Política

¿QUÉ INDEPENDENCIA FESTEJAREMOS LOS INDIOS DE MÉXICO?

agosto 29, 2009
Parte I

La conmemoración del Bicentenario de la Independencia de México es una excelente nueva oportunidad para que los Pueblos Indígenas –habitantes milenarios del territorio que hoy se denomina México– revisemos nuestro lugar y condición social y política en este país. Es una oportunidad para que los mexicanos y el Estado mexicano revisen de frente a la Nación cuál es el tipo de relación social y política que ha impuesto a los pueblos tribus y naciones originarias. Es una nueva oportunidad para actuar en consecuencia.

¿LOS INDIOS FORMAMOS PARTE ORGÁNICA DE LA NACIÓN MEXICANA?

En 1993 hice un análisis sobre los derechos humanos y las condiciones de vida de nuestros pueblos indígenas en la sierra de Zongolica, Veracruz. Mi interlocutora era de una organización no gubernamental (ONG) extranjera. Decía que en principio me creía, pero que en el fondo se cuestionaba si en realidad yo era objetivo o estaría exagerando; ante mi consternación ella me explicó que en esos días se realizaba un evento internacional en Bélgica y que el gobierno de México había montado un stand con la presencia de elementos culturales de las diferentes regiones del país, de todo ello, destacaba la presencia de sujetos vestidos a la usanza tradicional de los indígenas mexicanos y que al cuestionarles sobre las condiciones en las que vivían sus pueblos y sobre la relación que tenían con el Estado, la respuesta dibujaba a un buen gobierno y a pueblos indígenas satisfechos y felices. México y “sus indígenas” estábamos a un paso del primer mundo.

Eran múltiples y enormes los esfuerzos del Movimiento Indígena Nacional para mostrar a los mexicanos y al mundo la verdadera realidad, la condición de opresión, dominio, segregación y pobreza extrema de nuestros pueblos originarios y su lucha por un cambio justo, pero eran insuficientes para superar pronto la propaganda mediática del Estado.

El levantamiento armado del EZLN en enero de 1994 rompió de tajo el monopolio de la verdad del Estado y su mal gobierno. El manejo mediático inteligente que dio a su lucha armada en Chiapas bloqueó la mordaza impuesta por el gobierno a los medios de comunicación, la presencia de los medios internacionales terminó por confirmar que el gobierno mexicano era un tramposo y mentiroso. Tales acontecimientos, por extensión, reivindicaron a los representantes indígenas que dentro y fuera del país denunciábamos las injusticias y luchábamos democráticamente por nuestra liberación. El EZLN siendo mayoritariamente indígena no era un movimiento étnico, pero su levantamiento armado finalmente concatenó principalmente al Movimiento Indígena Nacional. Por eso, aceptamos gustosos ser sus asesores durante el diálogo de San Andrés en octubre del año 1995.

Paradójicamente, debe reconocerse, fue Carlos Salinas de Gortari quien inició el proceso de reconocimiento de la existencia de los pueblos indígenas en México. En 1991 aceptó suscribir el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre Pueblos Indígenas y Tribales de 1989. Este Convenio era el primer instrumento internacional en la historia que establecía algunos derechos de los Pueblos Indígenas dentro de los Estados nacionales y tenía carácter vinculante, es decir, era ley.

Sin detenerme en las limitaciones conceptuales y jurídicas del Convenio, muchos vimos en éste una tablita en medio del océano. Tenía derechos fundamentales como el derecho a la consulta que mucho bien ha hecho a nuestros pueblos.

Pero cuando Salinas envió el Convenio 169 al Senado para su ratificación, descubrieron que era contradictorio con nuestra Carta Magna, porque siendo aquel un instrumento destinado a proteger algunos derechos de los pueblos indígenas, en nuestra Constitución Federal no existía referencia alguna a la existencia jurídica de los pueblos indígenas. ¿Descuido histórico? No, decisión política históricamente conscientemente asumida por los políticos mexicanos.

