Emma Díaz Ruiz - sábado, junio 19, 2010
El futbol en tiempos de crisis
Como siempre, la televisión nos vende un mundo feliz, lleno de triunfos temporales, la promesa de superar la crisis a partir de símbolos triunfantes y la recuperación de la economía a través de sacar de la misma cubeta vacía los chorros de dinero.
Desde antes del comienzo del Mundial se mostraban notas periodísticas en las que se hacían análisis del impacto de la comercialización de nuestra Selección Nacional en la economía. Las cifras eran apabullantes: los patrocinadores hubieran dejado de vender 2 billones de dólares en total, si la Selección no llegaba al Mundial (CNN en Español, 29 de abril). ¿Por qué? Porque el futbol-adicto dejaría de consumir los productos asociados al equipo de su simpatía.
También los alcaldes de las principales ciudades del mundo le confirieron al futbol la capacidad de rehabilitar las economías en el marco de la crisis. El famoso FIFA fan fest comenzó en el mundial de Alemania con proyecciones en tiempo real por todo ese país. Ahora se extiende a las principales ciudades del mundo, siendo la Ciudad de México una de las locaciones pactadas. La idea va más o menos así:
juntar gente en un lugar a ver el partido, vender comida, bebida y recuerdos alrededor y ¡voilá! Se activa la economía. No ha sido tal. El bolsillo del ciudadano está tan desgastado que la solución no pasa por promover el consumo, aunque fuera de las formas más novedosas y audaces. El asunto es que no hay consumo cuando no hay dinero; no hay dinero cuando no hay trabajo; no hay trabajo cuando no hay producción, y la producción se dificulta cuando se avalan las prácticas monopólicas y se refugia el gobierno una y otra vez en imposiciones tributarias altamente restrictivas para los más. ¿De qué bolsillo pretende impulsarse el consumo, cuando ambos están rotos?
En el zócalo capitalino la realidad mexicana se muestra al mundo. Más de la mitad de la plancha estaba ocupada por campamentos de diversas organizaciones: los electricistas en huelga de hambre en defensa del derecho laboral todavía existente en la Constitución, los maestros con los problemas asociados a un gremio dominado perpetuamente por la maestra Gordillo, los triquis, cuyo municipio se encuentra sitiado impunemente en una especie de Apartheid perpetrado por grupos asociados al PRI… Simplemente una muestra de todo lo que está siendo dañado en el país; nada más y nada menos que las garantías individuales. Ahora, sólo se mira la gran carpa de los electricistas, dentro de la que se encuentran aún poco más de una docena de huelguistas con serios riesgos para su salud, quienes yacen frente a la pantalla de alta definición que permite al público soñar con gozar de aires triunfalistas mientras el derecho a un trabajo digno se derrumba.
A Felipe Calderón no parece importarle mucho la situación. Desde su silla en Sudáfrica, en la que se encuentra en el papel de espectador del teatro del mundo, oye por terceros que el fin de semana pasado fue el más violento de todo el sexenio. Ejecuciones en un centro de rehabilitación, revueltas en cárceles, más niños asesinados. La Suprema Corte debate en torno a la malamente famosa guardería ABC y tiene pendientes otros casos, como el amparo de los defensores de la tierra originarios de Atenco sentenciados a más de 100 años de cárcel y la controversia en torno a las irregularidades del decreto de extinción de Luz y Fuerza del Centro. Esto está pendiente a media cuadra del espectáculo futbolístico y a miles de kilómetros de la silla donde está sentado Calderón.
El mundial hasta ahora no ha dado los resultados efusivamente esperados por sus beneficiarios y no es una casualidad. La crisis económica mundial pasa por todos los ámbitos. En México, la unidad tan promovida en spots tampoco ha dado los resultados. Si bien ha surgido de pronto un ánimo pseudo nacionalista mostrado en la vestimenta tricolor, resulta que no ha trascendido hacia otros ámbitos, como el de la unidad mal concebida en torno a la impunidad, la desigualdad social y la violencia. Así no va.
Ni la economía se recuperará tratando de sacar fuerzas de flaqueza del consumidor descapitalizado, ni la unidad se logrará promoviendo la esperanza fincada en un símbolo que al final, resulta francamente desmoralizante. Tampoco podemos tapar con pantallas gigantes y producciones televisivas el hecho de que las consignas revolucionarias concebidas en una lucha que lleva ya 100 años de iniciada no se han concretado.