Política

Visiones alternas: Violencia poética

agosto 29, 2009
Veo una fotografía: un cuerpo humano yace boca abajo sobre el asfalto gris. Un pequeño charco de sangre sale de su cabeza, su boca está amordazada con cinta canela, el rostro se encuentra desfigurado, muestra una postura incómoda hasta para un muerto. Una piedra sobre su espalda acentúa tal incomodidad, debajo de la piedra, una cartulina con una leyenda: “Esto es por todos los que apoyen a los ‘Z’. Att. La Familia” (sic). Este tipo de fotografías no son únicamente la documentación de un asesinato, por partida doble representan la violencia como espectáculo y como forma de vida. Sin embargo, arriba de esta interpretación, se encuentra la función directa de estas imágenes: trasmitir un mensaje con destinatario preciso. Las fotografías son una puesta en escena realizada por un determinado cártel para comunicar –amenazar– a su contraparte. Los fotógrafos de prensa simplemente terminan de construir el mensaje al ponerlo en imagen y distribuirlo en un contexto publicitario. Así, la imagen parece ser un mensaje oculto para nosotros por más explícito que en apariencia sea su contenido. Basta con leer algunas de las leyendas como “la moneda está en el aire y pronto caerá al pozo 00Z”. Es así como la fotografía se presenta como un código secreto producto de la configuración de elementos altamente reconocibles. De lo explícito a lo implícito, los narcomensajes postulan un lenguaje privado del submundo criminal.

Las imágenes violentas producto de la lucha entre cárteles o producto de la guerra entre éstos y el gobierno, han conformado poco a poco un universo iconográfico reiterativo. El factor sorpresa se ha menguado. Al volverse cotidianas reducen nuestra capacidad de asombro y configuran una realidad que nos hace inmunes ante ellas. Nuestra conciencia frente a la masacre, el desgarre y desmembramiento de un cuerpo humano se fuga por la retórica de la propia imagen. Su falto valor poético, al mostrar obscenamente los cuerpos destripados, nublan una reflexión arrojándonos a un espacio de asimilación. Dicha asimilación está mediada por la configuración de un código fotográfico de violencia. A partir del siglo XX, la fotografía ha sido aliada directa de la guerra, al representarla y recrearla. No es necesario ir más lejos, bastará con recordar aquellas imágenes publicadas en las revistas ilustradas durante el periodo de la Revolución Mexicana, donde se presentaban, dentro de las páginas que mostraban eventos sociales de la alta burguesía capitalina y la clase política, a campesinos e indígenas acribillados, colgados y fusilados.

Es parte de nuestra memoria la violencia en imagen. Sería necesario un detonador de shock para despertar ante la indignación producida por la extrañeza.

Si lo explícito de la imagen fotográfica no es suficiente para causar un choque en nuestra enajenación, la artista Teresa Margolles (Culiacán, 1963) recurre a un mecanismo inverso de construcción del mensaje: parte de una “imagen” en apariencia implícita para desnudar la esencia misma de la violencia. Presentada en la 53 Bienal de Venecia y curada por el historiador del arte Cuauhtémoc Medina, la exposición ¿De qué otra cosa podríamos hablar? de Margolles propone como problemática principal de nuestro país la violencia producto del narcotráfico. Instalada en el antiguo palacio Rota-Ivancich, la obra de Margolles se despliega en siete piezas principales.

Primera: Limpieza (2009), los cuartos se encuentra vacíos, la decadencia del inmueble invade el espacio, no existe más que la nada, ya portadora de un significado relevante: ausencia, ansiedad ante la soledad. Los pisos son trapeados frecuentemente por personal de intendencia. La ficha de la obra indica que el líquido con el que se “limpia” es una mezcla de sangre y agua, sangre procedente de lugares de conflicto narco en los estados de Sinaloa y Baja California. Segunda: Narcomensajes (2009), tres telas rojizas colgadas sobre los muros de una de las salas del palacio. Los paños están teñidos con la misma sangre recogida de las zonas de conflicto. La obra se presenta como una pieza en proceso, pues es bordada día a día con hilo de oro con el cual construye citas textuales de los mensajes que el crimen organizado utiliza en sus ejecuciones como “Ver, oír y callar” y “Hasta que caigan todos tus hijos”.

