Política

Tan lejos como llegue la educación..

agosto 30, 2009
Cuando algún aspirante a profesor se formaba en las aulas de la escuela normal, amén de la información básica necesaria que recibía para saber lo que tendría que enseñar, también se le conducía por las normas sociales y reglas que debía observar en su oficio, dentro del rubro de las materias pedagógicas que formaban parte de su programa de estudios.

En este campo jugaba papel importante la vocación y la identificación con los valores sociales que el entorno cultural le prohijaba y le asignaba al “profesor”, quien con el tiempo si era aceptado por los padres de familia, se llegaba a distinguir con el eufemismo de “maestro”.
Pero esos fueron otros tiempos, no se salía de la escuela normal con plaza asegurada, se tenía que buscar alguna vacante y aceptarla si se quería trabajar, estuviese donde estuviese ubicada.

Así muchos de los insignes maestros que hoy son recordados en las comunidades donde laboraron, recorrieron gran parte de nuestro estado y a veces gran parte de la república e incluso otros ambientes extranjeros. Sus nombres han quedado en plazas, calles y monumentos de la nación.
Los maestros de entonces sabían que no se podía soñar el hacerse rico con el sólo trabajo del magisterio. La recompensa era moral, de agradecimiento hacia él por parte del entorno social que recibía sus beneficios profesionales, así fuese una pequeña comunidad rural, una población mayor o la colonia de una zona metropolitana.

Lo que parece reminiscencia, no es más que un recordatorio de lo que debe ser la estatura moral de un profesor ejemplar y que, seguramente, forma parte del decálogo de egresados de las buenas escuelas que forman a los profesores normalistas.

Pero todo eso ya no existe, desde que un malhadado sindicalismo invadió el ámbito magisterial. Entiéndase que no se juzga la lucha sindical honesta que debe existir para proteger los intereses laborales de los profesores. Se juzga por lo que se ve del sindicalerismo que pelea beneficios para unos cuantos trepadores políticos e integrantes de grupos de presión, que consideran como patrimonio personal una plaza oficial y que quieren seguir heredándola a familiares cercanos, hijos o parientes, o en el menor de los casos comercializarla y venderla al mejor postor. Qué desfachatez, vender lo que no es propio, ya que el pueblo de México lo paga para que se eduque bien a sus hijos.

¿Qué cultura de valores pueden propiciar los profesores que secuestran a una ciudad, la aíslan, la colapsan e insultan a sus moradores, sólo porque no les autorizan a seguir heredando plazas magisteriales a sus parientes?

Aquí en el estado de Veracruz, lo decimos con la esperanza de que las circunstancias cambien, tenemos a una benemérita Escuela Normal Veracruzana que ya no es ni el más leve rastro de la insigne escuela que fue, porque aquí campea la herencia de las plazas de sus catedráticos, hacia sus familiares, que aunque en la mejor de las circunstancias pudieran ser buenos profesionistas, no siempre es el caso de que sean excelentes formadores de profesores, ahora ampulosamente llamados licenciados en Educación.

Para bien o para mal, la esencia del buen maestro no es cuestión de genética y por lo mismo no hay garantía de heredarla a los descendientes. Así, nuestra escuela normal oficial, heredera de los principios de Rébsamen y Gutiérrez, flaco ejemplo da a sus egresados.

Aquí evocaremos el pensamiento del pedagogo y educador Argentino Lorenzo Luzuriaga, quien afirmaba que una enseñanza fácil es un crimen social, en parangón diríamos, un mal ejemplo que contagia, es origen de mayores males sociales.

Si en Veracruz queremos hacer una buena escuela y ya que a México lo hacemos cotidianamente todos los que en él habitamos, convendrá recordar a Fernando Solana quien afirmó que “nuestro país llegará tan lejos como llegue nuestra educación”.