A principios del siglo XIX de cada 10 habitantes 8 eran hablantes de alguna lengua indígena. A pesar de ello, desde los preparativos de la insurrección a finales del siglo XVIII hasta la culminación del proceso de independencia de México, los insurgentes habían incorporado a los indígenas sólo como fuerza de choque, como tropa, de correos a lo sumo. Influidos por la ideología liberal francesa y hasta monárquica española, los insurgentes nunca pensaron en un proyecto de nación multiétnica. A los indios nos ofrecieron cambiar de amo y nos prometieron la restitución de algunas tierras, pero nunca formar parte del nuevo Estado. Nunca nos ofrecieron ser hermanos.

Culminada la Independencia, los pocos insurgentes vivos (aculturizados unos, mezquinos otros) y la mayoría de criollos y españoles independentistas, francamente colonialistas, decidieron conscientemente excluir a los pueblos, tribus y naciones originarias de su proyecto de nación. La abrumadora mayoría de los políticos dirigentes de la época se escudaron en un idílico proyecto liberal de nación única, bajo el lema liberal de que todos seríamos iguales ante la ley, nos denominaron a todos los habitantes del territorio de nacional genéricamente mexicanos. Así, de un plumazo, los nuevos mexicanos políticamente proscribieron de México a los pueblos tribus y naciones originarias.

A Salinas le interesaba estar a tono con el mundo desarrollado y era tan holgada su supuesta popularidad que, pretendiendo responder al reclamo del Movimiento Indígena Nacional y al mismo tiempo mostrarse como estadista benefactor ante el primer mundo (ya promovía un asiento para México en la OMC e incluso dirigir a ésta), se dio el lujo de promover la reforma constitucional que crearía el artículo 4, el cual no otorgaba derecho alguno, pero por primera vez reconocía la existencia en México de los pueblos indígenas como el sustento original de la Nación mexicana. Subrayo, una vez más, la República mexicana se formó con 80 por ciento de población indígena y sólo 20 port ciento de población que no lo era. Así, a partir de 1992, el Convenio 169 era ya ley nacional; su rango era inferior a la Constitución Federal, del mismo nivel de las Leyes federales, pero superior a las Constituciones Locales.

Después de 182 años por fin los pueblos indígenas eran mencionados en la Ley Fundamental de México, no nos reconocían derecho alguno, pero se reconocía la existencia de esos colectivos llamados pueblos indígenas que en el pasado fueron el sustento de la formación de la Nación mexicana.

Esta estrategia del Estado que pretendía en 1992 reducirnos a entidades del pasado y a elementos meramente folklóricos para arropar de nuestro misticismo y valores a la Nación mexicana se desvaneció coyunturalmente con el levantamiento armado de los indios de Chiapas. México no tenía a los indígenas en su alma, los tenía bajo sus pies, oprimidos en calidad de vasallos.

A partir de 1995 con la conjunción del EZLN y el Movimiento Indígenas Nacional que dieron cuerpo a los Acuerdo de San Andrés, los pueblos indígenas, demostramos ante la Nación mexicana que seguimos siendo extranjeros en nuestra propia tierra; que estamos excluidos del Estado mexicano, de sus instituciones y de su política pública; que existe una política histórica de segregación y etnocidio vía empobrecimiento extremo y aculturización que nos obliga a dejar de ser indígenas para poder ser mexicanos; demandamos ante la Nación un nuevo pacto federal que haga reconocimiento pleno a los derechos autonómicos de los pueblos indígenas como sociedades originarias histórica y culturalmente diferenciadas. En suma, los pueblos indígenas se revelaron como uno de los grandes problemas nacionales de México a resolverse para que verdaderamente seamos mexicanos, estemos en paz y tengamos algo que celebrar.

atencoguerra2@yahoo.com.mx