textos bien leídos, concienzudamente, hasta los umbrales del renacimiento. Pero el segundo de los títulos que ahora menciono, que en latín se leería como el Ars amandi le causó problemas con el emperador Augusto, quien en el año 8 de nuestra era lo desterró hacia la urbs Tomi.

Tomi, aunque estaba en los confines del imperio romano, era una ciudad bárbara, donde acaso sólo los capitanes y muy pocos ilustrados hablaban griego y en proporciones menores, latín. Y allí, en inhóspita región de Tracia, el último poeta latino de tiempos de Augusto, recibió la visita de la señora muerte en el año 17 ó 18 de la era cristiana.

Para una información sin el rigor académico puede consultarse la novela histórica El faro de Alejandría, de la escritora norteamericana Gillian Bradshaw. Aunque la historia y la trama están demasiado lejos de tratar el exilio de Ovidio a partir del año 8 d. C. la puntillosa narración de Bradshaw ambienta la vida cotidiana de una mujer que ejerce la medicina hipocrática en la región de Tracia, hacia aproximadamente el año 371 d. C. Para datos adicionales: The Beacon at Alexandria (El faro de Alejandría), escrita en 1986, fue trasladada al español por José María Gassó y está publicada por Ediciones Salamandra, en Barcelona. (Año 2002, 639 páginas. ISBN: 84-95971-66-6.)

¿De qué se podía acusar al indefenso poeta ante lo implacable que fue un edicto imperial? La Ars amandi carece de consejos eróticos, leídos a simple vista. Pero vayamos a un fragmento del libro segundo:
“Créanme mozos: a cualquier edad ellas nos colmarán de complacencias, porque son campos que si los siembras bien producen la miel en abundancia. Mientras nos encuentren con juventud y con fuerza, trabajaremos amorosamente, que antes de lo que se piensa llega la triste senectud. Azotar las olas con los remos, rasgar la tierra con el arado, empuñar las mortíferas armas del combate... todo está bien, sí, pero... no dejes de ocuparte del amor”.

Podríamos quizá invocar demasiados ejemplos que los autores clásicos y por ende los contemporáneos han ofrecido y ofrecerán a sus lectores. Lo que nos confirma, una vez más, que la nuestra es una sociedad dada a la escritura con altos fines mediáticos. Y sólo a guisa de ejemplo —porque no viene al caso en la presente entrega— podríamos realizar un pasaje de la letra impresa a la canción, esa que pregona la ardiente pasión de los amantes, o el desalentador estado de melancolía que oprime a los mal correspondidos. Si un tema frecuente de la invención humana es el amor, el desamor tendrá siempre una prioridad de carácter urgente.

Cerraré así con otra cita a Ovidio, pero en este caso corresponde al libro quinto de Las metamorfosis: “Además, ¿te dolerá que haya sido salvada por algún otro y pretenderás arrebatarle su recompensa?” Esto nos conduce, por supuesto, a una posible idea del amor platónico o al ideal del amor cristiano, en el peor de los casos; pues el último supone el resabio a sacrificio y anula toda posibilidad al placer.