Editorial

Reinvenciones

septiembre 21, 2018

Desde las agresiones impunes a las comunidades que escogen un modo de vivir distintos, hasta el abuso, la agresión o el secuestro a jóvenes mujeres en todo el estado, la sociedad veracruzana debiera encontrar razones para examinarse a sí misma. Lo que sucede no es normal.

La violencia misógina y homofóbica que azuela al estado tiene raíces en la impronta del indoctrinamiento religioso, sí. Pero más allá de ello es el resultado directo de la descomposición social resultante de las absurdas –por estultas– políticas públicas para lidiar con el crimen y la inseguridad. Y si bien por las calles de las ciudades del estado ha disminuido la parafernalia fantoche de soldados y policías militarizados con el arma en ristre hostigando a la ciudadanía, el sentido de las decisiones públicas respecto a la inseguridad sigue siendo básicamente el mismo. La confrontación, el "tour de forcé" con el enemigo en un abrazo siniestro que para efectos del interés y necesidades públicas es irrelevante pero sobre todo gravoso.

Conociendo las habilidades gubernamentales en el sexenio de Peña Nieto, no sería extraño que hubiera grandes negocios en la intermediación en el mercado armamentista. El potencial es evidente, así que bien podría pensarse que Calderón ni Peña tenían los incentivos para acabar con la guerra estúpida.

Los traumas, impulsos contenidos, frustraciones del cuero social, se vuelcan contra el diferente más y débil.

Las patologías sociales reproducen fieles los traumas y malformaciones sociales.

Y así como el sistema político habrá que reconfigurarlo, de igual modo habrá que resetear la mentalidad y empezar de nuevo.