Tres: A lo largo de un pasillo se encuentran bocinas que reproducen las voces de testigos de aquellos sitios donde se realizaron los homicidios. Cuatro: Sangre recuperada (2009), la última sala presenta un conjunto de mantas que contienen material líquido y sólido proveniente de estos mismos escenarios de violencia, la mezcla de inmundicias escurre por las mantas dejando una huella ocre a su paso sobre estas. Cinco: Afuera del recinto, sobre una de las cornisas del palacio, entre la bandera de México y la bandera de Venecia, se encuentra otra bandera roja impregnada del mismo material que las mantas depositadas dentro. Seis: durante la inauguración se repartieron tarjetas tipo bancarias donde aparece, de un lado, una fotografía de una víctima de la narcoviolencia irreconocible ante su maltrato y en el reverso el texto: Persona asesinada por vínculos con el crimen organizado. Tarjeta para picar cocaína. Siete: joyería realizada con vidrios, cristales y metales provenientes de los vehículos de los narcos, recopilados en el lugar de los enfrentamientos.

A diferencia de las fotografías que encontramos en la prensa, las piezas de Teresa Margolles no muestran la violencia como espectáculo otorgando de forma desnuda los acontecimientos. De la misma manera, tampoco ocultan el significado, no utilizan un código íntimo. Sus piezas simplemente subvierten la relación entre lo oculto y lo mostrado. En un primer momento Limpieza (2009) parece ocultar más que mostrar, no establece una conexión directa con algún acontecimiento violento, si bien puede denotar una variedad de significados, dichos significados están relacionados con la ausencia más que con la presencia de “hechos reales”. Sin embargo, después de leer la ficha técnica, la pieza se abre ante los acontecimientos, sirve como testimonio de la masacre producto del enfrentamiento entre sicarios. La representación del acontecimiento no se muestra como imagen, como espectáculo, sino a partir de un resultado del mismo acontecimiento: la sangre de los muertos. El choque es patente, acostumbrados por los medios de comunicación a enfrentarnos ante los hechos de manera directa, burda, obscena, somos inmunes ante las imágenes de cadáveres mutilados por pertenecer a un corpus de imágenes ya asimiladas a fuerza de reiteración. Sin embargo, cuando la imagen no está ahí, cuando el acontecimiento se vuelve líquido, en el sentido literal y el metafórico, cobra otra dimensión. El mensaje irrumpe en nuestra conciencia lineal y ocasiona una fractura entre lo que se percibe y lo que se dice. Pisamos la humedad ocasionada por la sangre, sangre producto de la violencia, violencia producto del crimen organizado. Pisamos y respiramos el narcotráfico.

Es ahí donde radica, a mi parecer, la poética de Teresa Margolles, una poética terriblemente violenta. Su obra presenta un registro distinto al de la fotografía periodística. Transformando los materiales reales en formas que parecen ocultar, nos pone en contacto directo con la muerte, con los hechos. Una vez que leemos sus fichas técnicas, la pieza se expande a la cruda realidad, testimonio que no es representación sino presentación, huella física de un suceso social. En la fotografía de aquel cuerpo con una piedra sobre la espalda el pequeño charco de sangre no es más que un conjunto de tintas impresas sobre el papel de mi revista, en Narcomensajes (2009) la sangre es sangre. La lejanía que puede implicar una imagen fotográfica es disuelta por la cercanía que tenemos con el fluido sobre la manta, podemos oler la sangre, podemos tocarla y podemos verla. Aquel muerto convive efectivamente en mi espacio vital, estoy ante sus restos. Si la fotografía me aleja, las piezas de Teresa Margolles acortan la distancia, haciéndome vívida la agresión, eliminando toda posibilidad de huir, no es un espectáculo, no es un simulacro, es lo concreto de la muerte ocasionada por la violencia.

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